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Daniel
Día 1
Daniel Vargas no tenía a nadie muerto.
O sí los tenía, como todos, pero no los cargaba.
Tenía setenta años y una mesa llena de sobres.
Lo observé antes de decidir cómo entrar. Ese es siempre el momento más informativo. Daniel en ese intervalo era un hombre inclinado sobre una hoja con la concentración específica de quien hace algo que no requiere esfuerzo porque lleva tanto tiempo haciéndolo que ya es simplemente lo que es. Una letra pequeña y firme. Sin correcciones. Sin palabras tachadas. Como si lo que escribía ya estuviera terminado antes de escribirlo y él solo lo copiara de algún lugar que solamente él podía ver.
Leí la carta antes de entrar.
Era para alguien llamada Alma.
Le hablaba del mundo. De cómo creía que iba a ser. Que la gente iba a ser más amable cuando tuviera menos miedo. Que las ciudades iban a tener más árboles porque alguien finalmente iba a entender que los necesitaba. Que el mar iba a estar más limpio no por tecnología sino porque en algún momento alguien iba a decidir que era suficiente destruir. Lo escribía sin ironía. Sin la distancia de quien sabe que probablemente se va a equivocar. Con esa convicción tranquila de quien no escribe para tener razón sino para que el deseo quede registrado en algún lugar donde nadie pueda borrarlo todavía.
El futuro.
Todo lo que Daniel Vargas tenía estaba depositado ahí.
En un tiempo que todavía no había ocurrido y que por eso mismo nadie podía refutar.
Tomé la forma de Alma.
Lo que yo creía que era Alma basándome únicamente en la carta y en lo que Daniel parecía esperar del futuro. Una chica joven. Veintitantos. Pantalón ancho de tela clara. Polera oversize con un logo que no significaba nada pero que se veía como si significara algo. El pelo muy corto, de esa manera que en el presente todavía llama la atención pero que en el futuro que Daniel imaginaba sería simplemente normal. Todo coordinado con una precisión que yo interpreté como naturalidad.
Entré.
Daniel levantó la vista. Me miró con esa calma de quien recibe visitas sin necesitar que le expliquen por qué llegaron. Como si las personas simplemente aparecieran y eso fuera parte del orden natural de las cosas.
—Encontré tu carta —dije. Con una sonrisa que calibré para que fuera cálida sin ser excesiva. —La que escribiste para mí.
Daniel no se sorprendió.
—Siéntate —dijo. Como si esto fuera exactamente lo que ocurría cuando alguien encontraba una de sus cartas.
Me senté.
—¿Cómo está el mundo? —preguntó. Con genuina curiosidad. Sin sarcasmo.
—Bien —dije. —Más o menos como lo imaginabas.
Daniel sonrió. Una sonrisa pequeña del tipo que tienen las personas cuando alguien dice exactamente lo que esperaban escuchar y eso en lugar de tranquilizarlos los pone levemente en alerta.
—¿Más o menos? —dijo.
—Algunas cosas mejoraron —dije. —Otras no tanto.
—Eso es siempre verdad —dijo. —No me dice nada.
Guardé silencio.
Daniel me observaba con esa atención tranquila de quien lleva setenta años mirando personas y ya no necesita apresurarse para ver lo que hay. Miraba mi ropa. Mi postura. La manera en que yo creía que Alma se sentaría en una silla. Y algo en su expresión decía que lo que veía era casi correcto pero no del todo.
Casi.
—¿Tienes hambre? —dijo.
—No —dije.
Daniel asintió. Volvió a la carta. La leyó un momento. Luego la dobló con esa precisión de quien ha doblado miles de cartas y sabe exactamente cuántas veces.
—En la carta te digo que creo que el mundo va a tener más árboles —dijo. —¿Los tiene?
—No exactamente —dije. Con esa suavidad que se usa cuando se va a decir algo que debería doler. —El mundo que imaginabas. La gente más amable. Las ciudades más verdes. El mar más limpio. —Una pausa. —No llegó así.
Daniel me miró.
—Lo sé —dijo.
No con tristeza. No con resignación. Con esa serenidad de alguien que nunca confundió la esperanza con la predicción.
—Nunca escribí esas cartas para tener razón —dijo. —Las escribí para que quien las leyera supiera que alguien lo había deseado. Que el deseo existió. Aunque el resultado no llegará.
La respuesta que tenía no servía para alguien que ya había procesado exactamente lo que yo necesitaba.
La tarde avanzó. Daniel habló de las cartas con esa naturalidad de quien habla de su trabajo. Cuántas había escrito. Para quién. Por qué algunas tenían destinatario específico y otras simplemente decían para quien encuentre esto. Las que mandaba por correo a direcciones que calculaba que en cincuenta años iban a existir. Las que dejaba en libros de segunda mano. Las que guardaba en sobres dentro de bibliotecas públicas.
—¿Cuántas crees que llegaron? —dije.
Daniel lo pensó honestamente.
—Pocas —dijo. —Algunas a manos equivocadas. Algunas pérdidas. Algunas que nadie va a leer nunca porque el libro donde las dejé probablemente ya no existe.
—¿Y eso no te molesta?
—¿Debería? —dijo. Sin ironía. Como pregunta real.
Antes de irme, Daniel me miró una última vez con esa atención suya que no era sospecha sino simplemente observación honesta.
—Eres casi como la imaginé —dijo. —Pero no del todo.
—¿Qué falta? —dije.
Daniel sonrió.
—No lo sé todavía —dijo. —Pero lo voy a saber cuando lo vea.
Salí con la pregunta que Daniel me había devuelto sin darse cuenta de que me la devolvía.
¿Cómo se construye a alguien que no existe todavía?
let future = construct (letter + expectation)
let alma = approximate future
-- Expected: Person. Got: Concept.