No había pasado mucho tiempo desde que mi cliente abandonó mi oficina cuando mi teléfono comenzó a sonar. Miré la pantalla y supe inmediatamente quién era. Mi jefa.
— Harvey, ven a mi oficina.
No era una invitación, por lo que guardé los documentos del caso, terminé de ordenar el escritorio y fui a verla. Cuando entré, estaba revisando precisamente la carpeta que yo acababa de dejar atrás.
— Siéntate.
Me instalé frente a ella.
— Me enteré de cómo salió la deposición.
— Entonces también sabrá por qué estoy pensando en abandonar el caso.
Levantó la mirada.
— No vas a abandonar el caso.
— Mi cliente me está ocultando información.
— Entonces consigue que te la diga.
— Ya lo intenté.
— Inténtalo de nuevo.
La miré unos segundos.
— No funciona así.
— Sí funciona así cuando la firma tiene millones en juego.
Ahí estaba el verdadero problema, no era solamente el caso, era el dinero. Y es que la firma había invertido demasiado en aquella defensa y una victoria podía significar un ingreso importante. Mi jefa no estaba interesada en saber si yo consideraba que la mano era mala; quería que encontrara la manera de ganarla.
— Me has dado casos más absurdos y te he conseguido hasta el oro de California -dije finalmente-, pero este es un maldito mitómano que no me deja hacer mi trabajo.
Ella no respondió.
— Si no tengo los ases en mi mano, me retiro. Así de simple.
— No te vas a retirar.
— Entonces tendrá que conseguirme los ases.
— Ese es tu trabajo -sonrió-. ¿No que siempre fanfarroneas con tu grandilocuente "no juego con el caso, juego con la felpa"? Bueno, o tienes los ases o usas tu grandilocuencia para poner nerviosa a la contraparte y así ganas el caso.
Me quedé mirándola, era exactamente el tipo de respuesta que esperaba. Salí de su oficina bastante más molesto de lo que había entrado y no porque me hubiera dicho algo que no supiera, sino porque sabía perfectamente que tenía razón en una cosa: mientras la firma quisiera continuar, yo tendría que seguir jugando. Volví a mi escritorio y abrí nuevamente la carpeta, empecé por el principio: contratos, declaraciones, informes, transferencias, correos y registros. Revisé cada documento con la misma paciencia con la que habría revisado una mano de cartas antes de apostar. Nada. Volví a revisar las declaraciones. Nada. Busqué las fechas que no coincidían y encontré más preguntas que respuestas.
A medida que avanzaba la tarde, la carpeta parecía crecer en lugar de reducirse. Cada documento llevaba a otro y cada respuesta abría una nueva duda, era claro que mi cliente seguía sin decirme toda la verdad y la contraparte parecía saber bastante más de lo que debería. Me levanté para buscar otro expediente y regresé con una taza de café, no un capuchino porque no estaba de humor para uno, y volví a sentarme para continuar trabajando. La diferencia entre un buen abogado y uno mediocre no siempre está en saber ganar, a veces está en saber cuánto tiempo puede soportar perder antes de encontrar una forma de darle la vuelta al juego y yo todavía no estaba dispuesto a perder.
Pasaron las horas y, cuando finalmente miré el reloj, ya era de noche, cerré la carpeta y me quedé observándola.
No tenía los ases, no sabía dónde estaban, pero alguien los tenía y estaba empezando a sospechar que la única manera de encontrarlos era dejar de preguntarle a mi cliente y empezar a investigar qué era exactamente lo que estaba tratando de ocultar.