Hasta Contar La Última Estrella

Capítulo 2 — El Veredicto

Me despedí de Matías y Rodrigo y abandoné el piso.

—Escríbeme.

Insistió Matías desde el salón antes de que terminara de cerrar la puerta.

—Sí, mamá.
—Lo digo en serio.

Asomé la cabeza una última vez.

—Te escribiré.
—En cuanto salgas.
—Pesado.
—¡Y cómete la manzana!

Gritó Rodrigo.

La puerta se cerró detrás de mí antes de que pudiera contestarle.

Durante unos segundos me quedé inmóvil en el rellano.

Silencio.

El edificio olía a café recién hecho, productos de limpieza y alguna clase de guiso que alguien parecía haber empezado a preparar a una hora absurda de la mañana.

Me apoyé contra la pared.

Inspiré.

Solté el aire.

No funcionó.

Mi corazón seguía golpeándome las costillas demasiado deprisa.

Metí una mano en el bolso y encontré la manzana.

La miré con desgana.

Mi estómago se revolvió solo de pensar en comer.

Aun así, le di un mordisco.

Si Matías descubría que había llegado al hospital sin desayunar, probablemente iría hasta allí solo para asesinarme.

Masticar resultó más complicado de lo esperado.

La boca se me había quedado seca.

Bajé el primer tramo de escaleras.

Otro mordisco.

Segundo piso.

Masticar.

Tragar.

Respirar.

Era ridículo.

Había bailado delante de cientos de personas.

Había hecho audiciones sabiendo que decenas de bailarinas esperaban verme fallar.

Había salido a escenarios con los pies sangrando dentro de las zapatillas.

Y, sin embargo, aquella mañana apenas podía comerme una maldita manzana.

Llegué al último tramo.

Miré hacia abajo.

Las escaleras.

Desde el accidente observaba las escaleras de otra manera.

Antes ni siquiera reparaba en ellas.

Ahora calculaba distancias.

Alturas.

Dónde colocar el pie.

Cuánto cargar la pierna.

Todo de forma inconsciente.

O quizá demasiado consciente.

Apoyé primero el pie sano.

Después el otro.

La rodilla protestó.

Solo un pinchazo.

Nada importante.

Continué.

Cuando por fin salí a la calle, el sol me obligó a entrecerrar los ojos.

Madrid ya estaba despierta.

Coches.

Motos.

Personas avanzando demasiado deprisa hacia alguna parte.

Una persiana metálica subiendo con estrépito.

El olor de una cafetería cercana mezclándose con el humo del tráfico.

Un hombre paseando a un perro que parecía mucho menos interesado que él en comenzar el día.

Solo eran las nueve de la mañana, pero ya empezaba a notarse el calor.

El verano irrumpía con fuerza en Madrid y junio avanzaba con temperaturas demasiado elevadas para esas fechas.

Me recogí el cabello como pude.

La humedad comenzaba a pegarme algunos mechones al cuello.

Volví a darle un mordisco a la manzana.

Mi estómago no lo agradeció.

—Come.

Murmuré para mí misma.

Una mujer que pasaba junto a mí me miró de reojo.

Perfecto.

Ahora también hablaba sola.

Guardé el resto de la fruta en el bolso y saqué los auriculares.

Necesitaba ruido.

Cualquier ruido.

Algo suficientemente fuerte como para impedirme pensar.

Me los puse mientras caminaba y escogí al azar una de las listas de reproducción del teléfono.

Comenzó una canción.

La salté.

Otra.

También.

La tercera tenía un piano demasiado parecido al de una variación que había bailado el año anterior.

La quité casi inmediatamente.

—En serio...

Acabé seleccionando una lista que no recordaba haber creado.

Música sin importancia.

Perfecto.

Eso necesitaba.

Algo que no significara nada.

Caminé hacia Lavapiés intentando mantener el ritmo de las personas que avanzaban a mi alrededor.

No cojear.

No proteger la pierna.

Caminar normal.

Era una obsesión absurda.

Probablemente nadie me estaba mirando.

Pero yo sí.

Yo siempre sabía cuándo mi cuerpo no se movía como antes.

Y lo odiaba.

Cada pequeña desviación.

Cada incomodidad.

Cada vez que cargaba un poco más de peso sobre una pierna que sobre la otra.

En danza, el cuerpo se convierte en un idioma.

Aprendes a leerlo.

Después del accidente, el mío hablaba constantemente de cosas que yo no quería escuchar.

Llegué a la estación de Lavapiés y bajé las escaleras.

El aire cambió de inmediato.

Calor encerrado.

Metal.

Polvo.

Perfume.

Personas.

El sonido del metro llegando al andén retumbó bajo mis pies.

Me introduje entre la gente y conseguí un asiento.

Milagro.

Apoyé la espalda y miré mi teléfono.

08:57.

Todavía tenía tiempo.

Más del que mi ansiedad estaba dispuesta a reconocer.

Abrí la conversación con Antoine.

El último mensaje era de la noche anterior.

Una tontería.

Un corazón.

Nada sobre la cita.

Bloqueé la pantalla.

Después abrí la conversación con Matías.

No había pasado ni un cuarto de hora desde que salí del piso y ya tenía un mensaje.

Come.

Sonreí sin querer.

Le hice una fotografía a la manzana mordida y se la envié.

Su respuesta llegó casi inmediatamente.

Eso no es comer. Eso es herir una fruta.

Negué con la cabeza.

Guardé el teléfono.

El metro arrancó.

Me obligué a mirar por la ventana aunque solo hubiese oscuridad al otro lado.

Una estación.

Otra.

Y otra.

A medida que me acercaba al hospital, la música empezó a molestarme.

Me quité uno de los auriculares.

Después el otro.

Silencio relativo.

Prefería escuchar las conversaciones de desconocidos.

Una mujer hablaba por teléfono de unas facturas.

Dos adolescentes discutían sobre un examen.

Un hombre mayor le explicaba a otro que su nieta empezaba la universidad.



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En el texto hay: descubrimiento, abandono, romance

Editado: 20.10.2026

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