Mi abuela no dejó de maldecir durante todo el camino de regreso a casa.
Ni siquiera esperó a que saliéramos del aparcamiento del hospital.
En cuanto cerró la puerta del coche, dejó el bolso sobre el asiento trasero con un movimiento brusco, introdujo la llave en el contacto y soltó un suspiro tan largo que parecía llevar conteniéndolo desde la consulta.
Yo me abroché el cinturón.
No dije nada.
No tenía nada que decir.
En realidad, todavía no sabía muy bien dónde estaba.
Mi cuerpo había salido del hospital.
Mi cabeza seguía sentada frente al doctor Sanz.
No de forma profesional.
Las palabras continuaban repitiéndose dentro de mí.
Tu pierna no soportará un año más.
El motor se encendió.
Puede que ni siquiera medio.
Mi abuela salió del aparcamiento demasiado deprisa.
Si regresas al ballet profesional, perderás mucho más que tu carrera.
Apoyé la cabeza contra la ventanilla.
Madrid se desplazaba al otro lado del cristal.
Semáforos.
Edificios.
Coches.
Personas caminando por las aceras.
El mundo continuaba.
Aquello me pareció casi ofensivo.
¿Cómo podía seguir todo igual?
¿Cómo podía haber personas esperando el autobús, comprando pan o discutiendo por teléfono cuando mi vida acababa de detenerse?
Esperaba alguna señal.
Un cielo oscureciéndose de repente.
Una tormenta.
Un terremoto.
Algo.
Pero el sol continuaba allí.
Brillante.
Indiferente.
—No puedo creerlo.
Masculló mi abuela.
Cerré los ojos.
—Olga...
Murmuré.
No sé por qué utilicé su nombre.
Quizá porque en aquel momento no me sentía capaz de llamarla abuela.
Ella ni siquiera pareció advertirlo.
—Después de todos estos años.
Apreté los párpados.
—Por favor.
—Todo ese trabajo.
—Abuela...
—Todo ese sacrificio.
Ahí estaba.
La palabra favorita de Olga Yarovenka.
Sacrificio.
Siempre había un sacrificio.
Normalmente suyo.
Nunca importaba que yo hubiese sido quien entrenaba hasta que los músculos me temblaban.
Ella sacrificaba su tiempo.
Que hubiese bailado con los pies destrozados.
Ella sacrificaba su dinero.
Que hubiese renunciado a fiestas, viajes, estudios y una adolescencia convencional.
Ella sacrificaba su vida.
Y yo, aparentemente, me limitaba a recibir.
—No quiero hablar ahora.
Dije.
—Pues yo sí.
Giré la cara hacia ella.
Conducía con ambas manos firmemente agarradas al volante.
El rostro rígido.
Los labios convertidos en una línea roja.
—Acabo de salir de una consulta en la que me han dicho que no puedo volver a bailar.
—Como si yo no hubiera estado allí.
—Precisamente. Entonces deberías entender que necesito cinco minutos sin escuchar reproches.
—¿Reproches?
Soltó una risa breve y amarga.
—¿Tú crees que son reproches?
No contesté.
Error.
El silencio siempre le parecía una provocación.
—Estoy intentando que comprendas la magnitud de lo ocurrido.
Miré por la ventanilla.
—Créeme, la comprendo perfectamente.
—No. No la comprendes.
—Es mi carrera.
—Es mucho más que tu carrera.
Aquello consiguió que volviera a mirarla.
—¿Ah, sí?
—Por supuesto.
—¿Qué más es?
Sus dedos se tensaron alrededor del volante.
—Tu futuro.
—Mi futuro.
—Sí.
—Exactamente. El mío.
Me dedicó una mirada fugaz antes de devolver los ojos a la carretera.
—No empieces.
Casi me reí.
—¿Yo?
—No estoy para tus insolencias, Maya.
—Y yo no estoy para esto.
El silencio duró aproximadamente diez segundos.
Un récord.
Después volvió a empezar.
Durante cuarenta minutos tuve que escuchar lo decepcionada que estaba.
Lo dolida.
Lo defraudada que se sentía.
Cada palabra era una pequeña piedra lanzada contra mí.
No gritaba todo el tiempo.
Eso habría sido más sencillo.
Olga sabía modular su voz.
Sabía exactamente cuándo hablar bajo para obligarte a prestar atención.
Cuándo suspirar.
Cuándo dejar una frase inacabada para que tú rellenaras el resto con culpa.
—Tantos años.
Dijo mientras esperaba ante un semáforo.
—Tantos.
Me froté las sienes.
—Ya te he oído.
—No creo que hayas entendido.
—¿Qué quieres que entienda?
Se volvió hacia mí.
—Que algunas cosas no se pueden recuperar.
Una carcajada incrédula escapó de mi boca.
—Gracias. Justamente eso me acaba de explicar el médico.
—No seas sarcástica.
—¿Qué quieres que haga?
—Asumir responsabilidades sería un comienzo.
La miré fijamente.
El semáforo cambió a verde.
Un coche tocó el claxon detrás de nosotras.
Mi abuela arrancó con brusquedad.
—Otra vez no.
Dije.
—Mientras te niegues a reconocerlo, habrá que repetirlo.
—No hay nada que reconocer.
—Claro que lo hay.
—Un coche se saltó un semáforo.
—No hablo solamente del accidente.
—Pues yo sí, porque eso es lo que destruyó mi pierna.
—Tu pierna ya estaba dañada.
La frase me atravesó.
El doctor Sanz había dicho lo mismo.
Bursitis.
Tendinitis.
Debilidad ósea.
Lesiones anteriores.
Desgaste.
Era distinto escucharlo de él.
En boca de mi abuela sonaba a acusación.
—Soy bailarina.
Respondí.
—Eras bailarina.
Todo se quedó quieto.
No el coche.
No la calle.
Yo.
La miré.
Creo que incluso ella comprendió que acababa de cruzar una línea, porque sus labios se entreabrieron ligeramente.
Pero no se disculpó.
Olga nunca se disculpaba.
—Ya sabes lo que quiero decir.
Añadió.
Aparté la mirada.