Hasta El Hueso

2

Pasaron los días y luego las semanas, y para sorpresa de Liu Han, el nudo de ansiedad que siempre cargaba en el estómago comenzó a deshacerse. Gabriela y Diego lo habían "adoptado" con una naturalidad asombrosa. Gabriela, con su energía inagotable y su facilidad para hablar con cualquiera, se convirtió en su escudo social, mientras que Diego era el compañero tranquilo que siempre le daba un espacio seguro.
Sin embargo, a pesar de su nueva comodidad, la atención de Han estaba siempre en otro lugar.
Durante los recesos, Han buscaba entre la multitud el cabello castaño y lacio de Lucían, pero nunca lograba verlo. Lucían parecía desvanecerse en cuanto sonaba la campana, perdiéndose en los pasillos o saliendo de la escuela a toda prisa (Han no sabía aún que Lucían aprovechaba cada minuto libre para trabajar o estudiar a solas).
Pero durante las clases, todo cambiaba.
Desde su lugar junto a la ventana en el 206, Han se convirtió en un experto en el salón 304. Mientras el profesor explicaba álgebra o historia, Han desviaba la mirada. Ahí estaba él. A veces, Lucían apoyaba la mejilla en su mano, luciendo terriblemente cansado; otras veces, escribía con una intensidad frenética, como si le fuera la vida en ello.
Han empezó a notar detalles que nadie más veía:
• Cómo Lucían se ajustaba el cuello de la camisa cuando sentía frío.
• La forma en que sus ojos color aceituna se entrecerraban al concentrarse.
• El pequeño gesto de alivio cuando finalmente terminaba una tarea.
Se sentía como un espectador frente a una película muda. No necesitaba escuchar su voz para sentir que lo conocía. Aquel chico del salón de enfrente, con su aspecto descuidado y su piel pálida, era el único "ruido" que Liu Han quería procesar. Era un sentimiento extraño, una ilusión que crecía en el silencio de sus observaciones, preguntándose por qué alguien que parecía tan solo podía llenar tanto su propia mente.

—Pareces un acosador —soltó Gabriela, apareciendo de repente tras la espalda de Han.
Él dio un pequeño salto, asustado. No estaba acostumbrado a tener compañía durante los descansos y mucho menos a que lo atraparan oculto tras las jardineras. Su atención, que hasta hace un segundo estaba fija en la figura distante de Lucian, se dispersó por el nerviosismo.
—¿Tanto quieres ser su amigo que prefieres espiarlo? —continuó ella con una sonrisa ladeada, sentándose en el borde de la jardinera pintada de azul claro—. Olvídalo, Han. Lucian es un hueso duro de roer; intenté ser su amiga el año pasado y me cerró la puerta en la cara.
Gabriela cruzó sus piernas, cubiertas por el uniforme azul marino, y miró en la misma dirección que él. Han suspiró, dejando que sus hombros cayeran.
—No lo estoy espiando. Es solo que... conozco muy bien el sentimiento de estar solo en una escuela. Eso es todo —confesó, mientras sus ojos seguían el rastro de Lucian, quien se alejaba cada vez más hasta perderse de vista.
—El resto se ríe de él, ya lo habrás notado —comentó Gabriela en voz baja—. Dicen que huele mal y que su ropa...
Han la interrumpió con una mirada cargada de reproche silencioso. Sus ojos parecían preguntarle: «¿Tú también lo hacías?». Gabriela, que era tan inteligente como bonita, captó el mensaje al instante.
—¿Qué? ¿Acaso crees que yo también lo molestaba? —bufó ella, con honestidad—. Si fuera así, no habría intentado acercarme. Para serte honesta, no huele mal; solo lleva la ropa arrugada, pero se entiende. Los chicos no suelen poner atención a esas cosas a menos que alguien los obligue.
Gabriela, acostumbrada a lidiar con seis primos mayores, sabía que la apariencia de Lucian no era falta de higiene, sino falta de tiempo o de alguien que cuidara de él. Ella solo tenía ojos de admiración para su novio, Diego, pero su corazón era lo bastante grande para preocuparse por el chico solitario del 304.
—Siempre he tenido amigos, así que no sé qué se siente estar en tus zapatos o en los de él —admitió, poniéndose de pie y sujetando a Han por los hombros—. Pero dicen que todos necesitamos al menos un amigo que nos haga sonreír en los días grises. Ojalá podamos ser eso para Lucian. ¿Por qué no lo intentamos?
—¿Intentar qué? —preguntó Han, confundido por el repentino entusiasmo de su amiga.
—Acercarnos a él. Ya tenía planeado hacerlo de nuevo este año, pero quizás, si ve que somos tres personas, confíe un poco más. Vamos, Han, no dejes que se escape.

Al terminar las clases, el sol de la tarde bañaba los pasillos ahora más tranquilos. Gabriela, Diego y Han se reunieron cerca de la salida, pero la mente de Han seguía anclada en el salón 304.
—Tenemos que ir con cuidado —advirtió Gabriela, bajando el tono de voz como si estuvieran planeando un asalto—. Lucian es como una mariposa: si lo persigues o intentas atraparlo a la fuerza, simplemente huirá. Tenemos que hacer que él quiera posarse cerca de nosotros. Hay que ganarnos su confianza, poco a poco.
Han asintió, asombrado por la analogía. Él se sentía igual; toda su vida se había sentido como alguien que necesitaba huir para protegerse.
—Es más difícil de lo que creen —intervino Diego, cruzándose de brazos con expresión seria—. Ese chico no tiene tiempo para charlas de pasillo. Lucian trabaja.
Han se giró hacia él de inmediato, sintiendo una curiosidad punzante.
—¿Trabaja? —preguntó—. Pero... ¿en dónde? ¿A qué hora?
Diego se encogió de hombros, mirando hacia la calle por donde Lucian solía desaparecer cada día apenas sonaba el timbre.
—No lo sé con exactitud —respondió Diego—. Lo único que sé es que entra a un turno antes de venir a la escuela, de madrugada, y en cuanto sale de aquí, corre a otro turno nocturno. Por eso siempre se ve tan agotado en clase. No es que no quiera amigos, es que probablemente no tiene energía ni para recordar su propio nombre.
Han guardó silencio, procesando la información. Se sintió pequeño al pensar en su propia vida: en sus choferes, en su ropa impecable y en cómo su mayor problema era el silencio, mientras que el problema de Lucian era la supervivencia pura.
—Entonces no podemos simplemente invitarlo a salir —murmuró Han, con el corazón apretado—. Tenemos que ser útiles para él, o al menos, no ser una carga.
Gabriela sonrió, poniendo una mano en el hombro de Han.
—Exacto. Por ahora, solo vamos a existir en su radar. Que se acostumbre a ver nuestras caras sin que le pidamos nada. Paso a paso, Han. Mañana empezamos.




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