En cada chispa que cruzaba la distancia cada una sabía lo que dolía, lo que pesaba y lo que ardía. La estrella permanecía alerta y brillaba desde la espera, no le temía a la penumbra de la luna y con paciencia logró lo que ninguna otra, ella atravesó la coraza que entre ambas se tejía. La luna seguía su órbita, se acostumbró a la soledad, tuvo miedo a la cercanía con la estrella que ella misma se volvió condena.
La luna y la estrella permanecían separadas pero unidas por la memoria hecha muralla y por la poesía que viaja a través del vacío como un susurro de lo que se sostuvo sólo con versos, como una historia marcada por heridas que aún arden en silencio de lo que existió, aunque nunca se tocó.
Así como los versos reemplazan abrazos y arrastran fragmentos, seremos capaces de encontrarnos a nosotros mismos porque, aunque la poesía no cura, ilumina sin siquiera tocarla.