Harvey Valli y los Teddy Bears

Capu - 3 - Capu de vainilla

Después de la deposición necesitaba un capuchino, no porque tuviera sed, sino que porque necesitaba pensar, por lo que entré a una cafetería de Felpathan, pedí un capuchino de vainilla y me senté en una mesa al fondo. Con el primer sorbo bajó un poco la tensión, el segundo me permitió volver a ordenar las ideas y el tercero me confirmó algo que ya sabía desde que salí del tribunal: Mi cliente me estaba mintiendo, pero la pregunta era cuánto. Saqué la carpeta y volví a revisar las declaraciones, había contradicciones, fechas que no coincidían., documentos que aparecían demasiado tarde y, sobre todo, respuestas que parecían cuidadosamente preparadas para decir mucho sin revelar absolutamente nada. No me molestaba que un cliente tuviera problemas, me molestaba que pretendiera que yo los descubriera después de que la contraparte los hubiera encontrado primero.

Cerré la carpeta. Necesitaba arrinconar a ese idiota, no para intimidarlo, sino que para obligarlo a elegir entre seguir mintiendo o contarme la verdad. Si seguía ocultándome información, no podía hacer mi trabajo y, si no podía hacer mi trabajo, no tenía sentido que siguiera representándolo. Volví a la oficina en lo que lo llamé para hablar de lo ocurrido y, al llegar y verlo en recepción, lo hice pasar a mi oficina, quedando sentado frente a mi escritorio.

— Señor Hurón, tenemos que hablar.
— ¿Sobre la deposición?
— Sobre lo que usted no me contó antes de la deposición.

Se quedó callado.

— Ya le dije todo.
— No.

Abrí la carpeta.

— Me dijo lo suficiente para que yo aceptara representarlo -lo miré con una tranquilidad que lo tensó-. No lo suficiente para defenderlo.
— Harvey, creo que está exagerando.
— No estoy exagerando.

Saqué uno de los documentos.

— Usted dijo que recibió este informe el diecisiete.

Otro documento.

— Después dijo que no lo conocía.

Otro.

— Y durante la deposición la contraparte demostró que usted respondió a ese mismo informe dos días después.

Mi cliente empezó a moverse incómodo en la silla.

— Puede haber sido un error.
— Puede.

Dejé los documentos sobre el escritorio.

— Pero ya tenemos demasiados errores.

Silencio. Me levanté y caminé alrededor del escritorio.

— Así que vamos a hacer esto de una manera muy sencilla.

Me detuve frente a él.

— Usted me cuenta toda la verdad.
— Ya se la conté.

Lo miré fijamente.

— No -hice una pausa-. Me contó la versión que quería que yo creyera.

Volvió a guardar silencio y entonces entendí que iba a tener que llevarlo hasta el borde. No tenía ningún apego sentimental a ese caso, un abogado no puede defender correctamente a alguien que no está dispuesto a defenderse a sí mismo diciendo la verdad y yo tenía una regla bastante sencilla: prefiero un caso abandonado antes que uno perdido. Si mi cliente quería seguir ocultándome información, podía buscarse otro abogado porque yo no iba a poner mi nombre detrás de una historia que ni siquiera su propio protagonista se atrevía a contar completa.

Volví a sentarme.

— Tiene una última oportunidad para explicarme qué está pasando.
— No hay nada más.

Lo observé durante unos segundos.

— Entonces estamos perdiendo el tiempo.

Cerré la carpeta.

— Y mi tiempo vale demasiado.

Mi cliente se levantó.

— ¿Eso significa que va a dejar el caso?
— Significa que todavía no.

Le señalé la puerta.

— Pero si vuelve a mentirme, no tendrá que preocuparse por perder el juicio.

Hice una pausa.

— Va a perderme a mí.

Se fue, casi quería correr cual ratón que fue descubierto robando queso, pero se mantuvo tensamente sereno y me quedé solo en la oficina, miré el capuchino de vainilla que había dejado sobre el escritorio, ya estaba frío, aunque igualmente me lo tomé. No había encontrado la carta... Todavía, pero ahora sabía exactamente dónde tenía que buscarla.




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