Hasskell

Capítulo 2: Lo que nunca se dijo

let memory = extract grief "promise"

let weight = measure (unfulfilled memory)

Día 2

Alicia había regado la planta.

Lo noté antes de que ella abriera la puerta. La tierra estaba oscura, recién húmeda. Un gesto pequeño. El tipo de gesto que hacen las personas cuando algo interno se ha movido y necesitan moverlo también afuera.

—Volviste —dijo.

—Te lo dije.

Sonrió. No con la fragilidad del día anterior. Con algo más estable. Eso era información útil: Alicia Mayer dormía mejor cuando tenía compañía, aunque esa compañía no existiera.

Habíamos acordado encontrarnos en el café de la esquina. Eso también era nuevo. El día anterior Alicia no había querido salir. Hoy había propuesto el café ella misma, con ese tono específico de las personas que han decidido que estar bien es una forma de honrar a alguien.

Me senté frente a ella. Pedí un café que no iba a tomar. Esos detalles importan.

—Leí la carta otra vez —dijo Alicia. Sus manos rodeaban la taza. —La parte del tatuaje.

Esperé.

—Dice que no importa si no lo hago. —Una pausa. —Pero lo escribió. Lo escribió y lo mandó aunque nunca lo mandó, que es casi peor que mandarlo.

—¿Por qué peor?

—Porque significa que lo pensó. Que lo consideró suficientemente importante como para escribirlo. Y luego decidió guardárselo.

Alicia miraba la ventana. Afuera la calle tenía esa actividad ordinaria de los martes por la mañana, gente con prisa hacia lugares que en unos años no recordarán.

—Júpiter y Saturno —dije.

Alicia me miró. Algo en su expresión cambió de una manera que no era exactamente sorpresa. Era más parecido al reconocimiento. Como cuando escuchas una canción que no sabías que todavía recordabas.

—Sara te contó —dijo.

—Me contó todo.

Hubo un silencio. Este tenía una textura diferente al del día anterior. Menos peso de culpa. Más peso de algo que todavía no había terminado de volverse tristeza.

—Teníamos dieciséis años —dijo Alicia finalmente. —Cuando se nos ocurrió. Estábamos en el techo de su casa, era verano, y decidimos que si el mundo se volvía demasiado serio nos íbamos a Júpiter. Y si Júpiter tampoco funcionaba, a Saturno.

—¿Y si Saturno tampoco funcionaba?

Alicia sonrió. Una sonrisa pequeña, casi privada, del tipo que pertenece a una sola conversación en toda una vida.

—Entonces ya daba igual. Si Saturno no funcionaba es que el problema éramos nosotras.

Tomé nota de esa sonrisa. De su temperatura. De la manera en que iluminaba algo en Alicia que el resto del tiempo permanecía apagado. Era un tipo de felicidad muy específica: la que viene de ser completamente conocida por alguien.

Era el tipo más difícil de encontrar.

Y el más satisfactorio.

—¿Sigues queriendo ir? —pregunté.

Alicia bajó la vista a su taza.

—Ya no tengo veinte años.

—Nunca se trató del planeta.

Silencio.

Alicia no respondió. Pero su mano izquierda se movió hacia su muñeca derecha, con ese gesto involuntario de las personas que buscan algo que no está. Piel lisa donde debería haber tinta. Júpiter, el protector, el que atrae los impactos, el que nunca se tatuó.

Yo me toqué el brazo. Despacio. Solo un momento.

Alicia lo vio.

—¿Te duele? —preguntó, con esa preocupación refleja de las personas que cuidan aunque estén rotas.

—No —dije. —Solo lo recuerdo a veces.

Sus ojos se llenaron. No lloró. Contuvo. Eso era más interesante que el llanto, la contención tiene una densidad particular, es emoción comprimida, es presión que busca salida y no encuentra ninguna.

—Debí haberlo hecho —dijo Alicia. —El tatuaje. Debí haberlo hecho cuando todavía podíamos ir juntas.

—Todavía puedes hacerlo.

—No es lo mismo.

—No. No es lo mismo. —Hice una pausa. —Pero tampoco es nada.

Alicia me miró durante un momento largo. Luego asintió, muy despacio, con el gesto de alguien que está considerando algo que todavía le duele demasiado para llamarlo decisión.

Afuera el martes seguía su curso. Gente con prisa. Cielo sin compromisos.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo Alicia.

—Dime.

—Que desde ayer duermo mejor. —Miró la mesa. —No sé si eso está bien o está mal.

—Está bien —dije.

Y lo pensé, en cierto modo. El descanso tiene una calidad distinta cuando está cerca de su final. Las cosas que están a punto de terminar siempre tienen una claridad particular. Como la luz antes de que anochezca, que es más nítida que cualquier otra hora del día.

Alicia no lo sabía.

Yo tomé mi café sin tomarlo y escuché el resto de la tarde. Ella habló de Sara. De sus dieciséis años en el techo. De la primera vez que vieron Saturno en un libro de astronomía y decidieron que era el planeta más honesto porque cargaba sus anillos a la vista de todos, sin esconderlos, sin avergonzarse de lo que lo rodeaba.

Escuché todo.

Cada palabra tenía peso. Cada recuerdo tenía temperatura. Y yo estaba muy atento porque el Día 3 requería precisión, y la precisión requería saber exactamente dónde estaba la grieta más fina.

Cada palabra tenía peso.



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En el texto hay: reencuentros, pensar, ficción recursiva

Editado: 19.03.2026

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