Alejandro
Una fría brisa recorre mi cuerpo mientras la luz del sol empieza a iluminar las calles. Piso el asfalto con firmeza, sin perder el ritmo, concentrado en mi respiración: inhalo y exhalo de forma controlada.
Beep, beep, beep. La alarma de mi celular suena, indicando que el tiempo ha terminado. Me detengo, estiro los músculos y luego reanudo el trote hacia el gimnasio de mi abuelo.
Mañana me enfrentaré a Wilson por el tercer puesto en el ranking nacional. Aunque no parece alguien particularmente fuerte, no puedo permitirme confiarme. Por eso no he dejado de entrenar ni un solo momento.
Llegó a la puerta del gimnasio, listo para continuar. Al entrar, varios integrantes se acercan a saludar, pero respondo apenas con un leve gesto de la mano antes de empezar a buscar a mi abuelo. Lo observo a lo lejos, sentado en uno de los bancos, hablando con Jonathan.
No puedo negar que Jonathan ha sido una constante en mis entrenamientos. Al principio no pensé que duraría mucho, pero su determinación para seguir enfrentándose a mí, a pesar de los golpes, es algo que no puedo pasar por alto. Puede que aún no sea un gran luchador, pero tiene una tenacidad que podría convertirlo en una amenaza. No debo subestimarlo.
Me acerco al banco donde están, sabiendo que el entrenamiento continuará con la misma intensidad. Jonathan alza la vista y me dirige una sonrisa enérgica, algo que siempre me hace preguntarme hasta dónde está dispuesto a llegar. Mi abuelo también me saluda con un gesto, y me preparo para lo que vendrá.
—Pensé que tomarías un descanso de dos semanas, Everhart, pero si ya te recuperaste de tu pelea, sube al ring —digo mientras tomo un par de vendas y empiezo a colocármelas—. Con un sparring de diez rounds bastará. No quiero perjudicar tu recuperación, tampoco desgastarme de más, ya que mi pelea es dentro de dos días.
—Hoy no habrá sparring, hijo —dice mi abuelo, poniéndose de pie y tomando unas manoplas—. El muchacho sigue en descanso, solo me lo dejaron encargado.
Su explicación me desconcierta.
—¿Encargado? —repito, terminando de vendarme.
—Su esposa dijo que no confiaba en dejarlo solo en casa. Parece que entrena aun estando lastimado, y eso puede afectarlo a la larga —aclara, mirándolo de reojo con cierta molestia—. Así que me pidió que lo vigilara. Me tienen de niñero porque el niño no se puede quedar sentado. Además tengo pensado que me pague el día que faltó, haciendo que haga limpieza profunda en todo el gimnasio.
Jonathan se apoya contra la pared, cubriéndose la cara con las manos.
—¿Por qué tenía que decirlo así...? —se avergüenza; se nota en su voz. Suspira profundamente antes de bajar las manos y mirarnos de nuevo—. En fin… Lo lamento, campeón. Tal vez no pueda ayudarte esta semana, pero te juro que descansaré y la próxima volveré con todo —dice sonriendo otra vez, levantando un pulgar.
“Eres realmente extraño, Everhart”, pienso. No importa cuántas veces lo derribe, siempre se vuelve a poner de pie, y eso lo demostró en su pelea.
—Está bien. Entonces pelearemos después —respondo al final, subiendo al ring con mi abuelo.
Entreno la ráfaga: jabs de derecha lanzados con una técnica que aumenta la pegada. Mi abuelo la utilizó para noquear a todos sus rivales, y ahora yo la uso de la misma forma.
Los dos días siguientes pasan volando. Estoy listo para subir a ese cuadrilátero y avanzar hacia el cinturón de Canadá.
2 de abril de 2006…
“Solo necesito ganar esta pelea para posicionarme en el tercer puesto del ranking. Estoy a nada de conseguir el título de Canadá.”
Me coloco el equipo: un short azul marino con líneas negras en los costados, mi apellido Knox en el frente y el logo del gimnasio de mi abuelo. Las botas, negras. Los guantes, negros. Todo listo.
Empiezo a calentar haciendo sombra. Mis puños cortan el aire con precisión. “Estoy listo”. Analicé múltiples peleas de mi rival y solo puedo sacar una conclusión: es un payaso.
Utiliza una guardia baja; es arriesgado, pero su juego de pies lo compensa. Ya me he enfrentado a otros como él. Sé cómo terminan estas historias.
“Es solo un showman más. Lo voy a noquear con estos golpes… golpes que no solo representan al gimnasio, sino a mi abuelo y al estilo que me ha heredado.” Sabia muy bien el resultado de esta pelea, no tardaría mucho.
—Campeón, ya es hora.
Me giro. Jonathan está detrás de mí, con la camisa negra del gimnasio.
—El señor Knox nos está esperando en la salida.
—Claro.
Lo sigo hasta encontrarme con mi abuelo al inicio del pasillo. Se acerca, toma mi cabeza y junta su frente con la mía.
—¿Estás listo, hijo?
Esa pregunta, siempre la misma, desde que empecé en el boxeo.
—Por supuesto.
Nos separamos y comenzamos a caminar.
El pasillo se extiende frente a mí como un camino inevitable hacia la victoria, igual que tantas veces antes. Los gritos de la multitud retumban en las paredes. Antes me impresionaban. Ahora son parte de mi vida diaria.
Editado: 10.05.2026