Harvey Valli y los Teddy Bears

Capu - 8 - Big Girls Don't Cry

La noche siguiente volví al karaoke, esta vez no tenía ningún caso que me estuviera quitando el sueño, ni un cliente que estuviera ocultando información y, sobre todo, ninguna necesidad de caminar sin rumbo por Felpathan para despejarme. Había vuelto porque quería cantar, no sabía exactamente qué esperaba encontrar allí, pero después de lo ocurrido la noche anterior, me había quedado dando vueltas una idea bastante extraña: quizá aquella canción no había sido solamente una casualidad, bien pudiera ser que realmente tenía una voz que nunca había utilizado porque jamás había tenido un motivo para hacerlo.

Entré al local y reconocí inmediatamente el ambiente: el mismo escenario pequeño, las mismas mesas, el mismo DJ y, por supuesto, la misma morsa que había convertido la noche anterior en una prueba de resistencia auditiva. Louis Morsa estaba sentado con varios tipos que no había visto la noche anterior, hablando con una energía que parecía no tener interruptor. Cuando me vio, levantó una mano.

— ¡Oye, oso! ¡Volviste!
— Eso parece.
— ¡Sabía que volverías!
— No estés tan seguro -sonreí divertido-. Vine a cantar, no a escuchar otra demanda colectiva por maltrato musical.

Louis soltó una carcajada.

— ¡Eso fue una obra de arte!
— Si tú lo dices.

La morsa volvió con sus amigos y yo me acerqué a la barra. Mientras esperaba mi turno, observé mejor al grupo que lo acompañaba. Había un oso negro sentado a su lado, mucho más tranquilo que Louis, que escuchaba la conversación con una expresión serena y apenas intervenía. También estaba un panda que parecía bastante más reservado, sentado con los brazos cruzados mientras observaba el escenario. Los había visto alguna vez por el local, pero nunca había hablado con ellos, aunque, por alguna razón, aquella noche parecían estar ahí por algo más que acompañar a Louis.

El DJ tomó el micrófono.

— ¿Quién sigue?

El oso negro levantó una mano.

— Yo.

Subió al escenario sin hacer demasiado ruido, escogió una canción de Barry White y, en cuanto comenzó a cantar, entendí por qué. Su voz era grave, profunda y tranquila, de esas que parecían ocupar todo el lugar sin necesidad de subir demasiado el volumen, no era una voz que buscara llamar la atención, simplemente hacía imposible no escucharla. Me quedé mirándolo mientras cantaba y pensé que, si alguna vez alguien había nacido para cantar con una voz así, probablemente era ese oso.

Louis lo acompañaba desde la mesa con movimientos exagerados de cabeza.

— ¡Eso, Robert! ¡Eso!

Así que ese era su nombre: Robert. Cuando terminó, el público aplaudió y el oso bajó del escenario con la misma tranquilidad con la que había subido.

— Cantas como si hubieras nacido con una radio en el pecho -le dije cuando pasó cerca de mí.

Robert sonrió.

— Me gusta Barry White.
— Eso quedó bastante claro.
— Me gusta esa forma de cantar -prosiguió-. No necesitas correr detrás de la canción, dejas que venga hacia ti.

Aquella respuesta me llamó la atención, no era simplemente que le gustara una determinada voz; parecía tener una forma bastante definida de entender la música. Para Robert, cantar no consistía en demostrar cuánto podía hacer una voz, sino en saber cuánto podía transmitir sin necesidad de exagerar.

Antes de que pudiera responderle, el DJ volvió a llamar al siguiente participante.

— ¿Y el panda? ¿Te toca?

El panda suspiró.

— Supongo.

Subió al escenario con una actitud completamente distinta a la de Robert, parecía incluso algo tímido mientras escogía la canción. Pensé que probablemente cantaría algo tranquilo, pero entonces comenzó la música y reconocí inmediatamente a Twisted Sister, lo miré dos veces y volví a mirar el escenario. Mike comenzó a cantar con una energía que no tenía absolutamente ninguna relación con su apariencia, o que había sido un panda silencioso sentado en una mesa desapareció por completo y. en su lugar, había alguien que parecía dispuesto a desafiar al mundo entero desde un escenario de karaoke. Louis empezó a golpear la mesa siguiendo el ritmo.

— ¡Vamos, Mike!

Robert se rio en lo que yo no pude evitar sonreír porque no esperaba eso. Al acabar, el panda bajó y regresó a la mesa.

— No te tenía así -le dije.
— ¿Así cómo?
— Pensé que ibas a cantar algo tranquilo.

Mike se encogió de hombros.

— La música tranquila está bien, pero a veces uno necesita gritar un poco.
— Eso explica bastante.
— ¿Qué cosa?
— Nada -sonreí-. Una observación profesional.

Mike me miró con cierta sospecha, pero terminó riéndose y entonces entendí que, a diferencia de Robert, el panda veía la música de otra manera porque para él no parecía importar tanto la elegancia o la precisión como la energía. Cantar era sacar algo de adentro y lanzarlo contra el mundo, aunque éste no estuviera preparado para recibirlo.

Louis levantó una mano.

— ¡Ahora me toca!
— No -dijo Robert.
— Sí.
— Acabas de cantar tres canciones.
— ¡Eso demuestra mi compromiso!
— Eso demuestra que no sabes cuándo parar -dije.

Louis me señaló.

— ¡Tú no opines! Anoche descubriste que sabes cantar y ya te crees crítico musical.
— No me creo crítico musical. Soy abogado.
— Peor.
— ¿Peor?
— Porque vas a querer llevar cualquier discusión a juicio.
— Solo las que lo merezcan.

Louis se levantó y tomó el micrófono.

— Entonces escucha esto, abogado.

El DJ comenzó a buscar una canción y Louis eligió una de Queen, lo cual no me sorprendió demasiado y después de escucharlo hablar durante unos minutos sobre música, había quedado bastante claro que para él ese grupo no era simplemente una banda que le gustaba, era prácticamente una institución religiosa. Louis terminó su canción y volvió a nuestra mesa.

— La banda más grande del mundo -declaró.

Lo miré.

— Eso es bastante discutible.




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