Hasta el último golpe

Un Nuevo Desafío

Isabelle

Al entrar en casa, una reconfortante calma me envolvió, dándome la bienvenida. Caminé hacia mi habitación, deshaciéndome del uniforme sobre la marcha, y me cambié a algo mucho más cómodo: un pijama y una camisa de Jonathan. Al sentir la suavidad de la tela contra mi piel, dejé atrás la incomodidad del día. Un suspiro de alivio escapó de mis labios mientras mis hombros se relajaban, liberándose de la carga del trabajo.

Con ganas de algo cálido, me dirigí a la cocina para prepararme un té. Mientras llenaba la tetera, me percaté de algo: Jonathan no estaba en casa. A esa hora, ya debería haber llegado.

—Tal vez tuvo mucho trabajo —pensé, terminando de preparar el té.

Tomé la taza y volví a la sala para ver una película mientras lo esperaba. Elegí cualquiera solo para pasar el tiempo, pero, con cada minuto que pasaba, el cielo se oscurecía y Jonathan no aparecía. Era extraño; no solía llegar tan tarde.

Cuando la película terminó, decidí tomar una ducha. Mojé mi cabello y comencé a enjabonarme, disfrutando del calor del agua. El cansancio empezó a desvanecerse mientras mi cuerpo se relajaba poco a poco.

Al salir, me envolví en una toalla. Justo cuando iba hacia la habitación, escuché la puerta abrirse. Una mezcla de alivio y felicidad me llenó el pecho

Corrí a la sala.

—¡Jonathan! —grité, antes de abrazarlo.

Pensé que respondería igual, pero me tomó de los hombros y me apartó con cuidado.

—¿Qué pasa? —pregunté, con una punzada de tristeza. Sentí que las lágrimas amenazaban con salir, pero él habló antes.

—Estoy lleno de sudor, no quiero ensuciarte, y menos ahora que acabas de ducharte.

Sonaba cansado, y su sonrisa apagada lo confirmaba.

Me tranquilicé al escucharlo.

—También podrías darte una ducha —dije, sonriendo, antes de ir a la habitación a cambiarme.

Mientras lo hacía, oí cómo entraba al baño y el agua comenzaba a correr. Terminé de vestirme con la misma ropa; no estaba sucia, o eso creía.

Fui a la cocina y empecé a preparar la cena: huevos revueltos y pan tostado. Puse los platos en la mesa y esperé a que Jonathan saliera de la ducha. Cuando lo hizo, pasó a la habitación y regresó ya cambiado.

—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó, sentándose a comer.

—Pesado. Tuvimos muchos clientes, pero creo que lo hice bien. El señor Dimitri no me llamó la atención, no más de lo normal —respondí, empezando a comer.

Desde que recuperé la calma, como en la universidad, no he cometido errores; sólo pequeñas equivocaciones sin importancia.

Jonathan rió por lo bajo.

—Parece que ese señor es muy similar al señor Knox.

Su comparación me hizo reír; era cierto. Ambos eran unos gruñones.

—Tienes razón. Pero, cambiando de tema, ¿cómo te fue a ti?

Lo escuché suspirar antes de responder.

—Ya tengo fecha para mi siguiente pelea.

El solo pensarlo me encogió el pecho. Mi sonrisa se desvaneció.

—¿Cuándo? —pregunté, bajando la mirada mientras jugaba con la comida.

—El veintiocho de mayo. Será la pelea de apertura antes de la del campeón —dijo, con una sonrisa llena de esperanza.

Esa sonrisa siempre me hace preguntarme: ¿por qué sonríe, sabiendo que solo subirá para ser golpeado?

Intenté ocultar mi preocupación.

—¿Estás emocionado por volver a pelear? —pregunté, con un tono apenas teñido de tristeza.

—Creo que, emocionado, se queda corto para lo que siento —dijo, mirándome a los ojos.

Había un brillo en ellos, uno que había notado desde que nos conocimos. Cada vez que lo veía, sentía que todo iba a mejorar. Mis preocupaciones y miedos se desvanecían al perderme en su mirada.

No desaparecieron por completo, pero al menos pude dejarlos de lado por un momento.

Terminamos de cenar mientras le contaba cómo había sido mi día. Él escuchaba con atención, como si le relatara un cuento.

A la mañana siguiente, desperté y me preparé para ir al trabajo. Jonathan ya no estaba, pero había dejado el desayuno listo.

Al llegar al restaurante, noté un pequeño grupo de periodistas reunidos afuera, rodeando un auto elegante.

Me estacioné y, al acercarme, vi a un hombre de traje bajar del vehículo, acompañado de una mujer con un hermoso vestido rojo. Parecían importantes, así que me apresuré a entrar a la cocina.

El señor Dimitri y Jackson ya estaban trabajando, rodeados de ingredientes de la más alta calidad. Me acerqué.

—¿Qué hago, chef?

El señor Dimitri señaló un montón de vegetales sin apartar la vista de lo que hacía.

—Empieza a cortar eso, rápido.

Su tono era más serio de lo habitual.

Tomé un cuchillo y empecé a trabajar. La presión sobre mis hombros era algo a lo que ya estaba acostumbrada, pero saber que se trataba de clientes importantes la hacía mucho más pesada.



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En el texto hay: boxeo, accion, romace

Editado: 01.06.2026

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