Hasta El Hueso

5

Han aprovechó que un grupo de hombres ruidosos entraba al local para deslizarse tras ellos, intentando ser invisible. Al cruzar el umbral, el aroma a grano tostado y canela lo envolvió. El lugar era cálido, con mesas de madera pulida y una luz tenue que lo hacía sentir extrañamente seguro. A lo lejos, vio a una joven de la edad de Dania acomodando tazas, pero sus ojos se fijaron de inmediato en la puerta de la cocina.
Entonces apareció él. Lucian ya no vestía la ropa arrugada de la escuela; llevaba un uniforme impecable y se ajustaba con destreza un mandil oscuro a la cintura mientras sostenía una libreta pequeña. Se veía profesional, eficiente y, para Han, dolorosamente guapo.
Han se distrajo admirando cómo Lucian se movía por el lugar, hasta que una sombra se proyectó sobre su mesa.
—¿Qué haces aquí? —La voz de Lucian no era fría, sino cargada de una incredulidad absoluta.
Han dio un respingo, sintiendo que la sangre se le subía a las orejas. El pánico le bloqueó la garganta, así que solo pudo levantar un dedo tembloroso y señalar un letrero que colgaba en la pared.
—¿Qué? —preguntó Lucian, confundido.
—El... el menú del día —logró articular Han, tratando de sonar como un cliente normal.
Lucian entrecerró los ojos, inclinándose un poco hacia él.
—¿Me estás siguiendo, Liu Han? Vete. Ahora.
—No puedo —mintió Han, recuperando un poco de valor—. Tengo que estudiar. Mi padre pasará por mí aquí más tarde y no tengo a dónde ir mientras tanto.
—No digas tonterías, sí que puedes irte...
Lucian no pudo terminar la frase. Una mujer mayor, de mirada chispeante y manos que delataban años de trabajo, apareció detrás de él. Con un gesto lleno de afecto maternal, sujetó a Lucian por los hombros, haciéndolo sobresaltarse.
—¡Vaya, Lucian! —exclamó ella con una sonrisa radiante—. ¿Es un amigo tuyo?
Las respuestas chocaron en el aire al mismo tiempo:
No —soltó Lucian con firmeza.
—respondió Han con una esperanza tímida.
La mujer soltó una carcajada, ignorando por completo la negativa de Lucian.
—¡Trajiste a un amigo, Lucian! Qué alegría, ya era hora de que alguien viniera a visitarte. —Se giró hacia la cocina sin darle tiempo a Lucian de protestar—. ¡Andrés! ¡Prepara dos hamburguesas especiales, ahora mismo!
—Señora, no es lo que cree, él no es... —intentó explicar Lucian, con el rostro empezando a encenderse de frustración y vergüenza.
—Nada de peros —lo interrumpió ella, empujándolo suavemente para que se sentara en la silla frente a Han—. Tómate un respiro y siéntate a comer con tu amigo. Yo me encargo de las mesas un momento.
La mujer se alejó tarareando, anunciando a los demás empleados con entusiasmo: "¡Miren todos, Lucian invitó a un amigo!".
Lucian se quedó sentado, rígido como una piedra, con la libreta apretada en la mano y una expresión que oscilaba entre querer desaparecer y querer ahorcar a Han. Han, por su parte, se mordió el labio, mirando a Lucian con una mezcla de triunfo y terror. Estaban atrapados en la misma mesa, y por primera vez, Lucian no podía salir corriendo.

El reloj de la pared marcaba las dos de la tarde. El sol de mediodía se filtraba por los cristales, iluminando las motas de polvo que bailaban entre los dos. Lucian estaba sentado frente a Han, pero su mente parecía estar en cualquier otro lugar, o quizás, estaba demasiado presente. No soltaba su libreta, como si fuera un escudo.
Antes de que el silencio se volviera asfixiante, una de las meseras —la chica que Han había visto al entrar— se acercó con una bandeja bajo el brazo y una sonrisa cómplice.
—A ver, par de dos —dijo ella con naturalidad—. ¿Qué van a querer beber? Para ti, Lucian, el refresco de piña de siempre, ¿verdad?
Lucian solo asintió con un gruñido casi imperceptible. La chica se giró hacia Han, apoyando una mano en la cadera.
—¿Y tú, amigo de Lucian? ¿Cómo te llamas y qué te traigo?
Han enderezó la espalda, sintiendo que el uniforme de la escuela le pesaba más de lo normal en ese entorno.
—Soy Han —respondió con una sonrisa tímida—. Y... me gustaría lo mismo que él, por favor.
—¿Refresco de piña? Sale una orden doble de burbujas amarillas entonces —anotó ella rápidamente. Antes de irse, se inclinó un poco hacia Lucian y le susurró, aunque lo suficientemente fuerte para que Han pudiera intuir el tono: —Tu amigo es lindo, Lucian. Tienes buen gusto.
—No es mi amigo —masculló Lucian, apretando los dientes.
—Oh, no seas modesto. Ya vuelvo —respondió ella con un guiño antes de desaparecer hacia la barra.
Lucian clavó la vista en la mesa, evitando los ojos de Han. El silencio regresó, pero esta vez estaba cargado de una tensión diferente.
—No tenías que pedir lo mismo que yo —dijo Lucian al fin, sin levantar la cabeza—. No tienes que fingir que te gusta lo que a mí me gusta solo para encajar aquí.
Han apoyó los codos en la mesa, observando las manos de Lucian, que tenían pequeñas cicatrices y marcas de esfuerzo.
—No estoy fingiendo —dijo Han con suavidad—. Nunca he probado el refresco de piña de esa forma. Quería saber por qué es tu favorito.
Lucian levantó la vista de golpe. Sus ojos se encontraron con los de Han y, por un segundo, la irritación en su mirada se ablandó, reemplazada por una confusión profunda. Nadie se había interesado nunca por sus "favoritos", simplemente porque nadie pensaba que alguien como él tuviera tiempo para tener cosas favoritas.
—No es mi favorito —mintió Lucian, aunque su voz ya no sonaba tan dura—. Es solo el más barato del menú.

Cuando las hamburguesas llegaron, Han las miró como si fueran un artefacto extraño. Eran enormes, chorreantes de queso y envueltas en un papel que ya empezaba a transparentarse por la grasa. Con cuidado, Han tomó los cubiertos de plástico, intentando diseccionar el pan sin mancharse los puños de su impecable camisa.
Lucian, que ya le había dado un trago largo a su refresco de piña, se detuvo en seco con el ceño fruncido.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lucian, incrédulo—. ¿En serio vas a comer eso con tenedor?
Han se detuvo, sintiéndose repentinamente torpe.
—Es que... no quiero que se desarme. Y no quiero ensuciar el uniforme.
Lucian soltó una risa corta, la primera risa real que Han escuchaba de él. No era una risa burlona, sino llena de genuina diversión.
—¿No sabes cómo se come una hamburguesa, Liu Han?
—Mi mamá es muy estricta con las comidas —explicó Han, bajando la vista, un poco apenado—. Dice que este tipo de comida es... bueno, ya te imaginas. Una vez mi hermana Dania me llevó a escondidas a comer comida china con un amigo suyo, que yo creo que ya son novios aunque no lo digan, y fue toda una aventura no llegar a casa oliendo a fritura.
Lucian dejó de reír, pero mantuvo una expresión suave. Escuchar que Han también tenía que "esconderse" para hacer cosas normales lo hizo sentir, por un segundo, que no eran tan diferentes.
—Olvida los cubiertos —dijo Lucian, dejando su propia hamburguesa sobre el papel—. Tienes que aplastarla un poco primero, así —le mostró con las palmas de las manos—. Y luego la sostienes con firmeza, sin miedo. Si te manchas, hay servilletas. No se va a acabar el mundo por un poco de mostaza.
Han siguió las instrucciones como si fuera una clase de química avanzada. Dio un bocado y sus ojos se abrieron de par en par.
—Está... está muy buena.
—Mucho mejor que el tofu orgánico de tu casa, ¿no? —bromeó Lucian. Luego, su mirada se volvió curiosa—. Por cierto, ¿qué pasó con tus amigos? Los que siempre están contigo. ¿No estudias con ellos?
—Ah, Gabriela y Diego —Han tragó un poco de refresco, sorprendido por el cosquilleo de la piña con gas—. Tenían planes de ir al cine, una cita de novios. No quería estorbar. Prefiero que tengan su espacio.
Lucian se quedó callado un momento, observando cómo Han disfrutaba de algo tan sencillo.
—Así que preferiste venir a una cafetería vieja a que yo te corriera en lugar de ir al cine —concluyó Lucian en voz baja—. Definitivamente eres raro, Han.
Pero esta vez, cuando Lucian dijo "raro", no sonó como un insulto. Sonó como un cumplido




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