Matías y yo acabamos pasando el resto del día juntos.
No lo planeamos.
Simplemente ocurrió.
Supongo que existen personas que saben reconocer cuándo no debes quedarte sola, incluso antes de que tú misma seas consciente de ello.
Matías era una de esas personas.
Después de abandonar el barrio, caminamos sin rumbo durante bastante tiempo.
Al principio intentó mantener una conversación normal.
Me contó alguna anécdota absurda de los ensayos, se quejó de uno de los nuevos bailarines y me habló de una discusión que había tenido con Rodrigo porque alguien había terminado el último yogur de la nevera.
Yo fingía escuchar.
A veces incluso respondía.
Pero mi cabeza estaba en otro sitio.
En una consulta blanca.
En la voz del doctor Sanz.
En mi abuela.
En esa única palabra que seguía arañándome desde dentro.
Nunca.
Nunca profesionalmente.
Nunca una función completa.
Nunca volver a exigirle a mi cuerpo aquello para lo que llevaba entrenándolo desde que tenía cuatro años.
Nunca.
Matías debió de darse cuenta de que había dejado de escucharlo porque, después de unos minutos, dejó de hablar.
Y caminamos.
Eso fue todo.
Sin preguntas.
Sin frases de ánimo.
Sin obligarme a buscar una parte positiva que todavía no existía.
Solo caminamos.
Acabamos cerca de El Retiro y entramos en un bar de pinchos porque Matías decidió que necesitábamos comer.
—No tengo hambre.
Le dije cuando nos sentamos.
—Me da igual.
—Qué considerado.
—Soy un amigo excelente.
—Eres un dictador.
—También.
El camarero dejó dos cartas sobre la mesa.
Matías ni siquiera abrió la suya.
—Tortilla.
—Mati...
—Croquetas.
—No pienso comer todo eso.
—Y algo de pan.
—¿Me estás escuchando?
—Perfectamente.
Levantó la mano para llamar al camarero.
—Dos cervezas.
Lo miré.
—¿A las doce de la mañana?
—Ya hemos tenido esta conversación.
—Un gran ejemplo de vida saludable.
—Hoy no somos bailarines responsables.
Sentí el golpe antes de poder evitarlo.
Él también.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Maya...
Bajé los ojos.
—No pasa nada.
—Lo siento.
—He dicho que no pasa nada.
Pero sí pasaba.
Porque Matías podía decir hoy no somos bailarines responsables y al día siguiente regresar al estudio.
Yo no.
A él todavía lo esperaban una barra, un espejo y unas horas interminables de ensayo.
Yo tendría que encontrar otra cosa que hacer con mis mañanas.
Con mis tardes.
Con mi cuerpo.
Conmigo.
Matías tomó mi mano por encima de la mesa.
—No debería haberlo dicho así.
—No tienes que medir cada palabra conmigo.
—No quiero hacerte daño.
—Hoy todo hace daño.
Eso pareció dejarlo sin respuesta.
El camarero se acercó.
Matías pidió comida suficiente para alimentar a una familia pequeña.
—No pienso comer tanto.
—No hace falta.
—Entonces, ¿Por qué lo has pedido?
—Porque pienso probarlo todo.
—¿Y tu dieta?
Me dedicó una mirada de advertencia.
—Ya me has dado el sermón.
—Y puedo repetirlo.
—Qué horror. Te estás convirtiendo en Olga.
—Retira eso ahora mismo.
Sonrió.
—Sabía que funcionaría.
Le lancé una servilleta.
Él se echó a reír.
Y yo también.
Solo durante unos segundos.
Pero agradecí poder hacerlo.
Comimos despacio.
O él comió.
Yo moví comida por el plato hasta que Matías empezó a vigilarme con esa expresión suya que significaba que estaba dispuesto a darme la lata durante horas.
—Estoy comiendo.
—Has partido una croqueta en ocho trozos.
—Control de porciones.
—Maya.
—Vale.
Me llevé uno de los pedazos a la boca.
—¿Contento?
—Extremadamente.
—Tu vida debe de ser tristísima.
—Acabo de conseguir que una mujer coma una croqueta. Hoy dormiré orgulloso.
Después de comer caminamos hacia el estanque.
El calor era insoportable.
Madrid parecía haberse quedado sin aire.
Compramos dos granizados en un puesto y nos sentamos cerca del agua.
Matías eligió limón.
Yo fresa.
—El tuyo parece jarabe para la tos.
Dijo.
—El tuyo parece pis radiactivo.
Miró su vaso.
—No puedes decir eso mientras bebo.
—Demasiado tarde.
—Eres desagradable.
—Siempre.
Los botes se desplazaban lentamente por el estanque.
Familias.
Parejas.
Turistas haciendo fotografías.
Un niño trataba de salpicar a su hermana con el remo mientras su padre le gritaba que dejara de hacerlo.
Los observé.
Me parecía extraño que hubiera personas teniendo un día normal.
Ese pensamiento no dejaba de perseguirme.
Para ellos era martes.
O miércoles.
Ni siquiera recordaba qué día de la semana era.
Para mí era el día en que había dejado de tener futuro.
Quizá aquello era demasiado dramático.
El doctor no había dicho que fuese a morirme.
No tenía una enfermedad terminal.
Podía caminar.
Podía seguir bailando de alguna manera.
Podía vivir.
Lo sabía.
Y aun así dolía.
Porque existe una diferencia enorme entre estar vivo y conservar la vida que querías.
—¿En qué piensas?
Preguntó Matías.
—En nada.
—Mentira.
—En todo.
—Eso tiene más sentido.
Apoyé la cabeza en su hombro.
—No sé qué hacer mañana.
Matías bebió de su granizado.
—Despertarte.
—Qué útil.
—Desayunar.
—Impresionante.
—Ducharte.
—Tienes un talento increíble para la planificación.
—Y después haces lo siguiente.
Levanté la cabeza para mirarlo.
—¿Qué?
—Lo siguiente.
—Eso no significa nada.
—Exacto.