Harper

Pequeño ángel

Harper

Me había dejado atrapar por su excitante aroma, por la lujuria de sus ojos, por sus manos gruesas y frágiles al sentir su tacto, por cada beso y caricia.

Me había transportado a un infierno y a un cielo, capaz de quemarme y, al mismo tiempo, sentirme segura. Quizá había perdido la mesura de mi ser, pero me sentía pulcra ante él.

Estar desnuda a su lado, sin dejar de mirarle a la cara y verme reflejada al mismo tiempo en sus ojos, fui suya por completo.

La forma en que le dejé recorrer mi cuerpo y hacer con él lo que quisiera. No era un sueño, era una realidad que no quería que terminara, algo que se quedaría conmigo. Y todo esto lo había incitado un beso.

Fue el momento más atrevido, excitante y salvaje de mi vida.

No puedo decir nada ante esa lógica, querida.

—Lo siento si he sido un poco brusco —dijo Asier sutilmente, mientras tenía el brazo sobre la cabeza.

Si temor al éxito, querido. Usted éntrele con todo. ¡Ella y yo lo disfrutamos!

No me acompañas mucho en este momento.

Pulcritud, querida. ¡Lo hizo espectacular! 

Yo sólo negué y le dediqué una sonrisa.

No había una palabra que pudiera salir de mi boca para responder a Asier. Me acerqué más y le besé.

Literalmente en este momento de mi vida, ya lo desconocía como mi mejor amigo y lo encontraba más como ese hombre, que me había arrebatado todo de mí.

Ya ni siquiera me importaba ver mis bragas y su bóxer tirados por la habitación. Ver todo ese Adonis, era la única imagen que necesita guardar para el resto de mi vida. Tan perfecto para querer pintarlo y tenerlo expuesto en mi habitación solo para mí.

Eso acompañaría tu otra obra de arte: “La empollona con la vagina más caliente”.

A veces no sé si me ayudas o no, querida conciencia.

Hago mi esfuerzo para mantenernos en nuestros cabales.

Tan solo, debía omitir eso último.

Di un pequeño suspiro interno, me volteé y con las pocas fuerzas que me quedaban después de un momento de tanta intensidad, me moví de la cama para poder entrar de un salto en el cuarto de baño, y sentir cómo su presencia me seguía hasta donde yo estaba. Era hipnotizante, incluso de tenerlo un poco apartado.

—¿Qué piensas hacer? —dije con timidez detrás de la puerta a medio cerrar.

—Quiero ducharme contigo —me dedicó una sonrisa llena de lujuria, siendo devorada otra vez por su mirada.

—¡No lo creo! —dije, con la intención de cerrarle la puerta en las narices, pero su mano lo impidió.

Volví a ser agarrada por él, sujetándome de la cintura y acercándome a su pelvis, mientras cierra la puerta con todo desdén y me levanta de nuevo en brazos para llevarme a la ducha, y hacerme suya de nuevo contra la pared, en un vaivén de emociones y sensaciones incesantes.

—¡Ahh! —gemí con fuerza.

Asier me tapó la boca con la mano, metiéndome dos de sus dedos, mientras seguía envistiéndome.

—N… no pares… —dije casi sin aliento, pasando mis manos por su pelo, apretándolo.

Él me besaba el cuello y rosaba con su lengua mi pecho. En eso, abrió la llave de la ducha y empezamos a remojarnos. Me sentía tan empapada de su ser que incluso había alcanzado mi segundo orgasmo.

¡Lo hacía tan bien!

 

—Buenos días, niños —pronunció Morgan desde las escaleras.

—Buenos días —respondimos Asier y yo al unísono, mientras le veía llevarse el pan a la boca, escuchando detrás de mí a mi madre en la cocina.

—¡Harper!

Sentí un grito en mi oído, que me hizo dar un respingo.

Al darme la vuelta, acabé chocando con mi madre y tiré la ensalada al piso.

—Perdón —dije nerviosa, moviéndome muy deprisa para recoger lo que había tirado.

—¡Deja ahí! —me indico mi madre, mientras se agachaba y procedía a limpiar el piso con un trapo —Esta mañana te has levantado muy despistada.

En lugar de ser una advertencia, lo que dijo sonó como una reprimenda. Quizás fue porque llegué ligeramente tarde a casa a eso de las tres de la mañana, y ella sabía que me había quedado en esta casa. Lo que no tenía que sorprenderle, ya que otras veces lo he hecho, pero…

Desde el día que nos encontró a Asier y a mí juntos en el baño de la cabaña, no ha dejado de hacerme preguntas indirectas, que he intentado evitar con mucha cautela, sintiéndome en un juicio imparable. Aun así, eso no le quitó la sospecha de que algo pasaba entre Asier y yo.

Otras veces hubiese estado contenta por eso, ¿no?

Otras veces, tú lo has dicho querida conciencia. Pero una cosa es que yo le dijera formalmente que Asier y yo éramos novios, o que al menos lo estábamos intentando, y otra que nos viera salir de un baño todo desconfiados.




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