Hasta Contar La Última Estrella

Capítulo 4 — Otra Vez

A los doce años.

—Otra vez.

Su voz era como un látigo sobre mi piel.

Ni siquiera gritó.

No necesitaba hacerlo.

Había aprendido hacía mucho tiempo que el volumen no determinaba la gravedad de una orden cuando provenía de mi abuela.

A veces era peor cuando hablaba bajo.

Mucho peor.

Tomé aire por la nariz y caminé de nuevo hacia el centro del aula.

El suelo de madera estaba marcado por cientos de zapatillas.

Algunas líneas eran más oscuras.

Otras apenas visibles.

Había pequeñas manchas de resina junto a la barra y una de las tablas crujía siempre que pisabas cerca del espejo de la izquierda.

Conocía aquella sala casi tan bien como mi habitación.

Quizá mejor.

Sabía dónde se acumulaba el frío durante el invierno.

Qué ventana se atascaba en verano.

En qué esquina se escuchaba con mayor claridad la música.

Incluso conocía la pequeña grieta que recorría uno de los espejos desde la parte inferior hasta desaparecer detrás de la barra.

Había crecido allí.

Y aquel sábado lo odiaba.

Era sábado.

Sábado.

La palabra debería haber significado dormir hasta tarde.

Desayunar viendo dibujos.

Quedar con alguna amiga.

Pasar horas tumbada frente a la televisión con el mando apoyado sobre la barriga.

No hacer absolutamente nada.

Había escuchado a algunas chicas del instituto hablar durante toda la semana sobre lo que harían.

Una iba al cine.

Otra dormiría en casa de su prima.

Lucía había invitado a varias compañeras a pasar la tarde en un centro comercial porque era su cumpleaños.

A mí también.

Durante unos segundos había imaginado lo que sería ir.

Comer algo.

Probarme ropa que probablemente no compraría.

Reírme de tonterías.

Ser una niña de doce años haciendo cosas de niñas de doce años.

Luego recordé que tenía ensayo.

Ni siquiera se lo pregunté a mi abuela.

Sabía la respuesta.

Aquella semana ya había ido al conservatorio cada tarde.

También al instituto por las mañanas.

Había hecho deberes en el coche.

Había cenado dos noches mientras repasaba música.

Y además estábamos ensayando el ballet que representaríamos al finalizar el curso.

Solo quería tumbarme.

Una hora.

Ni siquiera pedía un día entero.

Una hora sin que nadie me corrigiera.

Sin estirar los pies.

Sin recoger el abdomen.

Sin pensar en rotaciones, brazos o líneas.

Una hora para no ser buena en nada.

Pero estaba allí.

De nuevo.

Frente al espejo.

Me costaba respirar.

Tenía la camiseta pegada a la espalda por el sudor y algunos mechones de cabello se habían escapado del moño.

Uno me rozaba la nuca cada vez que giraba la cabeza.

Quería apartarlo.

No me atrevía.

Mi abuela detestaba que me tocara el pelo durante una clase.

Pierdes la concentración.

También me dolían los pies.

Mucho.

Los dedos estaban aplastados dentro de las zapatillas y sentía una punzada persistente junto a la uña del dedo gordo.

Probablemente otra ampolla.

Quizá se había abierto.

No quería comprobarlo.

Si había sangre tendría que limpiarla.

Y eso significaría detenerme.

Y detenerme significaría que mi abuela suspiraría.

Prefería el dolor al suspiro.

Olga caminó hasta el equipo de música.

—Desde el principio.

No protesté.

Nunca protestaba.

Se inclinó para pulsar el botón.

Antes de hacerlo me observó.

De arriba abajo.

Aquella mirada siempre conseguía que algo dentro de mí se encogiera.

Automáticamente corregí la postura.

Barbilla.

Hombros.

Abdomen.

Rodillas.

Pies.

Ella no dijo nada.

Eso significaba que había acertado.

O que todavía no había encontrado algo nuevo que corregir.

La música comenzó.

Mi abuela se colocó frente a mí.

Llevaba ropa negra.

Siempre vestía de negro cuando daba clase.

Decía que así resultaba más fácil ver las líneas del cuerpo.

Su cabello rubio estaba recogido.

Perfecto.

El mío había empezado perfecto hacía horas.

Ya no.

—Y el uno, y el dos... plié, passé...

Su mano marcó el compás.

Obedecí.

Plié.

Passé.

—Demi, demi, completa. Port de bras y arriba.

Respiré.

—Segundo port de bras, atrás.

Incliné el cuerpo.

La espalda protestó.

—Cuarto...

Sus ojos se estrecharon.

—¡Firmes los pies, Maya!

Corregí inmediatamente.

—Sí.
—No contestes. Hazlo.

Asentí.

Eso también estaba mal.

No debía hablar.

No debía asentir.

Solo bailar.

Llené los pulmones.

Seguí moviéndome.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

La música no esperaba.

Mi abuela tampoco.

Notaba los dedos de los pies apretados unos contra otros dentro de las zapatillas.

Los de las manos empezaban a hormiguearme.

Abrí más los dedos durante el port de bras.

Intenté ignorarlo.

Ignoraba muchas cosas.

Eso también se entrenaba.

El dolor.

El cansancio.

El hambre.

Las ganas de llorar.

Todo podía ignorarse si aprendías a concentrarte suficientemente bien.

—Plié, tendu. Tres y cuatro.

Mi pie salió.

—Développé croisé.

Elevé la pierna.

Más.

—Más alto.

La elevé otro poco.

El músculo tembló.

—Plié en arabesque...

Giré.

—¡Maya, usa la música! ¡Usa el tiempo!

Mi mandíbula se tensó.

—Hombro abajo.

Lo bajé.

—Te he dicho el hombro, no todo el torso.

Corregí.

—Así.

Una palabra.

Solo una.

Así.

Mi pecho se llenó de algo parecido al alivio.

Duró menos de un segundo.



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En el texto hay: descubrimiento, abandono, romance

Editado: 20.10.2026

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