Arena tibia bajo mis palmas. El sonido de las olas e insectos nocturnos. Aves despegando vuelo. Inhalo profundo, huelo algo quemándose.
¿Qué hora es y por qué las sirvientas no me han despertado?
¿Por qué mi almohada se siente tan dura?
Intento abrir los ojos. Es una tarea más complicada de lo esperado. Siento como si pequeños alfileres atravesaran mis brazos, torso y piernas. ¿Qué me pasa? Al menos pude dormir. Y mucho. No recuerdo cuándo fue la última vez que realmente lo conseguí. Es extraño, creo que tuve pesadillas y sueños y muchas han sucedido en medio de la inconsciencia, solo que no descifro el qué.
Consigo elevar los párpados. Me sobresalto al descubrir que es de noche y… no estoy en mi castillo. Giro la cabeza, hay una fogata a dos metros de mí. Sobre mi cabeza, muchas hojas y ramas resistentes que me impiden ver el cielo. Una palmera a la derecha, y otra, y otra junto a ella. Me rodean muchos arbustos.
Hay un tronco largo en el piso, frente al fuego. Junto a este, descansa un pequeño barril conocido. Por último, me observo a mí misma.
¿Qué diablos…?
No llevo mi corsé, ni siquiera lo veo cerca. Tengo abrochada una camisa blanca encima del vestido dorado y deteriorado. Me llega por encima de las rodillas. Su olor es inconfundible. No es posible.
¡Es de Tedric Whitam!
Con manos temblorosas lo desabotono y arrojo muy lejos de mi cuerpo. ¿Él me la puso? ¿Y me sacó el corsé? ¡¿Mientras dormía?! Apuesto a que buscaba esta reacción de repudio en mí. Es patético y asqueroso. Un pervertido.
No lo tenía como a un hombre deshonrado. Solo un completo imbécil, pero no se saldrá con la suya.
Me pongo de pie con la palmera como sostén. ¿En dónde está? Lo poco que distingo es gracias a la luna. Rengueo a causa del torso herido, que me impide enderezarme, llevo mi mano hacia el corte por reflejo, empero bajo la vista con sorpresa.
El dolor no se compara al que recuerdo. Al contrario, luce y se siente muchísimo mejor. Está limpio. No se ha cerrado del todo pero la pus ha desaparecido, el ardor en la zona igual; ¿cuánto tiempo he dormido? ¿Qué ha pasado? Necesito despabilarme antes de avanzar.
¿Estamos en una isla? ¿Por qué no me muero de sed? No entiendo. Lo último que recuerdo es vomitar en el bote, ¿y luego qué?
Todo indica que Tedric lleva tiempo aquí. Es decir, ambos lo hacemos.
Estoy perdida. Eso indica demasiada falta de control. Lo odio.
Camino sin rumbo en medio de árboles hacia algún lugar. Escucho un golpe. Un ruido grave hacia la derecha y lo sigo. Rodeo arbustos con precaución. Estoy descalza y no necesito más heridas. Veo una mancha negra por el rabillo del ojo que identifico como su cabello.
—Ahí estás —murmuro para mí misma.
Su espalda, al descubierto pero identificable, es algo que no estaba en mis planes. Claro, porque la realeza no acostumbra a mostrar tanta piel. El recuerdo de despertar con su ropa puesta me hace estremecer. Maldito sinvergüenza. Está golpeando algo sin parar. Debo aprovechar la distracción.
Me centro en buscar una buena piedra bajo mis pies, luego avanzo despacio. Una maldita rama se rompe con mis pisadas. Me detengo, alerta, mas el rey no parece haber escuchado nada.
Exhalo. Levanto la roca. Esto es por mi trono, por ser tan idiota como para no ver que tu gente te traicionaba y por mera satisfacción. Estoy por dar el remate sin quitar la vista de su nuca cuando voltea y me detiene por la muñeca. Carajo.
Con la rodilla golpeo su entrepierna.
—Sabía que este sería tu primer movimiento al abrir los ojos —masculla adolorido y sin soltarme. Forcejeo con la sangre hirviendo en mis venas; consigue ponerme de espaldas a él, solo por mi poca energía luego de la fiebre. Ahora tengo ambos brazos inmovilizados por Tedric.
—¡Suélteme!
—Te salvo la vida, ¿y así me pagas? ¡¿Intentando golpearme por la espalda?!
Un cuchillo termina en mi garganta, me sostiene con una sola mano y detesto sentir cómo me supera en fuerza.
¿Salvarme la vida? ¿A mí? Sacudo el cuerpo, ignorando el pinchazo, hasta poder quedar cara a cara con él.
Es veloz: estampa mi espalda contra el tronco de un árbol ancho y alza mis manos por encima de la cabeza, aprisionando aún mis muñecas.
La posición vulnerable es humillante. Está lo suficientemente cerca, así que escupo en su mejilla. Cierra los ojos, presiona la mandíbula.
—Te dije que no me hicieras arrepentirme.
—Le aseguro que me va a pagar por esto.
Respiro con dificultad, la piel de sus manos tiene callos, los siento. Los músculos de su cuerpo se contraen. Tiene una barba corta, los ojos verdes me muestran un debate interno.
—¿Voy a pagar? —ladea la cabeza— Si no fuera por mis esfuerzos durante días, ahora estarías enterrada bajo mis pies. Algo que llevo intentando mucho, y lo sabes.
Sigo perdida luego de abrir los ojos, mi confusión se refleja con tanta evidencia que lo nota tras mi extenso silencio.
—¿En serio? ¿Esta será tu táctica? —se mofa— ¿Fingir que no recuerdas nada?
Me tenso por completo.
—Mi memoria está perfecta. Suélteme de inmediato.
Aunque lo disimulo en el rostro, retuerzo las manos, desesperada por alejarlo. Solo consigo que su agarre aumente hasta ser doloroso, recordándome el dedo dislocado y nada curado.
—No, hasta que sepa que no vas a atacarme de nuevo.
—¿Cree, siquiera, por un instante, que puede controlarme?
Me inspecciona lento, marcando mi desventaja sin palabras.
—Y es tan satisfactorio como imaginaba.
—Se atevió a tocarme cuando estaba inconsciente. Se creyó con el derecho de acercarse y, más aún, ¡colocarme sus sucios trapos encima!
—¿Tocarte?
—¡Es un aprovechado pervertido! Conozco a los tipos como usted.
Vacila antes de asimilar mis palabras. La furia le tensa la mandíbula.
—Y dime, ¿cómo son, según tú, los tipos como yo?
—Asquerosos. Utilizan cualquier oportunidad que se les presente enfrente para denigrar a una mujer como les plazca —espeto—. Lo sé muy bien.