Hace un año y medio:
Termino de guardar todos los condimentos en el bolso cruzado al pecho y repito:
—Por favor, Melvin, no es ninguna molestia.
—Pero, Alteza, esto es demasiado —observa con recelo la bolsa de monedas en su mano.
—Oh, si papá no llegara con la muñeca que le he pedido como regalo de cumpleaños, sería una catástrofe.
Ríe antes de mirarme conmovido.
—No haga enfadar a su hija —le acaricio el hombro—. Y regrese a su hogar a descansar, ¿de acuerdo? Órdenes de la futura reina.
—Bien —susurra. Se inclina—. Se lo agradezco de corazón, Alteza.
—Que Dios lo bendiga.
Avanzo por la feria con la capa blanca, pero sin cubrir mi cabeza. A papá le molestaría. Dice que, aunque sabe de la buena gente viviendo en el pueblo, es imposible librarse por completo de las malas personas, del riesgo a las malas intenciones. Sin embargo, entre mi gente no hay malicia. Y quiero que mis sobrinas se sientan normales hoy, sin protocolo ni reglas absurdas. Así que deambulo con una en cada mano y compro lo que deseen.
Como de costumbre, todo es ruidoso. Los vendedores gritan su producto, dentro de los corrales hay vacas, caballos, cerdos con moscas en el hocico. Los regateos a veces pueden terminar en discusión, por lo que mantengo la distancia.
—Tía —apunta la pequeña Dana hacia un puesto de juguetes. En él reposan silbatos, dados, muñecos tallados. Nos acercamos y la niña, con timidez, señala unas pequeñas figuras de animales.
—¿Los quieres, cariño?
—Caballo.
Hace una semana, he montado con Dana a mi caballo Bolter por horas. Quedó fascinada, no dudo que en unos años se convierta en mejor jinete que yo.
—Señora Prescot —la mujer está de pie, hablando con el hombre del puesto vecino. Se percata de mi presencia. Lo sonrío de oreja a oreja—. Cuánto tiempo.
Cruza los brazos, eleva una ceja sin rastro de la energía amable que siempre la caracteriza.
—Alteza —asiente—. ¿Por qué tenemos el honor de su visita esta tarde?
El tono condescendiente no me pasa por alto. Parpadeo sorprendida.
—Ya sabe que me gusta bajar con mi gente y dialogar un poco —me encojo de hombros—; por ende, mis sobrinas pueden conocerlos mejor y despejarse. Mato dos pájaros de un tiro —bromeo. Luce más aireada que hace un momento. ¿He dicho algo inapropiado sin darme cuenta?
—Claro, ya veo. Le encanta venir a contemplar a quienes estamos debajo de sus zapatos. A los indigentes. ¿Así luego se burla con más afán junto al rey Fergus, verdad?
—¿Qué? ¿De qué habla, señora? Por supuesto que no.
Evita el contacto visual, intenta calmarse. Baja los brazos.
—Si no va a comprar nada, puede retirarse.
Abro y cierro la boca. Quiero disculparme, empero ¿cómo?, si no sé la razón de su ira. Estoy algo perdida.
—Me llevo estos —apunto a los animales de madera— Daisy, ¿tú quieres algo de aquí?
Suelta mi mano y saca una espada de juguete. La levanta en el aire. Los ojos marrones y grandes le brillan.
—¡Para la guerra, tía!
Fuerzo la sonrisa. No consigo ignorar la mirada penetrante de la señora. Pago con unas monedas de más, como siempre lo he hecho. No las acepta. De hecho, por poco me las lanza a la cabeza.
Tal vez ha tenido un mal día. El pueblo está intenso hoy. De hecho, la señora Prescot no es la primera en obsequiarme esa mala cara. Ahora reparo en que me han empujado por el hombro más veces de lo normal. Algo anda mal.
Me acerco a Galian, la mujer del puesto de hierbas que a veces frecuento para comprar lo que Lyrian me recomendó. El pobre Kosevic ha tenido unas migrañas muy agresivas.
—Corteza de sauce, por favor.
—Lo siento, Alteza. No tengo.
Hundo los hombros.
—Que mal… entonces, un poco de menta o manzanilla. Cualquiera de los dos estará bien.
—Tampoco me ha quedado —se apresura a responder. Repiqueteo el pie. Observo las flores en frente nuestro. Manzanilla y menta. Intactas. Sin tocar aún. Suspiro y asiento.
—Que Dios la bendiga —me despido.
No me mira. Avanzo hacia el puesto de herrería cabizbaja. No puedo hablar con Howard en frente de todos, aún faltan dos días para la gran charla entre papá y él; de todos modos, lo único que deseo es verlo a lo lejos, saludarlo. Que me vea.
La ventana está cerrada, pero es de cristal. Está golpeando con un martillo algo metálico. Tiene el rostro sucio y transpirado. Un minuto pasa, las niñas lanzan miradas hacia los animales en venta. Sé que sienten pena al verlos encerrados.
Vamos, Howard. Mejora mi día.
Detiene su labor. Toma aire, agotado. Se seca el sudor con el dorso de la mano y por fin mira hacia afuera. Su expresión cambia, se relaja. Sonrío cuando él también lo hace. Levanto la mano y lo saludo. Me imita. Sus ojos vacilantes me dicen que una reina no debería estar aquí. Que soy delicada, eso cree. El día en que seamos libres para gritar cuánto nos amamos, le demostraré que puedo ser mucho más férrea e intrépida de lo que aparento.
Un hombre ancho y oloriento me pasa demasiado cerca, con la misma crudeza que lo han hecho todos hoy. Hace una mueca a centímetros de mi rostro, retrocedo enseguida y escupe a mis pies.
—¡¿Qué hace?!
Me rodea como si no existiera. Mi corazón late rápido.
Hago un gesto de despedida hacia Howard con la urgencia de regresar por donde llegué. Frunce el ceño, ha visto la secuencia, así que solo asiente tenso.
Busco a las niñas y las agarro del hombro, las pego a mí.
—Es hora de volver a casa.
—¿Tan rápido? —claman al unísono.
—Sí, antes de que su padre se percate —improviso. Thai piensa igual que papá sobre traer a las niñas aquí.
El ruido y humo que son costumbre, hoy me asfixian. Esquivo a personas, apuro el paso, la gente suele abrirme camino por mi título. No lo hacen.
—Con permiso.
Ojos y más ojos sobre mí. De todos. ¿Es enojo? ¿Eso es lo que veo? ¿Furia? ¿Por qué? Hay ciertos murmullos, cosas que no quieren que escuche. Lo percibo.