El martes por la mañana, Han entró a la escuela sintiendo que el aire tenía un sabor distinto. Había pasado la noche convenciéndose de que su agitación era solo "entusiasmo acumulado". Claro, pensaba mientras cruzaba el patio, es la emoción de haber logrado hablar con él. Con Gabriela y Diego fue fácil, pero Lucian es un reto. Por eso mi corazón reacciona así, es solo la novedad. Sin embargo, sus ojos lo traicionaron buscando de inmediato la cabellera castaña entre la multitud.
Pero en cuanto localizó a Lucian cerca de los salones, el calor en el pecho de Han se enfrió de golpe.
Lucian no era el chico que ayer se había sonrojado con un chiste de gallos. Hoy, sus hombros estaban rígidos, sus ojos evitaban cualquier contacto y su rostro parecía tallado en piedra fría. Había vuelto a levantar sus muros, más altos y gruesos que antes.
Durante el descanso, Gabriela se despidió de Han con un gesto rápido.
—Voy a buscar al jefe de grupo de Diego para pedirle las tareas y llevárselas al rato —dijo ella antes de alejarse a toda prisa—. ¡No te metas en líos, Han!
Han aprovechó la oportunidad. Divisó a Lucian alejándose hacia la zona más apartada de las jardineras, un rincón donde la sombra de los árboles ocultaba la pintura descascarada de las paredes. Caminó hacia él, con las manos sudorosas escondidas en los bolsillos.
—¡Hola, Lucian! —saludó Han, tratando de sonar casual, aunque el pulso le zumbaba en los audífonos.
Lucian no se giró de inmediato. Terminó de guardar un libro en su mochila vieja y, tras un largo suspiro, se enfrentó a él. No había rastro de la risa de ayer.
—¿Otra vez tú? —La voz de Lucian sonó gélida, casi cortante.
—Solo quería... bueno, saber si hoy también necesitas que alguien te siga en el recorrido —bromeó Han, intentando recuperar la chispa del día anterior.
Pero Lucian no sonrió. Dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Han lo suficiente para que el aroma a café y humedad lo embriagara de nuevo, pero esta vez con una nota de advertencia.
—Escúchame bien, Liu Han —dijo Lucian, pronunciando su nombre con una lentitud que hizo que a Han se le erizara la piel—. Ayer fue un error. No sé qué estás buscando, pero te doy un consejo: aléjate de mí.
Han parpadeó, desconcertado.
—¿De qué hablas? Solo somos... bueno, estamos hablando.
—No —interrumpió Lucian, apretando las correas de su mochila hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Tú tienes a esa chica, tienes a Diego. No encajas aquí. No conmigo. Así que deja de mirarme por la ventana y deja de sentarte en mi banca. Hazte un favor y quédate con los tuyos.
Lucian se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás, dejando a Han con la palabra en la boca y un dolor punzante en el estómago que no tenía nada que ver con el "entusiasmo" y sí mucho con el rechazo.
Esa noche, el silencio de la casa se sentía más pesado que de costumbre. Han no se encerró a dibujar; en su lugar, bajó al garaje, donde el olor a aceite de motor y metal le daba una extraña sensación de seguridad. Allí encontró a su padre, con las manos manchadas de grasa, revisando el motor del viejo Chevy rojo.
—Papá... —llamó Han en voz baja.
El hombre se enderezó, limpiándose las manos con un trapo viejo y dedicándole a su hijo esa mirada comprensiva que siempre lograba calmarlo.
—Tienes esa cara de quien lleva un peso en los hombros, Han. ¿Pasó algo en la escuela?
Han se sentó en un banco de madera, bajando la vista hacia sus zapatos impecables.
—Hay un chico, Lucian... —comenzó Han, con la voz entrecortada—. Quería ser su amigo, papá. De verdad lo intenté. Pero hoy me dijo que me alejara, que yo no encajo en su mundo. Me habló como si me odiara.
Su padre dejó el trapo a un lado y se acercó, sentándose frente a él.
—¿Y por qué te importa tanto ese chico?
—Porque no es justo —soltó Han, con una chispa de indignación en los ojos—. He escuchado cómo los demás hablan de él en los pasillos, cómo se ríen de su ropa o de que siempre está cansado. Pero él trabaja, papá. Trabaja antes y después de clases. Mientras los demás pierden el tiempo, él está luchando por sobrevivir. No es justo que lo traten así, y no es justo que él crea que yo soy como los demás.
Su padre suspiró, poniendo una mano pesada y cálida sobre el hombro de su hijo.
—Hijo, escucha bien lo que te voy a decir. Hay personas que han sido golpeadas tantas veces por la vida que aprenden a caminar con los dientes por fuera. No te mordió porque no le gustes, te mordió porque tiene miedo de que te acerques lo suficiente como para ver sus heridas.
Han levantó la mirada, confundido.
—¿Miedo de mí? Pero si yo no le haría nada.
—Él no lo sabe, Han. Para él, tú representas todo lo que él no tiene: estabilidad, una familia que te cuida, un futuro asegurado. A veces, la gente que vive en la oscuridad se ciega cuando alguien intenta traerles un poco de luz. Te dijo que te alejaras para protegerse, porque es más fácil estar solo que arriesgarse a que alguien como tú lo deje de querer cuando las cosas se pongan difíciles.
Han se quedó pensativo. El enojo por el rechazo se transformó en una punzada de compasión.
—Entonces... ¿debo dejarlo en paz?
Su padre sonrió con tristeza.
—Eso depende de cuánta paciencia tengas. Las personas heridas son como los motores viejos: no arrancan a la primera, necesitan tiempo, calor y alguien que no se rinda cuando echen humo. Si de verdad crees que vale la pena, no lo fuerces, pero no te vayas. Demuéstrale que tu amistad no es un capricho.
El miércoles, Han llegó a la escuela con el corazón más tranquilo, pero con una determinación renovada. No buscó a Lucian para hablarle, ni intentó sentarse a su lado en el almuerzo. Respetó el espacio que Lucian le había exigido, pero no se retiró de su vida.
Antes de que comenzara la clase de las diez, aprovechando que el pasillo estaba vacío, Han caminó hacia el salón 304. Sabía exactamente cuál era el pupitre de Lucian por todas las horas que había pasado observándolo desde su ventana. Con manos ágiles, dejó un pequeño trozo de papel doblado justo en la esquina de la mesa de madera maltratada.
No era una carta larga, ni una declaración. Era solo un recordatorio de que el mundo no siempre era un lugar hostil.
"Ayer me dijiste que no encajo en tu mundo, pero tal vez no se trata de encajar, sino de compartir el espacio. No tienes que hablarme si no quieres, pero yo no voy a dejar de estar aquí. Por cierto, el gallo de mi chiste solo quería alguien con quien desayunar. Que tengas un buen día hoy."
Han se retiró rápidamente y se sentó en su lugar habitual frente a la ventana. Minutos después, vio a Lucian entrar al salón. Lo observó con el aliento contenido mientras el chico descubría la nota.
Lucian se quedó inmóvil un segundo. Miró el papel con desconfianza, como si esperara que fuera una burla de algún otro compañero. Sus dedos rozaron el papel y, por un breve instante, miró hacia la ventana del salón de Han. Sus miradas no se cruzaron del todo, pero Han sintió que el aire vibraba.
Lucian no tiró la nota a la basura. En lugar de eso, la arrugó con suavidad y la guardó en el bolsillo de su pantalón antes de sentarse a trabajar.
Ese pequeño gesto fue suficiente para Han. No hubo palabras, pero el muro ya no parecía de piedra sólida; ahora parecía de cristal, y Han estaba dispuesto a esperar hasta que Lucian mismo decidiera abrir la puerta.