Matthew
No puedo evitarlo. Las palabras de mi padre resuenan en mi mente como un eco interminable, susurros que se transforman en gritos cada vez que me encuentro en el gimnasio. “Nunca eres lo suficientemente bueno.” “Siempre tienes que ser el mejor.”
Cada recuerdo de su desprecio se refleja en mis golpes. Mis guantes chocan bruscamente contra el costal. “¿Crees que alguien te tomará en serio si sigues así?” Las cadenas rechinan con cada impacto, resonando en el gimnasio. “No estás a la altura. ¡Eres una decepción!.” Uno de mis ganchos se hundió en el costal deformándolo por unos momentos. “¡Eres una decepción!.” El sudor resbala por mi frente, cegándome por un segundo, mientras mi respiración se vuelve más entrecortada, cada vez más desesperada. “¡Eres una decepción!.” La sangre me empezó a hervir tal como mis ojos. Mis puños arden, pero ignoro el dolor. Solo quiero golpear más fuerte. “¡Eres una decepción!.” Cada golpe que lanzaba era más fuerte, causando que mis nudillos ardieran. El costal se balancea violentamente, pero no puedo parar. No quiero parar. “¡Eres una decepción!.”
"Bip-bip-bip." Ese sonido retumba en el interior de mi cabeza. "Bip-bip-bip." Gadeo molesto, antes de respirar profundamente y dar un último golpe al costal. Tomo mi celular y apago la alarma.
Salgo del gimnasio y me encuentro con las calles de Toronto, calles que no conozco. Me dejo llevar por el ritmo de mis pasos, sintiendo cómo el cansancio en mis músculos comienza a mezclarse con la sensación de soledad que me envuelve en esta ciudad ajena a mi. Si en Montreal me sentía solo, aquí me siento completamente abandonado.
Mientras camino, mis pensamientos divagan, arrastrándome a recuerdos que desearía olvidar, pero que siguen ahí, acechando.
Hay un día en particular de mi infancia que vuelve una y otra vez. Un día nublado, con un cielo tan gris que deprimía de solo verlo. Mi padre me había sentado frente a una mesa llena de libros y papeles; aún recuerdo su mirada fría, cargada de desdén.
—Estos exámenes no son opcionales, Matthew —me dijo con una severidad que me hacía temblar—. Quiero que saques las mejores notas. Si en verdad quieres ser como yo, tienes que hacerlo.
Y eso era cierto hasta cierto punto. Yo deseaba ser como él: diseñar atuendos, crear ropa elegante de la mejor calidad. Pero nunca fue suficiente.
Tenía apenas diez años, y aun así sabía que no podía defraudarlo. Mientras mis compañeros jugaban en el patio, yo permanecía encerrado en mi habitación, rodeado de libros que parecían volverse más pesados con cada día. La presión era constante, y sus palabras resonaban en mi mente como un eco:
“Siempre tienes que ser el mejor. No hay lugar para la mediocridad.”
Pasaba horas estudiando, exigiéndome cada vez más para enorgullecerlo, y cada vez que no alcanzaba un resultado perfecto, sentía el peso de su decepción aplastándome.
Los años pasaron. La secundaria no fue diferente; incluso con notas perfectas, él siempre exigía más. Las críticas se convirtieron en mi única compañía, y el miedo al fracaso en mi motor.
Incluso él es la razón por la que empecé en el boxeo.
Cuando entré a la universidad, me dijo:
“Tienes que hacer algo más que estudiar. Un buen estudiante no puede ser solo un ratón de biblioteca. El deporte te hará más fuerte, forjará carácter. Así que inscríbete en algo, lo que sea.”
Por esa razón, esa maldita razón, estoy aquí.
El boxeo nunca me llamó la atención, pero cuando empecé a entrenar encontré una forma de soltar todo ese odio y frustración acumulados. Desde el primer golpe, la presión en mis hombros se disipó, aunque fuera por un instante. Y aun así, sigo aquí, entrenando y peleando por sus órdenes, por sus conveniencias.
Por él.
A quien puedo decir que odio.
Mientras continúo caminando, algo llama mi atención: una figura que me resulta familiar. Es mi próximo oponente, Jonathan Everhart. Está frente a una tienda, observando los objetos en la vitrina.
Me acerco. De pronto, él levanta la mirada y parece reconocerme, esbozando una sonrisa abierta.
—¿Cómo te va, Matthew? —pregunta con un tono amable, saludando con la mano.
Me detengo a un metro de él, observando cómo examina lo que parecen ser collares de plata.
—Supongo que bien —respondo, soltando un suspiro.
El silencio se vuelve incómodo, así que intentó romperlo:
—¿Qué estás buscando?
—Un obsequio —dice, llevándose una mano al cuello—. Estoy entre estos dos, pero no me decido.
Señala dos collares casi idénticos, ambos con una mariposa.
Los observé unos segundos antes de señalar uno.
—Te sugiero este.
—¿Por qué? —pregunta, acercándose un poco más.
—Por la calidad —respondo casi de inmediato—. Cuestan casi lo mismo, pero esa marca es mucho mejor.
Editado: 01.06.2026