A los cuatro años.
Entré en la academia de la mano de mi abuelo.
Él llevaba mi mochila colgada de un hombro y yo arrastraba los pies porque estaba cansada.
Había pasado toda la mañana en el colegio y quería ir a casa.
Tenía hambre.
También sueño.
Y quería ver los dibujos que empezaban después de merendar.
—¿No podemos ir con la abuela luego?
Pregunté mientras subíamos los últimos escalones.
Mi abuelo soltó una risa.
—Tu abuela ha dicho que te deje aquí.
—Pero yo quiero ir contigo.
—Solo voy a hacer unos recados.
—Puedo ayudarte.
—Seguro.
—Sé llevar bolsas.
—Eso no lo dudo.
Abrí los brazos.
—Y puedo contar monedas.
—¿Hasta cuánto?
Me quedé pensando.
—Muchísimo.
Él se rio.
Yo no entendí qué era tan gracioso.
—Seguro que sí.
Cuando llegamos frente a la puerta de la academia, mi abuelo se agachó para quedar a mi altura.
Olía a colonia.
Siempre olía igual.
A colonia, caramelos de menta y algo más que entonces no sabía identificar y que muchos años después comprendería que era tabaco.
Me acomodó el cuello del abrigo.
—Pórtate bien.
—Siempre me porto bien.
—Eso dice tu abuela.
Fruncí el ceño.
—La abuela dice que hablo mucho.
—También es verdad.
—Pero tú dices que te gusta.
—A mí me encanta.
Sonreí.
Me acarició la nariz con un dedo.
—Volveré pronto.
—¿Cuánto es pronto?
—Antes de que te des cuenta.
Aquello no era una respuesta.
Pero los adultos contestaban muchas cosas sin contestarlas de verdad.
Me dio un beso en la frente.
—¿Un caramelo?
Levanté la mano inmediatamente.
Mi abuelo miró alrededor como si estuviéramos haciendo algo prohibido.
Lo cual, probablemente, era cierto.
Sacó uno del bolsillo.
—Que no se entere tu abuela.
Asentí con absoluta seriedad.
—No se lo diré.
—Ese es mi secreto contigo.
—Y mío contigo.
Guardé el caramelo dentro del bolsillo del abrigo.
No me lo comería hasta después.
Si la abuela me olía el aliento, lo descubriría.
Ella descubría todas las cosas.
Mi abuelo se marchó.
Lo observé bajar las escaleras.
—Adiós.
—Hasta luego, pequeña.
Esperé hasta que desapareció.
Después abrí la puerta.
La academia estaba llena del olor que siempre tenía.
Madera.
Resina.
Polvo.
Perfume.
Sudor.
A mí me gustaba.
Era el olor de la abuela.
También el de mamá.
Había fotografías en las paredes.
Niñas con tutús.
Niños con los brazos levantados.
Grupos enteros sonriendo.
Algunas chicas llevaban coronas.
Otras sostenían diplomas.
Yo conocía varias porque mi abuela me había contado sus nombres.
—Esta llegó al conservatorio.
—Esta ahora baila fuera de España.
—Este tenía unas condiciones maravillosas.
Los llamaba sus angelitos.
Yo no sabía si también era uno.
Supuse que sí.
Desde el fondo del pasillo llegó música.
La reconocí.
No sabía cómo se llamaba.
Solo que mamá la había escuchado muchas veces.
Seguí el sonido.
Mis zapatos hacían demasiado ruido.
Tac.
Tac.
Tac.
Intenté caminar de puntillas.
Mi abuela se enfadaba muchísimo cuando alguien interrumpía una clase.
Una vez una señora abrió la puerta sin llamar y la abuela la miró tan mal que la señora pidió perdón tres veces.
Yo no quería que me mirara así.
La puerta del aula estaba entreabierta.
Me asomé.
Primero vi los espejos.
Después a la abuela.
Y después a mamá.
Estaba bailando.
Me quedé quieta.
Mamá era preciosa cuando bailaba.
Siempre lo había pensado.
Aunque mamá no bailaba conmigo casi nunca.
Decía que estaba cansada.
O que le dolían los pies.
O que luego.
Los adultos decían mucho luego.
A veces luego significaba sí.
Muchas veces significaba nunca.
Empujé la puerta muy despacio.
Nadie me vio.
Entré.
Cerré con cuidado.
Dejé mi mochila junto a la pared y me senté en el suelo.
La espalda pegada al espejo.
Las piernas estiradas.
Mamá tampoco me había visto.
Estaba demasiado concentrada.
Mi abuela caminaba alrededor de ella.
No llevaba música de bailar.
Quiero decir, ropa bonita de escenario.
Llevaba unas mallas oscuras y un jersey fino cruzado sobre el pecho.
Tenía el pelo recogido en un moño.
Mamá también.
El suyo era rubio.
Mucho más claro que el mío.
Siempre me había gustado tocarlo.
Cuando yo era muy pequeña, me dormía enrollando un mechón de su cabello en mis dedos.
Ya casi nunca me dejaba hacerlo.
—Otra vez, Daria.
La voz de mi abuela rebotó contra los espejos.
Mamá se quedó quieta.
Respiraba muy deprisa.
—Mamá...
Dijo ella.
—No me llames mamá durante una clase.
Yo abrí un poco más los ojos.
Mi abuela era la mamá de mi mamá.
Sabía eso.
Pero me parecía extraño que no pudiera llamarla así.
Mamá bajó la mirada.
—Perdón.
—Desde el principio.
Mi abuela regresó al equipo de música.
Mamá cerró los ojos.
Durante un segundo pareció muy cansada.
No como yo cuando tenía sueño.
Era otra clase de cansancio.
Tenía los hombros caídos y la cara triste.
Entonces la música comenzó.
Mamá levantó la cabeza.
Y cambió.
Solo un poco.
Pero lo vi.
—Pirouette en dedans.
8ndicó mi abuela.
—Attitude derrière...
Mamá giró.
Yo sonreí.
—Pirouette en posición attitude y arabesque.
Volvió a girar.
—¡No dobles la rodilla!
Mi sonrisa desapareció.