Al día siguiente, mi abuela cambió de estrategia.
Dejó de atacarme.
Dejó de reprocharme cosas.
Dejó incluso de mirarme.
Decidió que yo no existía.
Y descubrí que el silencio de Olga podía resultar mucho más doloroso que sus gritos.
Me desperté tarde.
O, al menos, tarde para los estándares de aquella casa.
Eran casi las diez cuando abrí los ojos y permanecí unos minutos contemplando el techo.
Durante unos segundos no recordé nada.
Fue agradable.
Una especie de limbo pequeño y misericordioso en el que mi vida seguía siendo la misma.
Después regresó todo.
El doctor Sanz.
No de forma profesional.
Mi abuela.
Eres un fracaso, igual que tu madre.
Antoine.
Sofía.
Las duchas.
Cerré los ojos otra vez.
—Joder...
Hundí la cara en la almohada.
Quizá podía volver a dormirme.
Dormir hasta el día siguiente.
O hasta septiembre.
O durante los próximos diez años.
Pero mi cuerpo tenía otros planes.
Necesitaba ir al baño.
Me incorporé.
El movimiento hizo protestar ligeramente la pierna.
La ignoré.
Otra costumbre.
Me levanté y crucé la habitación.
Al abrir la puerta escuché movimiento en la casa.
Carmen hablaba en la cocina.
Mi abuelo escuchaba la radio en el salón.
Y mi abuela estaba dando instrucciones.
Por supuesto.
Olga podía experimentar una tragedia familiar y, aun así, encontrar tiempo para reorganizar una despensa.
—Las verduras van abajo.
La oí decir.
—Te lo he dicho muchas veces.
—Ya lo sé, Olga.
Respondió Carmen con paciencia.
—Solo estoy limpiando el cajón.
—Pues después vuelve a colocarlo correctamente.
Entré en la cocina.
Carmen me vio primero.
—Buenos días, cariño.
—Buenos días.
Mi abuela se encontraba junto a la encimera cortando fruta.
No levantó la cabeza.
Esperé.
Nada.
—Buenos días.
Repetí.
Esta vez mirando directamente hacia ella.
Olga tomó una fresa.
Le quitó las hojas.
La colocó en un cuenco.
Silencio.
Carmen dirigió la mirada hacia mi abuela.
Después hacia mí.
—Hay café recién hecho.
Dijo.
—Gracias.
Abrí un armario.
Saqué una taza.
Mi abuela cerró el frigorífico y pasó por mi lado.
Ni una mirada.
Ni una palabra.
Como si la cocina estuviera vacía.
Me quedé quieta con la taza entre las manos.
—Olga.
Dijo Carmen.
Mi abuela se detuvo en la puerta.
—¿Qué?
—Maya te ha dado los buenos días.
Olga se volvió.
No hacia mí.
Hacia Carmen.
—Tengo que ir a la academia.
Y se marchó.
Escuché sus pasos por el pasillo.
La puerta de su habitación.
Un armario.
Cajones.
La vida normal de una persona que había decidido borrar a otra de su realidad.
Tragué saliva.
—No pasa nada.
Murmuré.
Carmen me miró con una expresión que decía exactamente lo contrario.
—Maya...
—De verdad.
Serví café.
No quería café.
Lo necesitaba para tener algo que hacer con las manos.
Carmen se acercó.
—Tu abuela está enfadada.
Solté una pequeña risa.
—Eso lo había deducido.
—Ya sabes cómo es.
Ya sabes cómo es.
Otra frase que había escuchado durante toda mi vida.
Como si el carácter de una persona fuese un fenómeno meteorológico.
Llueve.
Hace viento.
Olga humilla a su nieta.
Llévate un paraguas.
—Sí.
Respondí.
—Lo sé.
—Dale tiempo.
Miré la puerta por la que había desaparecido.
—Siempre hay que darle tiempo a ella.
Carmen no contestó.
Quizá porque sabía que tenía razón.
Tomé un sorbo de café.
Estaba demasiado caliente.
Me quemé la lengua.
Perfecto.
Otro dolor más.
—¿Quieres desayunar?
Preguntó Carmen.
—Puedo hacerte unas tostadas.
—No, gracias.
Mi estómago rugió.
Carmen arqueó una ceja.
—Eso ha sonado convincente.
Sonreí.
—Luego como algo.
—Maya...
—De verdad.
No quería permanecer allí.
Volví a mi habitación.
Mi abuela regresó de la academia poco antes de la una.
Lo supe porque escuché las llaves.
Después su voz.
Saludó a mi abuelo.
Preguntó a Carmen cómo se encontraba.
Comentó algo sobre una alumna.
Se rio incluso una vez.
Conmigo, nada.
La casa entera parecía saber que estábamos peleadas.
Incluso los muebles.
Me encerré hasta que Carmen llamó para comer.
—Maya.
Abrí la puerta.
—Ya está la comida.
—Voy.
Me lavé la cara.
Me recogí el cabello.
No sabía por qué hice ninguna de las dos cosas.
Quizá porque una parte de mí todavía se preparaba para cualquier encuentro con mi abuela como si fuese una audición.
No dar motivos.
No parecer débil.
No mostrar que algo te afecta.
Entré en el comedor.
Mi abuelo ya estaba sentado.
Carmen colocaba una servilleta sobre sus piernas.
Olga ocupaba su lugar habitual.
Había tres platos.
Me detuve.
Uno frente a mi abuelo.
Uno frente a Carmen.
Uno frente a mi abuela.
Ninguno en mi sitio.
Durante un segundo pensé que se trataba de un error.
Miré la mesa.
Después la cocina.
Quizá Carmen todavía no había terminado de servir.
Ella levantó la cabeza.
Vio mi cara.
Después miró la mesa.
Su expresión cambió.
—Ay, perdona, Maya, yo...
—Déjalo.
Dijo mi abuela.
Carmen se quedó inmóvil.
Yo también.
Olga comenzó a cortar la comida de su plato.
—Puede servirse sola.
No había gritado.
Ni siquiera me había mirado.
Aun así, sentí algo muy parecido a una bofetada.