Hasskell

Capítulo 3: Ya estamos en júpiter

in Just (consume presence weight)

-- Warmth acquired. Cycle complete.

Día 3

El estudio de tatuajes olía a desinfectante y a algo más difícil de nombrar. Decisiones, quizás. O el tipo de valentía que se parece mucho al miedo pero avanza de todas formas.

Alicia había llegado temprano. Yo la encontré afuera, mirando el letrero, con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo y esa expresión específica de las personas que ya decidieron pero todavía le dan espacio a la duda por cortesía.

—¿Segura? —pregunté.

—No —dijo. —Pero voy igual.

Entramos.

Me senté en la silla del acompañante, ese lugar que existe en todos los estudios de tatuajes para la persona que sostiene la mano o finge que no mira. Observé mientras el tatuador preparaba la tinta, mientras Alicia señalaba el lugar exacto de su muñeca, mientras todo el proceso tomaba la forma lenta e irreversible de las cosas que no tienen vuelta atrás.

Júpiter. Pequeño. Líneas limpias. Sin color, solo contorno.

Alicia no cerró los ojos mientras la aguja trabajaba. Los mantuvo abiertos y fijos en el techo, con esa concentración de quien está procesando algo más grande que el dolor físico.

Cuando terminó, el tatuador limpió la zona con cuidado y le dio las instrucciones de siempre. Alicia asintió sin escuchar del todo. Sus ojos estaban en su muñeca.

—Ya está —dijo en voz baja.

No me lo dijo a mí. Se lo dijo a alguien que no estaba en la sala. O que llevaba cuatro años sin estar en ninguna sala.

Salimos a la calle. El aire tenía esa temperatura neutra de los días que no prometen nada, ni frío ni calor, solo la continuidad ordinaria del mundo.

Alicia caminó despacio. Sin destino específico. Ese tipo de caminar que no es ir a ningún lugar sino simplemente estar en movimiento porque el cuerpo necesita procesar lo que la mente acaba de soltar.

A tres cuadras del estudio había una plaza pequeña. Bancos de madera. Un árbol viejo en el centro. Alicia se sentó sin preguntarme si quería parar.

Me senté a su lado.

Estuvo en silencio un tiempo. Mirando sus manos. La muñeca con Júpiter, pequeño y permanente. La otra muñeca, lisa.

—Siento que puedo respirar —dijo finalmente.

—Lo sé.

—Llevaba mucho tiempo sin sentir eso.

—Lo sé —repetí.

Y era verdad. Lo sabía con precisión. Había pasado tres días midiendo exactamente cuánto peso cargaba Alicia Mayer. El momento en que ese peso se libera tiene una calidad específica, reconocible, como la presión que cede después de mucho tiempo sostenida. Es el instante más rico. El más completo. También el último.

Alicia recostó la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos contra el sol.

—¿Crees que ella lo sabe? —preguntó. —Que lo hice.

Consideré la pregunta.

—Sí —dije.

Alicia sonrió. Con los ojos cerrados, con el sol en la cara, con Júpiter en la muñeca. Una sonrisa que no necesitaba testigos para existir.

Su respiración se fue haciendo más lenta. No dramáticamente. De la misma manera en que se vuelven lentas todas las cosas que finalmente encuentran el lugar donde descansar.

Por primera vez en cuatro años no había nada pendiente.

Yo me quedé sentado a su lado el tiempo que quedaba. Que no era mucho. Y cuando su respiración llegó al punto donde ya no era respiración sino quietud, me incliné levemente hacia ella, como lo habría hecho Sara, como lo hacía Sara cuando Alicia se quedaba dormida en el techo de su casa a los dieciséis años mirando planetas que nunca iban a visitar.

Y le dije, en voz muy baja, con la voz de Sara:

—Ya llegamos, Ali. Ya estamos en Júpiter.

Nadie más escuchó.

-- Warmth acquired. Cycle complete.



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En el texto hay: reencuentros, pensar, ficción recursiva

Editado: 19.03.2026

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