Hasskell

Capítulo 18: Era una elección. No una lección.

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in Just (consume shell fracture)

Era una elección. No una lección.

Día 3

Cambié de forma antes de entrar.

No usé a Elena.

Esta vez usé a Anastasia.

No la de ahora. La otra. La que llevaba guardada detrás de la cómoda en un maletín de cuero gastado. La de antes de que aprendiera que ser funcional era más fácil que ser real. La irreverente. La directa. La que decía lo que pensaba antes de calcular si alguien quería escucharlo.

Era la forma más precisa que tenía.

Y también la más peligrosa.

Anastasia abrió la puerta y me vio.

No gritó.

No preguntó quién era. No hizo falta. Lo sabía de la manera en que uno sabe las cosas que lleva mucho tiempo sin mirar directamente. Con ese reconocimiento que viene del cuerpo antes de que el cerebro lo procese.

Se quedó muy quieta.

Entré sin que me invitara.

—Qué lindo departamento —dije. Con su voz de antes. Con esa cadencia directa que no pedía permiso para ocupar el espacio. —Huele a vela. Qué original. ¿También tienes una playlist de lluvia para dormir y una planta que se llama Sofía?

Anastasia no respondió.

—Relájate —dije. —No te voy a morder. Todavía.

Me senté en su silla. La silla donde ella siempre se sentaba. Con las piernas cruzadas de la manera en que ella solía cruzarlas antes de que aprendiera que cruzar las piernas así no se veía formal. Con esa postura que ocupa el espacio sin disculparse.

Anastasia seguía de pie junto a la puerta.

—¿Cuándo fue la última vez que dijiste algo que nadie quería escuchar? —dije. Sin énfasis. Como si preguntara la hora. —No algo con tacto. No algo suavizado. Algo real. Algo que saliera antes de que pudieras calibrar.

Silencio.

—¿Lo recuerdas siquiera?

Me levanté. Fui al baño sin pedir permiso. Encontré los algodones donde sabía que estarían. Los agarré y volví.

Me limpié el maquillaje frente a ella.

Despacio. Con esa deliberación de quien hace algo para que lo vean. Cada pasada del algodón dejaba la cara más desnuda. Sin el contorno. Sin la sombra. Sin la capa que dice me preparé para el mundo antes de salir a él.

Anastasia me miraba.

—¿Cuántas veces sonreíste hoy sin querer? —dije sin dejar de limpiarme. —No me refiero a la sonrisa refleja de cuando alguien te abre la puerta. Me refiero a la otra. La que pones cuando alguien dice algo que te parece absolutamente idiota y tú sonríes igual y dices qué interesante porque es más fácil.

Anastasia se apoyó levemente en la pared.

—Para —dijo. Tan bajo que casi no había palabra.

—¿Por qué? —dije. —¿Te incomoda verte sin filtro?

Fui al cuarto.

Fui directo a la cómoda. La aparté. El maletín de cuero estaba donde siempre había estado. Lo abrí.

Adentro había una polera. North East. Gastada en el cuello de tanto uso. Y unos shorts. Los que ella usaba cuando todavía no sabía que había que usar otra cosa.

Me los puse.

Anastasia estaba en el umbral del cuarto. No había entrado. Como si cruzar ese umbral mientras yo estaba ahí significaba algo que todavía no estaba dispuesta a aceptar.

La miré.

—Te quedaba bien —dije.

Sus ojos fueron a la polera. A los shorts. A la cara sin maquillaje. Y vi algo que no esperaba. No rabia. No miedo todavía. Algo más parecido al dolor específico de ver algo que amabas en manos de alguien que no lo merece.

Bien.

El dolor tenía temperatura.

Me mordí una uña.

El gesto de siempre. El tic que el cuerpo no puede fingir. El que ella había enterrado junto con todo lo demás porque no se veía bien, porque era nerviosismo visible, porque mostraba demasiado.

Anastasia retrocedió un paso.

Avancé uno.

—¿Te acuerdas de cuando tenías razón y lo decías igual aunque doliera? —dije. —¿Cuando alguien decía algo estúpido en una reunión y tú lo decías en voz alta en lugar de escribirlo en un papel y tirarlo después? ¿Cuando eras incómoda para alguien y no te disculpabas?

—Cállate —dijo Anastasia.

—¿Por qué? —dije. —Dime que estoy equivocada. Dime que lo que eres ahora es lo que siempre quisiste ser y no lo que aprendiste a ser porque era más fácil. Dímelo con esa voz tuya de siempre. La calibrada. La correcta. La que no levanta la temperatura en ninguna habitación.

Anastasia retrocedió hasta la pared.

La seguí.

Despacio. Sin apuro. Con esa seguridad de quien sabe que el espacio se va a agotar.

—Nadie te va a querer igual si no cumples —dije. Más suave ahora. Con la misma voz pero sin la burla. Solo el hecho limpio. —Eso fue lo que aprendiste ¿verdad? Tan temprano que ya ni recuerdas cuándo. Que el amor tiene términos y condiciones y que leerlos bien y cumplirlos es lo más inteligente que puedes hacer. Que ser lo que esperan es simplemente eficiente.

Anastasia tenía los ojos llenos.

No lloraba. Contenía. Con esa eficiencia de siempre. Incluso esto lo hacía con precisión.

—Y lo peor —dije— es que funcionó. Siempre funcionó. Por eso no puedes parar. Por eso el maletín está detrás de la cómoda y no en la basura. Porque una parte de ti todavía no sabe si tirarlo o ponérselo.

Anastasia cerró los ojos.

Me senté a su lado.

No enfrente. Al lado. En el suelo junto a la pared. Como hacen las personas que no vienen a pelear sino a acompañar. Como hacía ella con todos los demás. Ese gesto suyo de bajar al nivel del otro para que la distancia fuera menor.

Me mordí otra uña.

Silencio.

—A veces solo queremos sobrevivir —dije. En voz muy baja. Sin burla. Sin filo. —¿Por qué no aceptas esta parte de ti? Yo también quiero sobrevivir.

Anastasia abrió los ojos.

Me miró.

Y en sus ojos vi algo que no había esperado encontrar. No el quiebre. No la rendición. No el peso depositado en el primer lugar que se lo permitiera como el día anterior.



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En el texto hay: reencuentros, pensar, ficción recursiva

Editado: 09.04.2026

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