Había llegado el momento de dejar de confiar en las palabras de mi cliente y empezar a confiar en la investigación, por lo que llamé a mi investigador y le pedí que averiguara todo lo que pudiera sobre Eddie Hurón, no quería solamente revisar sus antecedentes judiciales, sus negocios o sus movimientos financieros; quería saber quién era realmente el hombre que había decidido contratarme y, sobre todo, qué era exactamente lo que estaba intentando esconder. La respuesta llegó unas horas después.
— Harvey, encontré algunas cosas que deberías ver.
— ¿Qué tan malas son?
— Depende de cuánto te guste trabajar con clientes que mienten.
— Entonces son bastante malas.
Revisé los documentos que me entregó: transferencias, empresas vinculadas, cuentas que no aparecían en las declaraciones, contratos que habían sido modificados después de firmarse y varias operaciones que, vistas por separado, podían parecer errores administrativos. Juntas, eran otra cosa.
Volví a llamar a Eddie Hurón y lo hice pasar a mi oficina.
— Tenemos que hablar nuevamente.
— ¿Sobre el caso?
— Sobre usted.
Su expresión cambió.
— No sé a qué se refiere.
— Claro que sí.
Puse los documentos sobre el escritorio.
— ¿Quiere explicarme por qué existen estas transferencias?
Eddie miró los papeles.
— Son movimientos internos.
— ¿Y estas empresas?
— Sociedades relacionadas.
— ¿Y estas cuentas?
— Cuentas de inversión.
Lo observé durante unos segundos y, aunque su expresión facial era casi de una estatua, sus manos juntas y su postura al sentarse lo delataban.
— ¿Y cuánto tiempo piensa seguir insultando mi inteligencia?
Se quedó callado.
— Harvey...
— No. Ahora me escucha usted.
Abrí otro documento.
— Lleva años moviendo dinero entre empresas relacionadas, ocultando activos y haciendo transferencias que no aparecen en sus declaraciones. ¿Aún pretende que crea que todo esto son simples errores administrativos?
— Puedo explicarlo.
— Entonces explíquelo.
Eddie comenzó a hablar, pero cada respuesta generaba una nueva contradicción ya que una explicación llevaba a otra y cada intento por justificar una operación terminaba revelando otra que tampoco podía explicar. Finalmente cerré la carpeta.
— Ya entendí.
— ¿Qué entendió?
Lo miré fijamente.
— Que usted no es un empresario que cometió algunos errores.
Hice una pausa.
— Es un desfalcador.
Eddie palideció.
— Eso es una acusación muy grave.
— Lo sé. Por eso la estoy haciendo.
Se levantó de la silla.
— Harvey, usted es mi abogado.
— Lo era.
Me miró sin entender.
— ¿Qué quiere decir?
— Que ya no voy a defender esto.
Se quedó en silencio.
— Usted me contrató para defenderlo, no para convertirme en cómplice de un fraude.
— ¡Pero puede ganar el caso!
— Quizás.
Cerré la carpeta.
— Pero no pienso destruir mi reputación por usted y tampoco voy a permitir que arrastre a la firma consigo.
Eddie intentó responder, pero levanté una mano.
— Terminamos -alcé una mano en señal de alto-. Tiene veinticuatro horas para poner todo en orden y entregarse a la policia o lo haré yo.
Se marchó, me quedé sentado frente a mi escritorio mirando la carpeta cerrada. Había pasado días intentando encontrar una carta que me permitiera ganar el caso y, finalmente, había encontrado algo completamente distinto. La carta era Eddie Hurón y estaba marcada. Informé a mi jefa de lo que había descubierto y le advertí que continuar con aquel caso podía terminar destruyendo tanto mi reputación como la de la firma. Ella no quedó precisamente feliz, pero, al menos, ahora tenía algo que antes no teníamos: la verdad.
Yo, en cambio, necesitaba despejarme. Salí de la oficina y comencé a caminar sin rumbo por Felpathan. No tenía ganas de volver a casa, tampoco de seguir pensando en Eddie Hurón y mucho menos de revisar otra carpeta. Después de caminar durante un rato, encontré un local con un cartel luminoso que anunciaba karaoke y entré con la mentalidad de que tal vez un par de canciones serían suficientes para sacarme el caso de la cabeza... Eso pensé hasta que escuché a una morsa cantando «We Are the Champions» con una energía absolutamente desproporcionada y una afinación que, de haber existido una ley contra el maltrato musical, habría terminado en una demanda colectiva. Me quedé mirando el escenario.
— ¿Qué demonios...?
La morsa terminó la canción entre aplausos, no sé si eran aplausos de admiración o de alivio. Me senté en la barra y pedí algo para tomar, entonces la morsa bajó del escenario y pasó junto a mí.
— ¡Qué temazo! -dijo, todavía respirando como si acabara de ganar una final mundial.
Lo miré.
— Sí. Supongo.
La morsa sonrió y volvió con sus amigos, yo intenté ignorarlo, pero el tipo era tan jactancioso que preferí correrme para evitar un altercado y el DJ anunció la siguiente canción y la morsa volvió a cantar. Aquello era peor.
— Por el amor a la felpa... -murmuré camino al baño.
El DJ me escuchó.
— ¿No te gusta?
— Digamos que prefiero no entrar a un litigio por decir una verdad que duela -reí.
El DJ soltó una carcajada.
— Entonces canta tú.
— No.
— ¿Por qué no?
— Porque no canto.
— Todos dicen eso.
— Yo hablo en serio.
El DJ me miró de arriba abajo.
— Bue, te veo de vieja escuela.
Se acercó al computador y comenzó a buscar una canción.
— Vamos con un Jurassic Park, ve al escenario y saca la voz cual T Rex.
— ¿Qué?
La música comenzó y reconocí inmediatamente la introducción. «Sherry». Me quedé mirando el micrófono, no sabía por qué, pero algo me dijo que debía tomarlo, lo hice y empecé a cantar. Al principio lo hice simplemente para terminar con aquello cuanto antes, pero después ocurrió algo extraño porque la primera frase salió con facilidad, la segunda también y, cuando llegó el estribillo, dejé de pensar en el caso, en Eddie Hurón, en mi jefa y en todos los malditos documentos que había revisado durante los últimos días. Simplemente canté, mi voz llenó el local y la gente comenzó a girarse hacia el escenario, la morsa dejó de hablar, el DJ dejó de mirar su pantalla y alguien, incluso, dejó el vaso sobre la mesa sin apartar los ojos de mí.