Harvey Valli y los Teddy Bears

Capu - 7 - El caso

La mañana siguiente llegué a la corte con una carpeta bajo el brazo y una tranquilidad que no había sentido en varios días. Había pasado demasiado tiempo buscando una respuesta que finalmente estaba frente a mí y, aunque sabía que la audiencia no sería sencilla, por primera vez, desde que había comenzado todo aquello, no tenía que improvisar. Revisé las fechas, ordené las operaciones y preparé cada documento que necesitaba. La contraparte creía tener un caso sólido porque había encontrado las irregularidades de Eddie Hurón, pero había cometido un error bastante común: encontrar algo verdadero no significa necesariamente que todas las conclusiones que uno saque a partir de ello también lo sean.

La audiencia comenzó como esperaba. El abogado de la contraparte presentó nuevamente su argumento y comenzó a enumerar las transferencias, las modificaciones contractuales y las inconsistencias que habían aparecido durante la investigación. Yo lo escuché sin interrumpirlo. Unos días antes probablemente habría intentado responder cada punto inmediatamente, pero ahora sabía que no tenía sentido mostrar las cartas antes de tiempo. Dejé que hablara, que avanzara con su exposición y que construyera por sí mismo el argumento que yo pensaba desmontar.

Cuando terminó, el juez me dio la palabra.

— Señoría, la contraparte ha presentado una serie de hechos que, vistos por separado, parecen demostrar una participación directa de mi representada en las operaciones cuestionadas. El problema es que, cuando ordenamos esos hechos según sus fechas reales, la historia cambia bastante.

Abrí la carpeta y saqué el primer documento.

— Este contrato fue firmado antes de que mi representada tuviera conocimiento de las operaciones que posteriormente realizó Eddie Hurón.

El abogado contrario levantó una ceja.

— Eso no demuestra que la empresa no haya participado posteriormente.

— Tiene razón -respondí-. Por eso traje el segundo documento.

Coloqué la siguiente hoja sobre la mesa y expliqué la fecha, la modificación y el momento en que la empresa había tomado conocimiento de la operación. Después hice lo mismo con las transferencias y con los registros que la contraparte había utilizado durante la audiencia anterior. Cada documento cambiaba un poco la interpretación del anterior y, mientras avanzaba, pude notar que el abogado comenzaba a revisar sus propias copias con una expresión que conocía demasiado bien. Era la expresión de alguien que acababa de descubrir que había jugado una mano creyendo que tenía los ases y acababa de descubrir que el otro también los tenía.

— Entonces, según su propia documentación -dije finalmente-, las operaciones fraudulentas de Eddie Hurón no pueden atribuirse automáticamente a mi representada. Hubo movimientos realizados a través de estructuras relacionadas, sí, pero eso no demuestra que la empresa haya participado en ellos ni que haya conocido su verdadera naturaleza cuando fueron ejecutados.

El abogado intentó responder, pero ahora tenía que explicar las mismas fechas que había utilizado para construir su argumento. Y las fechas no lo ayudaban. No tuve que levantar la voz ni hacer uno de mis acostumbrados despliegues de grandilocuencia. Bastó con dejar que los documentos hablaran y señalar dónde la historia de la contraparte dejaba de coincidir con ellos. La audiencia continuó durante un rato más y, cuando finalmente terminó, supe que había conseguido lo que necesitaba. Había ganado el caso. No había salvado a Eddie Hurón. Tampoco pretendía hacerlo. Había demostrado que una cosa era el fraude que Eddie había cometido y otra muy distinta era convertir a toda la empresa en responsable de cada una de sus maniobras. Mi trabajo era defender a quien representaba y, esta vez, las cartas que había encontrado habían sido suficientes.

Salí de la sala de audiencias con la carpeta bajo el brazo y apenas había recorrido unos metros cuando escuché una voz detrás de mí.

— Harvey.

Me detuve, Eddie Hurón se acercaba con el mismo traje impecable que había utilizado durante la deposición, aunque esta vez su seguridad parecía bastante menos convincente.

— Tenemos que hablar -dijo.
— No tenemos nada que hablar.
— Harvey, puedo explicarte lo que pasó.
— Ya me lo explicaste.
— No todo.

Lo miré fijamente.

— Te di veinticuatro horas.

Eddie guardó silencio.

— No te entregaste -continué-. Tampoco pusiste nada en orden. Así que ya no hay nada que negociar.
— Pero ganaste el caso.
— Sí.
— Entonces puedes seguir representándome.

Solté una pequeña risa.

— No entendiste nada.

Eddie frunció el ceño.

— ¿Qué quieres decir?

— Que gané el caso de la empresa. No gané el derecho a seguir siendo tu abogado.

Eddie comenzó a protestar, pero levanté una mano para detenerlo.

— Terminamos. Te lo dije ayer y hoy no ha cambiado nada. Puedes contratar otro abogado, puedes intentar justificar lo que hiciste o puedes hacer lo que te recomendé y entregarte, pero yo no voy a destruir mi reputación para protegerte.
— Harvey...
— No.

Esta vez fui yo quien dio un paso hacia él.

— Durante días pensé que el problema era que no me estabas dando las cartas que necesitaba para ganar. Después descubrí que tenías muchas más cartas escondidas de las que imaginaba. El problema es que ninguna de ellas era suficiente para convertirte en inocente.

Eddie no respondió.

— Y antes de que vuelvas a preguntarme si puedo ayudarte, te voy a ahorrar la respuesta. No.

Me di la vuelta y comencé a caminar hacia la salida.

— ¡Harvey!

Me detuve un segundo, pero no me giré.

— ¿Qué?
— ¿De verdad vas a hacer esto?

Miré por encima del hombro.

— Te dije que tenía veinticuatro horas.

Y seguí caminando.

Cuando llegué a la oficina, mi jefa ya estaba esperándome. No necesitaba preguntarle cómo había terminado la audiencia; probablemente había recibido la noticia antes que yo.




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