Hasta El Hueso

1

"Deseo que encuentres a esa persona especial. Que en un mundo de sombras y grises, sea para ti un destello verde neón. Porque el amor, cuando es real, debe ser tan intenso que se sienta vibrar hasta los huesos".

Sus vidas tranquilas se llenaron de color y ruido en el instante en que sus caminos se cruzaron. Aquel día en que sus miradas chocaron y el destino acomodó las piezas de forma caprichosa. De tantos escenarios posibles, tuvo que ser precisamente ese: uno donde su amor sería etiquetado como algo prohibido, un sentir que debía enterrarse bajo la superficie para sobrevivir. Nadie podía saber que el silencio de la noche se convertiría en su más fiel cómplice; el único testigo de las caricias tímidas, de esos roces de manos que, aunque breves y tontos, les hacían sentir que el mundo finalmente tenía sentido.

—Johan, debes fijarte bien con quién te juntas. No vayas a terminar casado con alguien mediocre, como hizo tu madre.
Esas fueron las crueles palabras de Patricia. A sus once años, Johan ya estaba acostumbrado a escuchar las quejas de su abuela, quien no perdía oportunidad para recordarle que, a sus ojos, su padre nunca sería suficiente.
—¡Mamá, ya basta! Deja de decir esas cosas, no entiendes nada —el estruendo de un golpe seco resonó en el comedor. Dania había impactado la mesa con ambas manos, temblando de furia.
—¿Entender qué? ¿Que arruinaste tu vida casándote con un miserable enfermero? —Las palabras brotaban sin esfuerzo de los labios de la anciana, cuya piel marcada por los años contrastaba con la frialdad de su mirada.
—Se acabó. Dylan, vámonos. Johan, toma tus cosas y despídete de tus tíos; nos vamos ahora mismo.
Dania recogió sus pertenencias de un tirón, lanzándole a su madre una mirada cargada de una determinación intimidante. No era la primera vez. No recordaba una sola ocasión en la que Patricia no la atacara por ser la "hija imperfecta", esa que no se casó con un hombre rodeado de lujos y contactos.
Dania se había casado por amor, eligiendo a aquel primer novio que empezó siendo su mejor amigo y terminó adueñándose de su corazón. Dylan trabajaba como enfermero en un hospital privado; ganaba lo suficiente para vivir bien, pero en la mente de Patricia no había espacio para nada que no fuera un médico prestigioso, un abogado reconocido o un empresario. Ella siempre había soñado con casar a su hija con un rey, no con un hombre que servía a los demás.

Dania suspiró, dejando caer la mirada sobre su taza de café con una pesadez que parecía hundir sus hombros. Si su madre la viera así, con los codos sobre la mesa y la espalda encorvada, seguramente habría empezado un discurso sobre el "decoro de la gente refinada". Pero allí solo estaba Liu Han.
—Discutí con ella esta mañana por lo de anoche —confesó Dania, con una voz que no guardaba emoción, sino una resignación gastada—. Me dijo que, si seguía defendiendo a Dylan, yo estaba muerta para ella.
Liu Han la observó en silencio un momento. Ajustó ligeramente su audífono para captar el matiz del susurro de su hermana.
—Jamás podré entender por qué gasta tanta energía en odiar lo que nos hace felices —respondió él con amargura.
—Es mi madre, tristemente —Dania se encogió de hombros—. Pero Dylan es mi esposo, es el hombre que me dio un hogar de verdad. Debo darle su lugar. Si ella prefiere vivir en su castillo de prejuicios antes que aceptar a su yerno enfermero, que se quede sola.
—Yo siempre estaré de tu lado, Dania —aseguró Han, estirando la mano para rozar la de ella—. Siempre.
Dania forzó una sonrisa y lo miró fijamente, con esa intuición que solo tienen las hermanas mayores.
—¿Y tú? ¿Cómo van las cosas en tu matrimonio?
—Estaban mal —admitió él, desviando la vista.
—¿Y ahora?
—Ahora van peor. Le he pedido el divorcio varias veces, pero Marcela se niega. Dice que no me soporta, que ni siquiera me mira al despertar, pero no me suelta. Es como si necesitara el apellido para sentirse segura.
—¿Entonces para qué se casó contigo? —preguntó Dania con genuina curiosidad.
—¿Para qué más? —Han soltó una risa seca—. Nuestras madres eran amigas, ella era la hija mayor que se estaba "quedando atrás" mientras su hermana ya esperaba un bebé. Marcela quería ser monja, pero la obligaron a ser esposa. Y yo... bueno, yo me casé porque estaba cansado de que me vigilaran cada minuto. Pensé que casarme me daría libertad, pero solo cambié de celda.
Dania suspiró, apretando la mano de su hermano.
—Realmente te admiro, Dania. Tú elegiste tu felicidad. Si tan solo yo...
—A veces, aunque sea la familia, hay que cortar los lazos —sentenció ella—. Tienes que elegir lo que le da paz a tu corazón, Han. Nadie lo va a hacer por ti.
Él asintió, sintiendo el nudo en la garganta.
—Extraño a papá. Con él todo era más fácil.
—Apenas va a cumplirse un año de su muerte y parece que han pasado diez —coincidió Dania, limpiándose una lágrima traicionera—. Él era el único que sabía que no somos piezas de ajedrez de mamá.

—Ahora vuelvo, voy al baño —dijo Han, levantándose.
Pero al girar por el pasillo, el aire se le escapó de los pulmones. Frente a él, una mujer de mirada cansada y hombros caídos se detuvo en seco. Era ella. Catorce años no habían sido suficientes para borrar el rostro de la chica que lo defendió cuando nadie más lo hacía.
—¿Gabriela? —murmuró Han, incrédulo—. Soy yo... Liu Han. ¿Me recuerdas? Íbamos juntos a la escuela.
Los ojos de Gabriela se abrieron con un pánico eléctrico. No era alegría lo que sentía, era terror. Antes de que pudiera articular palabra, un hombre de aspecto rudo apareció tras ella, sujetándola del brazo con una fuerza que hizo que Han apretara los puños.
—¿Quién es este? —ladró el hombre, tirando de ella—. De seguro ya estás de zorra buscando a quién más calentarle la cabeza.
—¡No, solo es un viejo conocido! —alcanzó a gritar Gabriela mientras era arrastrada hacia la salida.
Han se quedó inmóvil, con el pitido de su audífono zumbándole en el oído derecho, procesando la escena. El pasado acababa de golpearlo en la cara. Cuando regresó a la mesa, su mirada estaba en otro lugar.
—Dania, ¿trajiste auto? —preguntó de inmediato.
—No, vine en taxi. Pensaba pedirle a mi hermano menor que me llevara a casa —respondió ella, extrañada por su tono—.
—¿Tienes planes?—preguntó él
—La verdad, no. Dylan llevó a Johan a pescar con sus abuelos, se quedan en la cabaña. ¿Por qué estás tan pálido?
Han ignoró la pregunta, movido por una urgencia que no sentía hace años.
—Acompáñame a un lugar. Por favor.
—¿A dónde?
—Al barrio industrial.
—¿Al barrio industrial? —Dania frunció el ceño—. Han, eso está lejos y no hay nada más que fábricas viejas y...
—Solo vamos. Necesito ir.
Durante el trayecto en el taxi que alquilaron, el silencio fue su único pasajero hasta que empezaron a hablar de papá. Recordaron cómo él les decía que el valor de las cosas no estaba en el precio, sino en cuánto disfrutabas haciéndolas. Ese calor del recuerdo de su padre fue lo único que mantuvo a Han tranquilo mientras el paisaje se volvía más gris y descuidado.
Al llegar, se detuvieron frente a una estructura que apenas se sostenía en pie. Techo de lámina oxidado, maleza alta y el olor a olvido impregnado en la madera podrida.
—Muero de sed —dijo Dania para romper la tensión, mirando alrededor—. Debí beber agua antes de venir a este cementerio de casas.
—Busquemos una tienda —sugirió Han, aunque sabía que allí no había nada.
—No es necesario, mira —ella caminó hacia una vieja llave de jardín en el patio delantero—. Agua potable.
—Dania, el suministro debe estar cortado hace décadas —advirtió él.
—Está cortado, pero todavía sale un hilo, ¿ves? —Ella bebió un poco de sus manos—. Es solo agua, tonto. Incolora, inolora y refrescante. A todo esto... ¿quién vivía aquí? Parece que lleva años abandonada.
Han guardó silencio un segundo, acariciando con la vista el marco de la puerta.
—Era alguien especial.
—Oh... —Dania suavizó el tono al notar el brillo en los ojos de su hermano—. Aquí vivía él, ¿verdad?
—Está justo como la recordaba —susurró Han—. ¿Quieres ver por dentro?
—No hay electricidad, Han. No vamos a ver ni nuestras propias manos.
—Tenemos los teléfonos. Enciende la linterna, vamos.
Han puso la mano sobre el pomo de la puerta, pero se detuvo al ver la expresión de su hermana. Dania tenía una sonrisa burlona pintada en el rostro.
—¿De qué te ríes ahora? —preguntó él.
—Es que así comienzan las películas de terror —bromeó ella, tratando de aliviar el peso emocional del momento—. ¿Qué crees que encontremos? ¿Un fantasma o un caníbal?
—Cierra la boca, tonta —rio Han, empujando la puerta.




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