Hasta el final

19. Golpes

Ahora me cierran muchas cosas. O solo me abre más preguntas.

El rey dejó a su primo Corvin, encargado de Zaveria, como virrey.

Luego del golpe seco que alguien, supongo Theo Dom o Roshal Brando me dio en la cabeza, apenas he tenido tiempo de procesar las cosas.

El muchacho confirmó que no existía una reina. Admito que mi teoría sobre dejar sin protección a todo el reino era muy buena para ser real. Las cosas vuelven a complicarse en ese aspecto, claro, mas eso será irrelevante si no consigo escapar del barco con vida.

Las heridas del Tedric sanaron luego de dos semanas de control por parte de Arnelia y gracias al reposo. Lástima para él que ya han abierto algunas nuevas. Estas son peores que las físicas. Lo sé. Empero no ha sido el único traicionado. Confíe en los zaverianos, otra cosa en la cual los subestimé. A veces yo también puedo pecar de ingenua.

Me pregunto si Skyler Green, el cuidadoso capitán, es parte del macabro plan. ¿Cuántos, realmente, han traicionado a su rey por ambición? Y, aún más importante, ¿por qué el virrey también desea asesinarme a mí?

—Dos poderosos deseábamos matarlo, Whitam —comento—. ¿Qué se siente?

Me cruzo de brazos igual que él. Sigue mirando el techo sin dar señales de vida aunque con todos los músculos en tensión.

—No era la única que intentaba quitarle la corona. Debió enfocarse en la persona que tenía a su lado. Las traiciones siempre vienen de quien menos lo imagina. Por algo se llama traición. Porque no lo ve venir.

—¿Tú vas a darme lecciones de vida?

—Tal vez me ha dado demasiada pena.

—Mejor siente pena por ti misma.

—¿Yo?¿Porque he sido secuestrada por un inútil zaveriano? Estoy perfecta.

—Deja de subestimar a todo el mundo.

—Tal vez lo haga. El día que deje de confiar en todo el mundo.

Bufa y sacude la cabeza.

El hombre que más me ha enjuiciado por mis acciones, ha recibido el mismo golpe que yo. Es glorioso. Algo bueno debía salir de todo esto.

Suspiro satisfecha y regreso mi atención a la mano. Inspecciono el pulgar, el modo correcto para que funcione de una vez y sin tantos intentos. No sé cuántas horas han pasado, no tenemos ventanas aquí. El poco aire entra por la rendija de la puerta, misma que se abre de par en par. Nos sobresaltamos. Esta vez entran dos hombres. Cenra Ethel y Theo Dom. No me sorprendo. El rey tampoco lo hace, sin embargo, tampoco intenta disimular la furia.

—Majestad —se inclinan. Vaya cinismo. Tedric escupe a sus pies con la cara arrugada.

—Traidores de mierda.

Se miran entre ellos y Ethel decide ignorar la acción. Coloca una bandeja cerca de él sin delicadeza. Se contradice internamente. Puedo ver la vergüenza en cada movimiento antes de retirarse a paso acelerado. Dom me entrega la mía, se acerca sin miedo alguno, incluso osa hablarme.

—Señora, espero que disfrute de su cena.

Sonrío y, a pesar de mis muñecas atadas, las levanto y golpeo su rostro hasta voltearlo.

—Ahora sí que la disfrutaré.

Una mirada cargada de odio me devuelve el golpe. El doble de veces con el doble de fuerza. Mis mejillas arden, me desorienta un segundo. Enfoco su feo rostro.

—Te voy a matar lentamente —consigo murmurar una amenaza con poca intimidación. Dom solo se pone de pie y se marcha con carcajadas perturbadoras.

—Eso fue muy inteligente —dice sarcástico—. Al menos también fue satisfactorio —agrega.

—Cuando me libere, voy a prenderles fuego y a armar una fogata a su alrededor.

Tedric comienza a comer con paciencia. Recuerdo la bandeja y me percato de que está extrañamente llena. Son cosas que puedes comer aún teniendo las manos atadas. Sandwiches, rodajas de zanahoria, pepino, plátano, frutas tropicales y un vaso con agua.

Miro a Whitam, él ya tenía su mirada puesta en mí. Arqueo la ceja, mastica y asiente con obviedad: es lo que se hace cuando un criminal es condenado a muerte. La última cena.

—Se supone que la escogemos nosotros.

—Sabía que encontrarías algo para reclamar.

—Además, pudieron envenenarla.

—Los soldados suelen usar técnicas más directas para matar.

—Los soldados suelen mantener a salvo a su rey.

Solo se encoge de hombros. Imbécil.

Sus palabras no me conforman, aún así, me resigno. Muerdo el sandwich, dispuesta a recuperar las fuerzas perdidas porque, al menos yo, no planeo morir todavía.

68747470733a2f2f73332e616d617a6f6e6177732e636f6d2f776174747061642d6d656469612d736572766963652f53746f7279496d6167652f306a335f51626478556d616444673d3d2d313631333237303732342e313839666632376565353432343464623230373439353333313836332e6a7067

A veces escucho pasos firmes sobre nosotros. Voces, incluso gritos en medio de peleas que sé, son entre Ethel y Brando. Pues he pasado tres horas sin oír ni el vuelo de una mosca. Todos deben de estar dormidos.

No veo la luna, pero el océano tiene un balanceo particular cuando las estrellas lo iluminan. Cierta calma que se consigue solo por las noches. Aquí apenas hay luz, pero no necesito mucha.

Aún con los pies atados, logro arrodillarme.

—¿Qué haces? —interroga Tedric.

—Salvarme.

Hundo el pulgar en la palma hasta que la carne se pone blanca. No tengo un cuchillo, así que convierto la cuerda en uno. Apoyo la base de la mano contra la madera podrida de la bodega y giro la muñeca con un movimiento seco, usando el peso del torso como maza. Un chasquido sordo, como el de una rama verde partiéndose, resuena en el silencio. El dolor es una descarga eléctrica que me vacía el estómago, pero admiro con satisfacción cómo el contorno de mi mano se deforma, perdiendo el volumen del pulgar. Con un gruñido ahogado y la piel ardiendo por la fricción del cáñamo, deslizo la mano hacia afuera.



#1455 en Detective
#1050 en Novela negra
#6019 en Fantasía

En el texto hay: tension, enemiestolover, slow burn

Editado: 25.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.