Hasta el último golpe

Al Nivel

Jonathan

¡Lo puedo hacer, lo puedo hacer!”. Me acerco al campeón con un desplazamiento frontal y entro en la distancia corta. Puedo sentir cómo planto los pies en el suelo y giro la cadera con fuerza. Todo está pasando tan lento. Mi puño se acerca rápidamente a sus costillas, pero siento cómo mi rostro es golpeado antes de lograrlo.

Subo la guardia y tomo distancia, otra vez. Mi respiración está agitada; llevo intentando conectar una combinación efectiva desde hace más de una hora y no lo consigo.

¿Qué fue ahora?”. Miro al campeón y analizo lo que acaba de pasar. “Ya, fue otra vez un jab de izquierda. Tengo que ser aún más rápido y cerrar más la guardia”.

—¡¿Qué te pasa, muchacho?! ¡Ataca! —escucho al señor Knox gritar furioso desde la esquina.

—¡Sí! —respondo, subiendo la guardia.

Me acerco de nuevo e intentó el mismo golpe, pero cierro aún más la guardia, apoyó el codo en mis costillas e intentó cubrir lo más posible de mi cara con el guante. “¡No es más que lo mismo!”. Siento cómo, otra vez, me detienen.

¿Estoy cayendo?”. Miro cómo el techo se aleja. “”.

Siento cómo mi espalda choca contra el suelo. “¿Qué estoy haciendo mal?”.

—Ya es suficiente, Alejandro. Ve y entrena con el costal; mañana continuarán con los sparrings —ordenó el señor Knox.

Solo levanto un poco la cabeza y veo cómo el campeón baja del ring y se aleja. Dejó caer la cabeza de nuevo y me concentro en recuperar el aliento.

—No te frustres, muchacho —me dice, arrojándome una toalla—. Aquí no solo peleas: aprendes a resistir, a levantarte, a desafiar tus límites. Es fácil compararte con mi nieto y sentirte pequeño, pero cada round que sobrevives te acerca un paso más a la gloria. Cuando te enfrentes a alguien de tu nivel, lo verás.

Sus palabras me reconfortan. Es raro recibir este tipo de motivación de su parte, pero tiene razón. Cada golpe que aguanto me hace más fuerte.

–Ahora ve y dúchate, apestas.

–Claro.

Tomo mis cosas y entro a la ducha. Puedo sentir cómo mi cuerpo se relaja. “Lo estoy haciendo bien”. Repaso esas palabras en mi cabeza una y otra vez, con una mezcla de emoción y terror. Si eso es cierto, solo podré confirmarlo en mi pelea.

Salgo de la ducha y sigo con mi rutina. Entreno un poco con el costal, hago sombra y, al final del día, limpio todo el lugar antes de irme a casa.

Al llegar, me dirijo directamente a mi habitación y me derrumbo en la cama. Estoy exhausto; no quiero hacer nada más que dormir.

Mis párpados se iluminan, avisando que el sol ya ha salido. Al abrir los ojos, veo a Isabelle aún dormida. Ni siquiera la saludé cuando llegué.

Beso su frente antes de levantarme e ir a la cocina. Me siento mal por no haberla saludado, y recordar las palabras de Jackson solo empeora las cosas. “Le haré algo rico de desayunar como disculpa”, pienso, pero esa idea desaparece al instante al ver a Luna.

Está sirviendo unas tazas de café acompañadas de hotcakes.

Cuando termina de servir una de las tazas, vuelve la mirada hacia mí.

—Buongiorno, Jonathan e Isabelle —dice con una sonrisa—. Ho preparato la colazione.

¿Isabelle?”. Confundido, me doy vuelta y veo cómo Isabelle toma asiento mientras bosteza. Se despertó casi al mismo tiempo que yo, pero no lo noté.

—Buen día, gracias por la comida. —Su voz somnolienta hace juego con su cabello desarreglado. Me mira con ojos cansados y me dedica una pequeña sonrisa—. Y buen día para ti también, cariño. Ven, siéntate a desayunar —dice, dando unas palmadas a una de las sillas.

—Claro —respondo con un suspiro, lleno de culpa.

Luna tomó asiento con nosotros y empezamos a desayunar todos juntos. Desde el primer bocado noté un sabor extraño: los hotcakes estaban un poco crudos. Mientras comíamos, solo hablamos de cosas sin importancia, como siempre. Pensé que Isabelle me diría algo por lo de ayer, pero no lo hizo. Decidí no mencionarlo a menos que ella preguntara.

Cuando terminé, me cambié de ropa y tomé mis cosas antes de despedirme de Isabelle con un beso en la mejilla.

En el gimnasio, el señor Knox me dio una serie de ejercicios como siempre, pero con una intensidad distinta: los tiempos y las repeticiones habían aumentado, obligándome a esforzarme más. El día fue productivo, hasta que llegó la hora del sparring.

Subí al ring junto al campeón. Aun después de tanto tiempo, sigo viéndolo como un muro imposible de superar; es como estar frente a un verdadero monstruo.

—¡Comiencen! —gritó el señor Knox, haciendo sonar la campana.

En ese momento, recorté distancia para entrar en terreno medio. Estaba listo. “Concéntrate en una combinación sencilla. Uno, dos, uno, dos”.

Apreté los puños y empecé a lanzar jabs y cruzados para hacerlo retroceder y acorralarlo. Pero, aunque lograba empujarlo, no era suficiente: se deslizaba lateralmente, obligándome a girar, a seguirlo. Su rostro no mostraba nada más que concentración absoluta. Ninguno de mis golpes lograba tocarlo.



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En el texto hay: boxeo, accion, romace

Editado: 01.06.2026

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