Hace diecisiete años, mi corazón no era de piedra; era de fuego. Yo era una chica que amaba los detalles, los cariños y esa intensidad de querer que todo a mi alrededor fuera perfecto. Estaba embarazada y mi vida entera estaba cambiando.
Prepare una cena especial en aquel comedor. Cuidé cada detalle, puse la mesa con toda mi ilusión para darle la noticia. Pero el mundo se detuvo de la forma más cruel. El me dijo que no creía que fuera suyo y me abandonó.
Esa noche me limpié las lágrimas y decidí que mi hijo mi único motor. Cuidé de él sola durante mucho tiempo, siendo su escudo contra el mundo.