—¡A proa! —grita Brando a los hombres— ¡Ahora! ¡Vamos! ¡Vamos!
Estoy mojada, luego de sacar la tela de entre mis labios, me levanto dejando los tacones flotando en el agua y corro hacia el lugar más seguro. Popa, lo opuesto a la tontería que el soldado acaba de decir. Tedric se me ha adelantado, ya está allí, ni siquiera sé en qué momento desató sus manos. Subo los escalones, me sostengo de la baranda. La bestia se enreda alrededor del barco, mas no lo parte a la mitad. Veo su cola de escamas salmón antes de ocultarse en lo profundo nuevamente.
Respiraciones agitadas llenan el silencio.
—¡Se ha ido!
Ante el grito de victoria, el animal rompe el casco como si el roble fuera simple yeso; el mástil de la vela mayor cede y comienza a inclinarse lentamente hacia nosotros. Nos dirigimos a la izquierda de inmediato, la colisión provoca un ruido vigoroso, fragmenta el timón en cientos de astillas inservibles.
La serpiente tiene dientes grandes como su boca, se desliza con una velocidad sorprendente pese a su tamaño. Ethel grita con su espada en alto, la pincha en vano, esas escamas son su escudo protector. No le hará ni cosquillas.
La serpiente muerde ambas piernas, los gritos desgarrados mientras lo sacude me causan gran satisfacción. El hombre vuela en el aire hasta que el animal lo hunde en el océano. Desaparece.
—Regresará —dice Tedric.
—Por todos.
No hay tiempo que perder, el agujero que dejó nos hundirá más rápido de lo que esa cosa tardará en devorarnos. Veo un arpón flotando cerca de las escaleras, sin soltarme de las orillas, lo agarro. Tedric ya tiene una ballesta.
—¿Sabe usar eso? —cuestiono.
—Vamos a descubrirlo.
Resoplo. Si muero por su ineptitud, me encargaré de llevármelo conmigo.
Nos sostenemos de distintas columnas de madera. Los dos soldados restantes presionan el mango de sus espadas, uno junto al otro, esperando el ataque. Están aterrados, sin embargo, parecen dispuestos a luchar para defenderse con la frente en alto.
Ahora el animal rompe la tensión apareciendo por la derecha y pienso, pienso, cómo conseguiré acercarme.
—Son la distracción perfecta —parece que Tedric me lee la mente. La serpiente levanta la cabeza, quedando a varios metros por encima de ellos.
Ante la distancia, Brando lanza la espada dentro de su boca sin lengua.
—¡Atrás, bestia!
Ruge furiosa y usa su cuerpo para arrojarlo al agua de un movimiento. En un santiamén desaparece. Aún queda Dom, retrocede temblando. Es ahora o nunca.
Estamos en la parte más alta consecuencia del hundimiento y el peso del animal. Acciono antes de que provoque otro movimiento brusco y nos vengamos abajo.
Subo a la borda, rechazo todos los dolores en mi cuerpo, trepo hasta el bauprés largo, un pie frente al otro, alzo los brazos para hacer equilibrio, inhalo y enderezo la espalda viendo fijo a mi objetivo.
—Solo sus puntos débiles —puntualiza sin soltar el poste y la ballesta. Una comisura tira de mis labios.
—Despreocúpese, Majestad.
Me aseguro de sostener bien el arma, tomo impulso hacia atrás, me inclino, corro y salto lo más alto posible hasta caer sobre la cabeza. Debo usar ambos brazos para sostenerme. Las escamas mojadas se sienten asquerosas. La bestia comienza a sacudirme, como si fuese una garrapata sobre ella. Escucho el estruendo del navío cuando más madera es destrozada en pedazos. Mis piernas se aferran. Mis uñas, igual. Es como estar dentro de una carroza que gira y gira colina abajo sin parar.
Dom hace algo, no veo. Lo empeora, porque el animal se olvida de mí para tragárselo. Literalmente. El chico apenas consigue gritar cuando me llega su sangre al rostro. Escupo disgustada. Desde donde estoy, escucho los huesos de Theo Dom ser destrozados.
La distracción. Está ocupada. Se ha quedado lo suficientemente quieta.
Separo mis uñas de su piel, levanto el arpón con ambas manos, lo clavo en uno de sus ojos. Profundo. Eleva la cabeza hacia el cielo, mi cuerpo cuelga en el aire, sostenido por mi arma.
Brama a un volumen que nunca imaginé, fuese posible escuchar. Un movimiento a la derecha capta mi atención. Una flecha. Dos. Tres. Cuatro se clavan en el otro punto débil de una serpiente marina. Las branquias.
Le chorrea sangre desde ese punto, veo a Tedric a lo lejos, arroja la ballesta al agua, no quedan más flechas pero no las necesitamos. La cabeza cae flácida contra el barco, la suelto de inmediato, crea olas que me hunden, tomo impulso pateándola, nado hacia arriba con vigor.
Tomo una gran bocanada de aire. Comienzo a buscar a mi alrededor. Había un bote en este costado, lo veo. Whitam yace en el mar, otra vez ha pensado lo mismo que yo. Hay que desatar las cuerdas que unen el bote al barco antes de que desaparezca todo.
Tiene un cuchillo, me lo entrega. Toso e intento cortar las cuerdas mientras él las desata.
—¡Se hunde! —exclamo.
—¡Tú sigue! ¡No pares!
Aguanto la respiración, voy debajo del agua, hay una soga más abajo. Por fortuna, el filo es bueno. Corto rápido. El rey termina de desatar la última. Ante el dedo dislocado que empeoró por las recientes actividades, pongo los codos en el borde del bote para poder subirme. Tedric lo hace con mucha más gracia.
—¡Rema! ¡Rema!
—¡No me grite! —ordeno mientras agarro uno de los remos, él el otro y comenzamos a alejarnos lo más rápido posible.
No solo podemos ser absorbidos por el hundimiento del barco y la serpiente, también:
—Los tiburones olerán la sangre y aparecerán en este sector en poco tiempo —balbucea. Movemos los brazos, la adrenalina nos envía fuerzas, sigo hasta que ya no siento ni un músculo. Nos desplazamos por veinte minutos, avanzamos, empero ¿a dónde?
Mi pulso está agitado, el nudo en el estómago es cada vez más grande e incómodo.
—Es suficiente. Estamos lejos ya.
Decide no replicar y ponemos los remos dentro. Estoy de rodillas viendo… nada. Agua y más infinidad de agua. Trago saliva, volteo. Izquierda, derecha, este, oeste. Vacío celeste.