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Día 1
Cecilia Allenka tenía el inhalador siempre en el mismo lugar.
No en el bolso. No en el bolsillo. En la esquina derecha de la mesita de noche, a exactamente dos centímetros del borde, orientado en paralelo al canto de la madera. Como quien deja una herramienta donde la mano pueda encontrarla sin necesidad de buscar.
Su departamento funcionaba así. Cada cosa en el lugar donde no fuera necesario pensarla. Había una silla junto a la ventana que nadie usaba. No porque sobrara. Porque tenía su lugar.
Treinta y cuatro años. Se movía con esa economía de quien aprendió temprano que el aire no es infinito. Cada gesto con su dosis exacta. Nada superfluo.
Cuando alguien le preguntaba algo esperaba cuatro segundos antes de responder. Siempre cuatro. Como si midiera el peso antes de soltar las palabras.
Cuando se dio vuelta y me vio sentado en la silla frente a su escritorio esperó cuatro segundos.
—¿Quién eres? —dijo.
No había miedo en la pregunta. Solo el tono de quien cataloga antes de decidir.
Le dije un nombre.
Cecilia esperó cuatro segundos.
—Tiene sentido —dijo.
—Sí —dije.
No preguntó cómo había entrado. No preguntó por qué estaba ahí. Si algo ocurría, ocurría. El mundo era un sistema que ella habitaba sin demasiada fricción.
Hablamos de cosas del tamaño correcto para una tarde de martes. El trabajo. Una película vista sola dos semanas antes. El ruido del vecino de arriba que aparecía a horas irregulares. Cecilia hablaba con precisión, decía lo necesario y confiaba en que el otro completara lo que faltaba.
Yo completaba.
En un momento se levantó a buscar agua. Volvió con dos vasos. Dejó uno frente a mí. Bebió la mitad del suyo con esa medida de quien sabe exactamente cuánto necesita y no toma más. Dejó el vaso en la mesa.
Quedaba exactamente la mitad.
Cuando me fui el vaso seguía ahí. Con su mitad. Con su medida.
Era suficiente para empezar.
Era suficiente para empezar.