Me sacude los hombros.
—Oye, ¿me escuchas?
Intento enfocarlo con la vista.
—No me… tutee.
—Parece que sí —farfulla.
Quito su mano.
—Y no me toque —mi estado luce poco amenazante—. Jamás.
Tedric niega.
—¿Eres consciente de que esa infección te va a matar antes de siquiera llegar a la isla? ¿Y aún así te concentras más en tu aversión injustificada?
Desde aquí abajo, inevitablemente me abrazo a mí misma. Tengo la piel de gallina. ¿Injustificada, dijo?
—No. Un maldito corte no acabará conmigo —pronuncio como puedo. Luce confuso.
—Pues, no puedes controlar una infección con aire. Así que, a menos que seas el espíritu santo capaz de crear milagros, vas a morirte —regresa a su lugar—. O al menos, eso es lo que nos sucede a los simples mortales.
Cansada de escuchar su parloteo, intento apoyar la espalda en la orilla del bote. Como si un imán me lo impidiera, el cuerpo no se mueve de su lugar. Tomo fuerzas y lo intento de nuevo. Nada. El pecho sube y baja. Las horas remando han drenado cualquier minúscula parte de mi interior sin dolor. Presiono los labios. Para no jadear. Para no gritar de frustración.
Busco a tientas la tela con que cubría el corte traidor. Siento un calor intenso a su alrededor. No puedo mojarlo con el agua del barril y, poner en el mar, mis manos con sangre seca, sigue siendo un gran riesgo.
Debo hallar una forma de sanar con urgencia y, a pesar de saber eso, mi cuerpo y mi mente lo único que suplican es descansar. Los párpados pesan demasiado, por lo mismo, me golpeo la cara varias veces con una palma.
—Adivino. Si te duermes, exactamente lo que tu cuerpo pide a gritos, te expones a morir por mis manos.
La oscuridad, el infinito, la galaxia, ojalá viera todo desde aquí para entretenerme con algo que no sea su voz. Empeora mi estado.
Reacciona. ¡Despierta Yvett! ¡Piensa!
No. No demasiado. Acabo siempre igual. Deseando extirparme el cerebro. ¿Entonces? Clavo las uñas en mi tembloroso antebrazo. Abro grande los ojos. Una risa me distrae.
—No puedo creer que justamente tú, en esta situación, acabas de hacerme reír —comenta para sí mismo. Con todo y fiebre, lanzo una patada que se le encaja en el muslo. Deja escapar un sonido ahogado. Me cuesta un mareo más extenso que los anteriores, así que no escucho lo que dice. Tal vez un insulto, pero da igual. El vestido roto no cubre por completo mis piernas ni los brazos o el cuello. Los dientes me rechinan, vuelvo a envolverme en un abrazo; todo lo que puedo hacer, es apoyar la cabeza en la madera, perdida en algún limbo.
Sed. No quiero, necesito agua, mas la lengua y los labios no se sincronizan para pronunciar palabra. Tapo mi herida con la tela, delicadamente. La sensación de tenerla en llamas es muy realista.
La cabeza me va a explotar y las náuseas son un tsunami impredecible. Lo sé antes de que llegue a mi garganta. No tengo tiempo de asomar la cabeza hacia el agua. O de mover… nada.
—Mierda —creo oír.
El líquido resbala por todo mi mentón, unas manos grandes me sujetan por ambos hombros y consigue colocarme de costado. Expulso por un par de segundos, ajena a la posición en la que me encuentro. Huele y sabe mal.
Al terminar, me quedo en la posición, de lado. Tomo respiraciones rápidas y cortas. Intento sin éxito comprender lo que pasa con mi cuerpo. No tengo respuestas de nada.
Algo se apoya en mi frente. Ni siquiera consigo sobresaltarme. La gélida temperatura no disminuye, tengo fiebre. El negro contamina mis ojos y, al final, el sueño me gana, como si mis intentos por mantenerme consciente hubieran sido solo un retraso de lo inevitable.
No veo. Pero la luz cálida filtrándose por mis párpados me dice que ya es de día.
No escucho.
Tampoco estoy quieta.
Hay movimientos bruscos.
¿Yo estoy en movimiento?
Alguien se mueve. De prisa.
Chaporreos constantes. Una respiración.
No recuerdo, no pienso.
Sí siento.
Dolor. Mucho. Puedo soportarlo. Debo hacerlo.
No contengo los jadeos.
—Espero que no me hagas arrepentirme, Yvett.
¿Quién habla? Es irrelevante, porque el ardor en mi cuerpo me enreda hasta asfixiarme y la inconsciencia vuelve a ser mi única amiga.