—¿Por qué no me anunciaron que un barco de Zaveria estaba atravesando el océano Salbel y dirigiéndose a mi castillo?
Salgo de mis aposentos con un vestido sin manchas de sangre zaveriana.
—Cyrel dice que intentó informarle, pero usted estaba ocupada con un prisionero.
Maldito inútil Cyrel.
—¿Cuánto falta?
—Aproximadamente quince minutos, señora.
El intercambio se canceló. Las preguntas y confusiones del pueblo llovieron de inmediato. No hubo tiempo para explicaciones.
No estoy ni remotamente cerca de ser una cobarde, pero necesito todo el tiempo posible para improvisar un plan que sea convincente. Si los Zaverianos han atravesado el océano para buscar a su rey y descubren en qué estado se encuentra, podrían reaccionar de forma negativa. Mucho. Lo que destrozaría en segundos cualquier posibilidad de poner un pie alguna vez en su reino. Debo ser más inteligente que ellos y no provocar una guerra antes de cumplir con mis objetivos.
—¿Su escolta?
—En el calabozo, como ordenó —Lykos y Kosevic me siguen el paso por detrás hasta que me posiciono en el trono.
—Bien —todo está en su lugar. Respiro hondo—. Kosevic, haz que traigan mi corona.
El tiempo restante está cargado de intriga. Tal vez mi pulcro piso termine manchado con sangre, tal vez extienda la mano con un soldado. Todo es posible.
Marlow ingresa por las puertas de la derecha.
—Ya están aquí —me hace saber. Con mis anillos reluciendo en la mano, los aretes de diamante y la espalda enderezada, indico que les permitan la entrada. Kosevic y Lykos continúan silenciosos detrás mío, impasibles y atentos. Tomé precauciones, no he permitido que ningún otro sirviente o guardia permanezca en el salón.
Las puertas se abren de par en par. Ingresa el grupo de hombres con pasos demasiado firmes y contundentes como para ser la primera vez que entran a la guarida del enemigo. Los uniformes, de la misma calidad que su rey; con pantalones gruesos metidos dentro de las botas, camisas marrones, guantes de cuero y cinturones con unas armas que les permití entrar aquí para no levantar sospechas respecto a mi desconfianza.
El grupo se planta delante del trono son abrir la boca por unos segundos luego de reverenciarme. Hay uno de ellos, intuyo, el capitán, que está más adelantado. Lleva una capa en los hombros y pasea los ojos por el techo alto con curiosidad. Apuesto a que nunca en su vida han visto tanto oro y sublimidad.
—Majestad Roskel.
Ya era hora.
—Lamentamos mucho presentarnos a esta hora y en estas condiciones. Soy el oficial Skyler Green, de Zaveria.
Asiento.
—Los soldados del rey.
—Sí, del rey Tedric Whitam, señora.
Eleva una ceja hacia el corte en mi pómulo. No encaja con una reina sin familia ni aficiones relacionadas a un arma corto punzante.
—Las banderas Zaverianas me dieron un indicio —elevo el mentón—. En fin, sería todo un gesto que me diera una explicación. ¿Por qué han cruzado el océano, infestado de serpientes marinas y olas turbulentas, para llegar hasta mis muros?
Si les resulta extraña o exagerada toda la muralla que rodea mi fortaleza, no lo exteriorizan. Su barba castaña se tuerce y me mira.
—Agradezco su preocupación, Majestad, pero tranquila, estamos más que entrenados para sobrevivir a esa travesía.
Estaba a punto de llorar pensando en su peligroso viaje hasta aquí.
—Y, respondiendo a su pregunta, nos hemos presentado para buscar al rey.
Lo que me temía. Contengo el impulso de removerme.
—¿Al rey?
—Exacto.
—¿Por qué razón? Si puedo saberlo.
El capitán Green lanza una mirada a mis escoltas y luego hacia las puertas más lejanas, como si esperara que Tedric aparezca de la nada. Como si se preguntara en dónde está ahora mismo.
—Solo son órdenes. Lo necesitan en Zaveria.
Me muerdo la lengua. ¿Quién? ¿Quién lo necesita en Zaveria? ¿Su reina? Él podría decirme lo que Tedric no, sin embargo, tantas preguntas me harían obvia. Tengo tiempo.
—Entiendo —me pongo de pie—, aunque admito que me ofende un poco que creyeran necesitar a veinte hombres en mi castillo para buscarlo.
Niega enseguida.
—Como usted misma dijo, Majestad. Navegar por el océano siempre es riesgoso —continúa usando un tono cortés—. Mientras más soldados mejor.
Cuando ya no puedo seguir alargándolo, digo:
—Bien. Antes debo informarle de algo.
Descansa sus manos en el cinturón y ladea la cabeza.
—Whitam no está en el castillo.
Los diecinueve soldados restantes comienzan a mirarse entre sí. Un bullicio se eleva sobre la voz de Green.
—¿Entonces, en dónde está?
—Partió hace poco tiempo hacia el bosque Muerto. No está lejos. Se fue montando con su escolta sobre los caballos que les ofrecí.
—¿Qué? ¿Por qué el rey se internó en un bosque? ¿Y, solo?
Suspiro, comienzo a bajar los escalones sin prisa, con los ojos de todos siguiendo mi recorrido hasta quedar a metros de Green. Kosevic y Lykos hacen lo mismo.
—Sabrá que llegó aquí buscando al prisionero que se le escapó. Se lo resumiré: el hombre también se escabulló de mi castillo. El rey fue hacia el bosque, un testigo lo vió adentrándose en él y, aunque le ofrecí soldados entrenados, Whitam insistió en hacerlo por su cuenta. No pude impedírselo.
El hombre se toca la barba mirando el suelo con el ceño fruncido. Me pregunto cuánto lo conocen, cuánto los convenzo de los más realista que he dicho nunca a pesar del engaño.
—Vaya —suspira.
—Lamento dejarlos con las manos vacías, señores —finjo lamentarme.
Mira hacia atrás, a un hombre calvo de su misma altura que no ha calmado su cruda tensión desde que ingresó al salón. Está a la vista que es el más escéptico de todos. La desconfianza brilla en su rostro como la luz del sol.
—Comprendo por qué lo ha hecho. Nuestro rey siempre ha sido demasiado compasivo y generoso para su propio bien.