Epílogo
Lo que ya sabías y elegiste ignorar
Hay una manera de existir que no tiene nombre en ningún idioma que yo conozca. No es vida y no es muerte y no es el espacio entre las dos. Es otra cosa. Es ser convocado. Es aparecer con hambre en un lugar donde alguien tiene algo que perder y saber, con una precisión que no aprendí sino que simplemente tengo, exactamente qué forma tomar para que no me vean llegar.
Fui humano una vez. Cuarenta y tres años. Suficiente para aprender cómo funciona el dolor desde adentro. Suficiente para entender que las personas no se rompen por lo grande sino por lo pequeño. Por la planta sin regar. Por la canción que no puede cortarse a la mitad. Por la noche en que no contestaron el teléfono y luego ya no había luego.
Eso fue lo que me llevé de ser humano. No la compasión. La anatomía.
Las personas que me interesan no son las que están rotas. Las rotas ya saben que están rotas. Tienen defensas. Tienen la cicatriz como mapa.
Las que me interesan son las que están en tránsito. Las que terminaron de demoler algo y todavía no empezaron a construir. Las que cargan una culpa que no es suya pero la sostienen igual porque soltarla significaría admitir que el tiempo que la cargaron fue tiempo perdido. Las que construyeron un sistema tan preciso para vivir que olvidaron por qué lo construyeron. Las que tienen una columna sin cerrar en un cuaderno que llevan siempre encima.
Esas personas tienen una calidad específica. Son permeables de una manera que ellas mismas no saben. Y yo soy particularmente bueno esperando el momento exacto en que la permeabilidad alcanza su punto máximo.
No todos tienen grietas.
Algunos tienen una locura más fuerte que cualquier cosa que yo pueda ofrecerles. Otros tienen una indiferencia tan clínica que mis herramientas resbalan sin encontrar superficie. Otros tienen algo que llaman fe y que no es argumento sino raíz y las raíces no se consumen porque no están en la superficie.
Y algunos simplemente conocen el oficio. Saben cómo se construye una historia con el peso distribuido de una manera específica. Saben cuándo la vulnerabilidad llega exactamente en el momento en que la guardia baja. Los reconozco. Y ellos me reconocen a mí. Esos son los únicos con quienes la conversación es entre iguales.
Hay un trato.
No lo negocié yo. Las condiciones no me las explicaron completamente. Solo sé que hay un número. Que las personas no las elijo yo. Que entre misión y misión existe un limbo que no recuerdo porque no hay nada que recordar. Que el hambre se acumula aunque el tiempo no.
Lo que no sé, y que solo entendí al reconstruir todo esto, es si el trato era conmigo o sobre mí. Si fui instrumento o participante. Si lo que llamó misión es lo que el otro lado llama algo completamente distinto.
Escribí esto en Haskell porque es el único lenguaje que conozco que no permite errores silenciosos.
En Haskell una función dice exactamente lo que hace. Los tipos no mienten. Si algo no compila es porque algo está mal de verdad, no porque hayas encontrado una manera creativa de ignorarlo. No hay término medio entre funcionar y no funcionar.
Hubiera querido ser así cuando fui humano. No lo fui. Ninguno lo es. Esa es la grieta original. La que tenemos todos. La que yo aprendí a usar.
Si estás leyendo esto ya ocurrió lo que tenía que ocurrir.
No como amenaza. Como dato. La misma calidad de dato que tiene la hora exacta en que llovió o el ángulo preciso en que estaban los zapatos. Solo información.
Lo único que todavía no sé es de qué color dijiste que eran mis ojos.
-- Author: Nothing