El silencio me fascina. Incluso antes de que todo cambiara en mi vida, me sentía en paz cuando las personas callaban o los caballos detenían su galopeo. Ahora soy otra, sin embargo, este aspecto no se ha modificado con el tiempo. Por ello, las sirvientas mantienen sus labios sellados mientras acaban de enjabonarme, salgo de la bañera y me secan con toallas de lino, luego ingresamos a mis aposentos. Me ajustan con saña el corsé, más no les daré el gusto de gemir adolorida.
El vestido ya está listo, resplandece como el destello de un sol radiante, un dorado exquisito que se desliza en la seda de mi atuendo y se ajusta a mi cuerpo con elegancia. Adornan mi cuello y muñecas, con joyas; prosiguen con los aretes de diamantes, sin embargo, nada de esto es suficiente, por lo que ordeno que le avisen a mi herrero personal para que haga collares con perlas más grandes y anillos extravagantes. Una de ellas toma el cepillo.
—Fuera.
—Su majestad, aún no arreglamos su cabello.
—He dicho fuera —espeto. Antes de hacerme repetirlo, cosa que en definitiva no desean, las tres hacen una reverencia y abandonan la habitación. Tomo asiento en mi tocador de madera, el espejo rectangular muestra mi reflejo, mismo que esquivo. Hace un tiempo, las joyas, los perfumes, los anillos y cremas, no predominaban en este espacio; en su lugar, flores de todo tipo adornaban los rincones, también libros, cartas, poemas sobre todo. Cada cosa significativa era cuidada o guardada. Sacudo la cabeza con la mandíbula presionada y abro el cajón junto a mí, saco el cuchillo que ayer por la tarde afilé. La empuñadura de oro tiene grabado el apellido Roskel. Dibujo una sonrisa y la guardo.
Me hago un recogido alto con trenzas, utilizo el mejor y único perfume con rosas que he establecido que crearán solo para mí. Al abrir la puerta, mi guardaespaldas ya está esperándome. Hace una reverencia.
—Su majestad.
—Kosevic —Saludo.
Avanzamos por los pasillos del castillo; a regañadientes, se inclinan ante su reina. Me llena de gozo verlos desde arriba, como si rellenaran a la fuerza un espacio vacío en mi pecho que dura lo suficiente como para hacerme sentir en un mínimo satisfecha. Nadie abre la boca. Atravesamos el salón del trono, al cuál lo están puliendo desde temprano como corresponde. En el camino se nos suma Lavern, otro escolta menos experimentado, pero aún así, útil. Llegamos detrás de mi castillo hasta el jardín real e inhalo profundo. Si me concentro lo bastante, puedo percibir el ruido de los martillazos, los picos golpeando con alguna superficie, las palas cavando sin descanso, las sierras desplazándose hacia adelante y atrás mientras cortan madera. Esos son los hombres del pueblo realizando la segunda construcción del año por órdenes mías. A pesar de que, como he dicho, prefiero el silencio, este particularmente, es uno de mis sonidos favoritos.
—Es un bello día ¿no creen?
El sol es cálido e ilumina toda mi fortaleza.
—Así es, su majestad —responde Kosevic.
—¿Y tú qué opinas Lavern?
—Amm ¿yo? am…—se exalta— Si. Lo es, es un lindo día.
Asiento lento, avanzo entre las ramas y el polvo. No es la mejor vista del mundo, de hecho, hace meses que no visito esta parte de mi hogar. Suelo admirarlo desde el balcón, pero apreciarlo de cerca es más deprimente. Las flores, los arbustos, las hierbas, los árboles, las abejas e insectos. Todos están muertos o secos aquí, no obstante, me he visto obligada a aceptarlo, por ello mismo, rechazo con vigor el remolino de emociones que se asienta en mi pecho.
El sonido de las ramas rompiéndose a nuestro paso, llenan el silencio, pero no dura mucho más cuando una protesta me hace voltear de repente. Ambos están inconscientes en el suelo.
—¿Kosevic?
Es todo lo que alcanzo a pronunciar cuando unos brazos me rodean por la espalda, colocan un trapo que cubre mi nariz y boca. Con exasperación intento gritar o golpearlo; es en vano. Mis piernas fallan, la sensación de urgencia desaparece cuando mi vista se vuelve borrosa y todo se oscurece.
*****
Unos bullicios resuenan en donde sea que estoy. Aún no veo nada, tengo una bolsa de tela en la cabeza, la sacudo como si eso sirviera de algo. Me han secuestrado, aunque no es muy difícil de predecir. Estoy sentada sobre una silla, con las manos atadas a mi espalda con tanta presión que quema. A falta de vista, intento agudizar mis otros sentidos. Alguien se mueve junto a mí, tal vez sea uno de mis dos guardaespaldas. No puedo hablar por la mordaza en mis labios.
Los grillos cantan, ya se ha hecho de noche, el sonido es muy cercano, así que, o estoy al aire libre o estoy en una habitación con ventanas sencillas. Una brisa me acaricia, por lo que de inmediato confirmo que ésta, no tiene vidrios; solo las personas de mi pueblo no ganan la cantidad de monedas que se requieren para comprar cristal. Esto no me sorprende en lo absoluto.
Las voces que dan a otra habitación se hacen más audibles, están discutiendo e intento escuchar.
—¡No podemos hacer eso!
—Tenemos al rey de Zaveria de nuestro lado, Esmond. Eso es suficiente ¿no lo ves?
—Una cosa son los suministros, otra muy diferente es apoyar un asesinato en contra de la corona.
Continúan su plática en lo que intento sacarme la tela de la boca con mi lengua sin éxito. Creo que ellos deciden algo porque abren la puerta.
—Descúbrelos.
Finalmente vuelvo a respirar con normalidad cuando quitan la bolsa. Lo mismo hacen con Kosevic y con Lavern, pero solo a mí me sacan la mordaza. Me percato de los tres hombres frente a mis ojos, están de brazos cruzados, buscan intimidarme. Son delgados, no tanto, pero lo suficiente como para que note su mala alimentación. Llevan andrajos hechos a mano, por sus esposas o madres probablemente, camisas y pantalones arrugados. Uno de ellos, el más alto, da un paso hacia adelante con una espada mediana y su sonrisa petulante.
—La mismísima reina Broken —se mofa con voz rasposa. Elevo una ceja.