Isabelle
Mientras trabajaba, escuché a alguien entrar disculpándose de forma extraña.
—Scusa per il ritardo, mi alarma no ha suonato.
Era una chica de cabello negro recogido en una coleta alta, con dos mechones sueltos cayendo sobre su frente. Llevaba gafas que resaltaban sus ojos grandes y brillantes, llenos de curiosidad y nerviosismo. Su expresión, inocente y un poco tímida, me recordó a la de un niño que llega por primera vez a un lugar nuevo, observándolo todo con asombro y cautela.
La miré de reojo, algo confundida, sin apartar la atención de mi trabajo. La pregunta escapó de mis labios casi sin pensarlo:
—¿Quién es ella?
—Una mesera nueva —respondió Jackson de repente, lanzándole una mirada furtiva que apenas alcancé a notar—. La contrataron hace unos días.
Me desconcertó que Jackson respondiera, pero lo agradecí.
—Ya veo.
Seguí trabajando y, de vez en cuando, la observaba entrar por más órdenes, siempre tambaleándose y peleando con las puertas de la cocina cada vez que intentaba pasar.
En un momento, noté que tenía problemas para equilibrar las bandejas mientras llevaba los pedidos a las mesas. No pude evitar sentirme identificada, recordando mis propios tropiezos cuando empecé.
Entonces, uno de los vasos sucios cayó de la bandeja cuando intentaba entrar a la cocina.
—¡Maledizione! —gritó, apartando los fragmentos de vidrio con el pie, claramente asustada.
Sentí un impulso inmediato de ayudarla. Dejé lo que estaba haciendo y me acerqué.
—¿Necesitas una mano? —pregunté con una sonrisa amable mientras me agachaba a recoger los pedazos.
Su rostro mostró sorpresa y alivio.
—Oh, grazie —respondió—. Parece che oggi non sia il mio día.
No entendí del todo.
—Disculpa, no entiendo —dije, terminando de recoger el vidrio.
—Mi scusi… no parlo muy bene l’inglese —explicó, apartándose para dejar los trastes sucios.
Me quedé pensando un momento y logré entenderla.
—No hablas muy bien inglés, ¿verdad? —me acerqué un poco—. Pero parece que sí lo entiendes.
Asintió y levantó los pulgares.
—Corretto.
No pude evitar reír un poco por su forma de expresarse.
—Ya veo. Si quieres, puedo enseñarte —ofrecí.
—Oh, chiaro —respondió, extendiendo la mano—. Olvidé presentarme… un piacere, sono Luna.
Estreché su mano.
—Un gusto, Luna. Yo soy Isabelle.
Luna estaba a punto de decir algo más cuando el señor Dimitri nos llamó la atención.
—¡Hey, ustedes! Dejen de perder el tiempo y sigan trabajando.
Sin pensarlo, volvimos a nuestras tareas.
—Podrán hablar en su descanso, pero mientras estén trabajando, no van a hablar —añadió, regresando a su puesto con evidente irritación.
Mientras trabajaba, noté que Luna seguía un poco perdida. No dejaba de pensar en cómo ayudarla. Sabía algo de italiano gracias a un profesor de la universidad, así que tal vez no sería tan difícil comunicarnos. Quizá podría enseñarle inglés sin tantos problemas.
Finalmente, cuando llegó nuestro descanso, me acerqué a ella. Estaba sentada en el escalón de la puerta trasera del restaurante, con los codos sobre las rodillas y la mirada perdida en la pared.
—¿Estás bien? —pregunté con suavidad—. Parecías un poco confundida.
Luna asintió con una expresión agradecida.
—Sì… trabajar en un lugar nuovo crea confusione. Capisci lo que intendo decir.
Comprendí lo que quería expresar, y también cómo se sentía. No es fácil adaptarse a un lugar nuevo.
—Lo entiendo. Todos hemos estado ahí… o al menos la mayoría —respondí, con una sonrisa de apoyo—. Pero, si necesitas algo, estoy aquí para ayudarte.
Luna pareció pensar en algo. Sacó su celular y escribió durante unos segundos antes de mostrármelo.
El mensaje decía: “De hecho, hay algo en lo que podrías ayudarme. Estoy buscando un lugar para quedarme que esté más cerca del trabajo. El hotel en el que estoy está muy lejos y el viaje es agotador. ¿Conoces algún lugar cerca de aquí?”
Estaba escrito en italiano y traducido al inglés debajo.
Una idea empezó a tomar forma en mi mente. Uno de los cuartos en casa estaba lleno de cosas inútiles; solo hacía falta vaciarlo y limpiarlo. Seguro Jonathan estará de acuerdo.
Sonreí, un poco emocionada. Sería como los roomies en la universidad.
—Tengo una idea. ¿Qué tal si te quedas en mi casa por un tiempo? No está tan cerca, pero tengo auto, así que puedo traerte. Solo tendrías que preocuparte por tus gastos personales.
Luna abrió los ojos, sorprendida.
—Oh… veramente? No quiero essere un fastidio.
Editado: 01.06.2026