Al sonar el timbre de salida, Han no esperó a nadie. Guardó sus cuadernos con una velocidad frenética; su cabeza le gritaba que respetar el espacio de Lucian era lo correcto, pero sus pies ya habían tomado una decisión diferente. Necesitaba saber a dónde iba, entender ese mundo de " cansancio" del que Lucian hablaba.
Justo cuando cruzaba el umbral de la salida principal, una chica de otro grupo se plantó frente a él. Jugueteaba nerviosa con un mechón de su cabello, bloqueándole el paso.
—Hola, Han... —dijo ella con una sonrisa tímida—. Me preguntaba si... bueno, si te gustaría ir al cine conmigo. Van a pasar una película nueva y mi hermano dice que es muy buena. ¿Te gustaría que fuéramos juntos?
Han la miró, pero sus ojos bailaban nerviosos hacia la calle, buscando desesperadamente la silueta de Lucian que se perdía a lo lejos entre la multitud. El aroma a café parecía desvanecerse en el aire de la tarde y el pánico de perderlo lo invadió.
—¡Ah! Sí... sí, otro día, ¿va? —soltó Han sin procesar realmente la invitación.
Antes de que la chica pudiera responder, Han salió corriendo a toda prisa, esquivando estudiantes como si estuviera en una carrera de obstáculos.
La chica regresó con su grupo de amigas, que la esperaban dando saltitos de emoción.
—¿Y bien? ¿Qué te dijo? —preguntaron a coro.
—Dijo que sí —respondió ella con las mejillas encendidas—, solo que hoy tenía mucha prisa. ¡Pero dijo que otro día!
Mientras ellas gritaban de alegría celebrando una cita que Han no tenía intención de cumplir, él ya estaba a dos cuadras de distancia, doblando una esquina oscura, tratando de recuperar el rastro del chico que, sin saberlo, se había convertido en su único destino.
Han llegó a la intersección de la avenida principal, jadeando, con el pecho ardiendo por el esfuerzo. Se detuvo en la esquina donde la calle se abría en cruz, girando sobre sí mismo mientras buscaba desesperadamente una mochila vieja o esa silueta encorvada. Pero Lucian se había esfumado. El mar de gente que salía de las oficinas y los comercios lo había engullido por completo.
—Maldición... —susurró Han, sintiendo una frustración amarga. Había perdido su oportunidad.
En ese momento, su teléfono vibró violentamente en su bolsillo, rompiendo el silencio de su decepción. Al ver el nombre de Dania en la pantalla, sintió un vuelco de ansiedad.
—¿Hola? —contestó, tratando de recuperar el aliento.
—¿Han? ¿Dónde estás? —la voz de su hermana sonaba baja, casi en un susurro urgente—. Dime que ya vienes en camino.
—Sí, ya... ya voy saliendo de la escuela. ¿Por qué? ¿Pasó algo?
—Mamá ya llegó —dijo Dania, y Han pudo imaginarla frotándose las sienes—. Y está de un humor insoportable. Ya empezó a preguntar por tus notas, por tu ropa y por qué no has llegado. Si no quieres que el resto de la semana sea un infierno, vuela a casa.
Han cerró los ojos con fuerza. El mundo lleno de misterio, aroma a café y miradas en el espejo de Lucian se desvaneció, reemplazado por la imagen de su madre, Patricia, y sus expectativas asfixiantes. Ella era el recordatorio constante de que él no era un chico común, sino un "proyecto de perfección" que ella supervisaba con mano de hierro.
—Entendido. Estoy ahí en diez minutos —respondió Han con resignación.
Colgó el teléfono y lanzó una última mirada hacia las calles que se alejaban de su zona de confort. Lucian estaba en algún lugar de esa ciudad, trabajando mientras él volvía a una mansión que se sentía como una jaula.
Se giró y caminó en dirección contraria, guardando el recuerdo de la mirada de Lucian en el lugar más profundo de su mente, el único sitio donde su madre no podía entrar a poner orden.
El autobús avanzaba con lentitud entre el tráfico de la tarde. Han estaba pegado a la ventanilla, procesando la frustración de haber perdido el rastro de Lucian, cuando de repente, el vehículo frenó frente a una pequeña cafetería de fachada sencilla pero acogedora. El letrero, desgastado por el sol, rezaba: "Génesis".
Su corazón dio un vuelco cuando vio una silueta conocida empujar la puerta y entrar. Era él. Lucian.
Han no apartó la vista hasta que el autobús reanudó la marcha. Génesis. Memorizó el nombre como si fuera una coordenada sagrada, un mapa hacia el tesoro que tanto le intrigaba.
Sin embargo, la burbuja estalló al cruzar el umbral de su casa. El aire acondicionado y el aroma a desinfectante caro delataban la presencia de su madre. Patricia, impecable en su traje de cirujana a pesar de las horas de guardia, lo esperaba en el comedor con esa expresión de quien tiene el control absoluto de la vida de los demás.
—Qué bueno que llegas, Han —dijo ella, sin levantarse—. No te acostumbres demasiado a ese sitio. He hablado con un colega del hospital que tiene influencias en la junta del St. Jude. Ya me dio su palabra de que te ayudarán a volver. Necesitas estar con gente de tu nivel, con una educación que no desperdicie tu intelecto en una escuela de segunda.
Dania, que estaba sentada en el sofá revisando unos apuntes, rodó los ojos con una exageración que solo Han pudo notar. Ella conocía ese discurso de memoria; para su madre, las personas eran trofeos o estorbos.
—Estoy bien ahí, mamá —respondió Han, tratando de mantener la voz firme—. Aprendo mucho.
Era una verdad a medias. En realidad, las clases le resultaban aburridas porque casi todo el temario ya lo dominaba de sus años anteriores; el beneficio de repetir grado era que académicamente no tenía que esforzarse. Pero no podía decirle que su verdadero aprendizaje no estaba en los libros de historia, sino en los ojos color aceituna de un chico que olía a café.
Su madre hizo una mueca de incredulidad, dispuesta a contraatacar, pero desde el fondo del pasillo, su padre apareció. El hombre se cruzó de brazos y, mientras Patricia seguía enumerando las ventajas del colegio privado, él le lanzó a Han un guiño cómplice y rápido.
«No te preocupes, yo me encargo de ella», fue el mensaje silencioso de su padre.
Han exhaló un suspiro de alivio. Su padre era su muro de contención, el único que entendía que Han no necesitaba una educación de élite, sino la libertad de descubrir quién era fuera de las expectativas de un apellido.