Cuatro metros de largo. Un metro y medio de ancho. Horas de silencio, incertidumbre y dolor físico.
Lo que cualquier reina aspira.
Me remuevo sobre la dureza e intento no gemir adolorida. No producir ningún sonido que indique debilidad, a pesar de las circunstancias.
¿Qué se dice cuando has pasado un año creando planes y todo se derrumba en un día? ¿Cómo reaccionas ante la desolación absoluta luego del control obsesivo?
—Estamos así por su culpa —espeto.
Su objetivo era asesinar a la bestia y sobrevivir, no salvarme. Lo dejó bien a la vista luego de delatar mi escondite como si le satisfaciera hacerlo.
—Si no los hubiera despertado, si no les hubiera dicho en dónde estaba, nada de esto estaría sucediendo.
El oleaje contra la madera, el viento silbando y luego gritando, como si alguien rasgara tela en el cielo. La luminosidad del atardecer abrazando mi frente, bloqueando mi vista. Respiro profundo.
No desesperes.
—Se agota el tiempo.
—¿Para qué? ¿Eeh? ¿Para qué necesitas tiempo? —entrecierra los ojos— ¿Para regresar a tu reinado del horror?
—Si usara sus energías para idear un plan que nos saque de este bote en lugar de utilizarlas para faltarme el respeto, ciertamente volvería a mi reinado antes que su traidor primo.
Hemos revisado. Aquí solo tenemos el cuchillo, agua en barriles pequeños de entre 30–50 cm, bizcocho naval —un paquete de galletas duras como roca—, y cuerda enrollada. Con suerte nos alcanza para dos días. Tampoco hay tierra firme a la vista.
—Ningún plan puede salvarnos esta vez. Nadie sabe que estamos acá varados y, probablemente, mi querido primo se dirige ahora mismo hacia Vogoryn con el único objetivo de ser el rey en ambos territorios. Nos darán por muertos.
—¿Se resigna a morir? Por fin. De haber sabido que subirlo a un bote en medio del océano sería suficiente para terminar con su resistencia, lo hubiera hecho yo misma.
Ríe sin gracia.
—No me he resignado. Intento explicarte que un plan no sirve en estas circunstancias. Todo lo que nos queda es racionar los bizcochos, el agua, y remar, con la esperanza de toparnos con alguna isla. ¿Puedes entenderlo?
—No soy tonta ni ajena a las situaciones extremas, Majestad. Sé lo que debemos hacer —evidencio molesta.
—Entonces ya deja de atosigarme. Y mejor tú reserva tus energías para los días que se vendrán.
—Días miserables gracias a su imprudencia e incontrolable deseo de venganza.
Con ojos vacíos, mira más allá de mis hombros.
—Era justicia.
—Excusas —escupo—. No me haga reír, por favor, es incapaz de admitir que se llenó de ira, mas no fue capaz de contenerla dentro suyo. Ni aunque le significaba la vida.
—Céntrate en tu propia supervivencia y yo lo haré con la mía —cambia de tema con rotundidad—. No me interesa formar un equipo contigo.
Suspiro.
—Coincidimos por fin.
Lo único que diferencia al cielo del océano es el reflejo de la luna en él, pues la oscuridad los fusiona como uno mismo y me cuesta distinguirlos.
Pese a la situación, es una experiencia única. Flotar en la nada, escuchando nada y viendo nada, ha de asemejarse bastante al deceso. A una muerte eterna y pacífica.
Aunque aún no es mi hora, aquí, en medio de la madrugada, mucho no puedo hacer, por lo tanto, me queda cerrar los ojos y disfrutar mientras flotamos sin rumbo ni sentido hacia el vacío.
Me temo que la mente suele traicionarme constantemente. Entre mis recuerdos, no sé por qué, nunca sé por qué, encuentro la sonrisa de mi mellizo la primera vez que cargó en sus brazos a Daisy, con la misma delicadeza con la que sostienes un adorno de porcelana; su rostro brillaba tanto como los ojos cargados en lágrimas, mismas que apenas alcanzaba a ver entre las mías.
Celestia sostenía a Dana, alegre e impresionada a igual medida ante la sorpresa. También eran mellizas como, claro, yo intuía. Hubo una celebración organizada por mis padres y la ayuda del pueblo que duró todo el día a pesar de que Thai y mi cuñada mantuvieron la mayor parte del tiempo su presencia tras las puertas de los aposentos para alimentar y dormir a sus hijas.
Participamos de las danzas típicas, bailamos y algunos bebieron en medio de risas y armónicas sonando hasta que escuchabas solo un pitido lejano.
Al palacio, fueron hasta los más humildes, que recibimos con los brazos abiertos y mesas repletas de comida. De todo tipo y en montones. Recuerdo las felicitaciones, los rostros risueños. Bailé con la mayoría, tomé sus manos, abracé sin pudor alguno. Hablé, deseé las mejores intenciones para la vida que los deparara. Como hacía de costumbre.
No olvido… Jamás olvidaré a ninguno de ellos.
Abro los ojos con el pulso acelerado. Me fascina el silencio, pero hoy al parecer es distinto, se siente como una carga en la espalda.
La herida en mi costado no sangra hace horas, si mantengo mis líquidos dentro del bote, estoy a salvo de tiburones y bestias, eso no evita una posible infección. La he presionado con un pedazo de tela arrancado de mi vestido, es todo lo que puedo hacer. Arde mucho y me distrae de las memorias malditas.
Tedric tampoco duerme, ninguno de los dos podría hacerlo ante el riesgo de que el cuchillo termine atravesando el pecho de alguno de los dos en medio de la inconsciencia. He fantaseado con ello.
Por el momento, no puedo hacer nada. Sería suicidio. Las heridas en mi cuerpo lo impiden más de lo que soy capaz de admitir. No obtendría el resultado deseado si comienzo a luchar en este pequeño espacio mientras muero de hambre, sed, dolor y migraña.