La felicidad no depende tanto de lo que nos ocurre como de la manera en que aprendemos a mirar aquello que nos ocurre.
Yo aún no había descubierto esa verdad.
Ni siquiera estaba cerca de hacerlo.
Por eso, cuando aquella tarde salí del despacho de Natalia después de reunirme con ella y con parte del equipo artístico de la compañía, lo hice con el sabor amargo de una despedida pegado a la lengua.
Había entrado intentando prepararme para el peor momento de mi vida.
Salí convencida de que acababa de vivirlo.
Pensaba en los hechos.
Únicamente en los hechos.
En lo que significaban sobre el papel.
No en lo que realmente estaba ocurriendo dentro de mí.
Y los hechos eran bastante sencillos.
Un coche me había atropellado.
Mi pierna había quedado dañada.
La rehabilitación no había sido suficiente.
El ballet profesional se había terminado para mí.
Punto.
No había una interpretación positiva.
Ni un giro inesperado.
Ni una solución escondida en alguna parte.
Yo tenía veintidós años.
Dieciocho de ellos habían girado alrededor de la danza.
Dieciocho.
Había pasado más tiempo siendo bailarina que siendo cualquier otra cosa.
Más tiempo dentro de estudios que jugando.
Más horas frente a espejos que frente a libros.
Más tardes ensayando que saliendo con amigos.
Había organizado mi vida alrededor de una sola meta.
Una grande.
Brillante.
Lejana.
Ser primera bailarina.
No una profesora.
No una aficionada.
No alguien que hubiese bailado durante su juventud.
Una bailarina profesional.
Una de las mejores.
Durante años había fantaseado con formar parte del Ballet de la Ópera de París.
El Mariinski.
El Bolshói.
Había aprendido nombres de teatros antes que capitales.
Conocía repertorios.
Bailarines.
Coreógrafos.
Producciones.
Había imaginado mi nombre impreso en programas.
Mi fotografía en carteles.
Viajes.
Hoteles.
Ensayos.
Escenarios.
Había construido dentro de mi cabeza una vida completa.
Y no existía un segundo plan.
¿Por qué iba a existir?
Cuando te dicen desde pequeña que has nacido para algo, resulta difícil imaginar que puedas nacer también para cualquier otra cosa.
El ballet me había llevado a vivir en un mundo propio.
Uno pequeño.
Hermético.
Brutal.
Precioso.
Un mundo donde todo podía medirse.
El peso.
La altura de una pierna.
Los grados de rotación.
Las vueltas de una pirueta.
Las horas de ensayo.
La posición dentro de una compañía.
Incluso el talento terminaba reducido, de algún modo, a quién recibía el papel y quién permanecía detrás.
Era un mundo que exigía sacrificios.
Muchos.
Y los exigía con una naturalidad casi religiosa.
No dormir.
No comer demasiado.
Entrenar lesionada.
Perder cumpleaños.
Vacaciones.
Relaciones.
Infancia.
Adolescencia.
Dolor.
Siempre dolor.
Pero aceptabas.
Porque al otro lado estaba el escenario.
Y cuando aparecía el escenario, todo lo demás parecía merecer la pena.
Hasta que dejaba de hacerlo.
El ballet podía ser ingrato si no destacabas.
A veces incluso cuando lo hacías.
Había cientos de personas dispuestas a ocupar tu puesto.
Personas más jóvenes.
Más flexibles.
Más resistentes.
Con pies mejores.
Con cuerpos más adecuados.
Una lesión bastaba.
Un mal año.
Un director nuevo.
Una decisión.
Un coche.
Y aquel mundo al que me había entregado en cuerpo y alma ya no tenía espacio para mí.
La puerta se había cerrado.
No.
Algo peor.
Me la habían cerrado en las narices justo cuando estaba convencida de que por fin comenzaba a cruzarla.
La reunión con Natalia había durado menos de una hora.
A mí me pareció una eternidad.
Llegué unos minutos antes de las seis.
Durante el camino había ensayado mentalmente lo que debía decir.
Frases simples.
Profesionales.
Sin lágrimas.
Los resultados no son buenos.
El doctor Sanz considera que no puedo volver a bailar profesionalmente.
El daño es permanente.
Lo siento.
Esa última frase aparecía una y otra vez.
Lo siento.
Como si tuviera que pedir perdón.
Como si fuese culpa mía.
Al entrar en el edificio, tuve que obligarme a caminar.
No quería mirar las salas.
Lo hice igualmente.
Siempre lo hacía.
Un estudio abierto.
Dos bailarines estirando.
Una repetidora hablando con alguien junto a una barra.
Un pianista saliendo con una carpeta bajo el brazo.
Todo seguía exactamente igual.
Eso era lo peor.
Yo había cambiado.
El lugar no.
Subí hasta el despacho de Natalia.
Llamé.
—Adelante.
Abrí la puerta.
Natalia estaba detrás de su escritorio.
No estaba sola.
Mar, una de las repetidoras, se encontraba junto a la ventana.
También estaba Javier, del equipo artístico.
Mi estómago se hundió.
No esperaba un comité.
Natalia se levantó.
—Maya.
Vino hacia mí.
Por un segundo pensé que me daría la mano.
Me abrazó.
Eso casi consiguió acabar conmigo antes de empezar.
—Siéntate.
—Gracias.
Me acomodé.
Mar me dedicó una sonrisa.
—¿Cómo estás?
Pregunta equivocada.
—Bien.
Respuesta automática.
Natalia tomó asiento frente a mí.
—Has dicho que necesitabas hablar conmigo.
Asentí.
Mi garganta estaba seca.
Había preparado el discurso.
No recordaba una sola palabra.
—Ayer tuve la revisión con Sanz.
Natalia dejó de moverse.