Cuando la luna se escondía, la estrella imaginaba las heridas que no mostraba, aquellas que no sangran, pero que pesan. La forma en que la sombra se le quedaba adherida en la espalda porque la luna no huía de la estrella, huía de sí misma, de lo que sentía.
Y fue ahí cuando comprendió algo que la quebró y la sostuvo al mismo tiempo, el miedo no desapareció con el tiempo, al contrario, se dio cuenta que la distancia quemaba y dejaba una marca que era como una prueba silenciosa que dolía.
Después apareció la grieta no como ruptura sino como abertura por la cual la poesía pasaba, no se infectaba, pero tampoco cicatrizaba, sino que la volvía visible y dejaba huella en cada rastro llamado verso que quedaba grabado en la piel para recordarnos que podemos sostenernos sin rompernos, que podemos quedarnos sin apagarnos y que seremos capaces de sanar las heridas que nos separan.