Hasta el último golpe

Voluntad

onathan

28 de mayo de 2006…

Mi corazón está acelerado, y cada golpe que lanzo contra las manoplas del campeón aviva mi ansiedad. En el vestidor, los asistentes se mueven de un lado a otro, preparándose según las indicaciones del señor Knox.

El campeón bajó las manoplas y miró hacia otro lado.

—Tu esposa está aquí —dijo antes de alejarse hacia el señor Knox.

Justo en ese momento, Isabelle apareció. Se acercó a mí rápidamente y me abrazó. En cuanto sus brazos me rodearon, sentí cómo toda la tensión abandonaba mi cuerpo en un suspiro profundo.

—Necesitaba esto —dije, aferrándome a ella como si fuera mi refugio.

—Yo también —susurró Isabelle, apoyando la cabeza en mi pecho—. No sabes cuánto.

—Estaré bien —le aseguré, aunque sabía que esas palabras no borrarían el miedo de su rostro.

—Ten cuidado, cariño —murmuró. Luego acercó sus labios a los míos y me besó con una mezcla de urgencia y preocupación antes de soltarme. En ese beso sentí todo lo que no se atrevía a decir.

Noté cómo temblaba, nerviosa, asustada. Acaricié su mejilla con suavidad, intentando infundirle confianza con una sonrisa.

—Tendré cuidado, lo prometo. No te preocupes, ¿sí?

Isabelle me miró a los ojos y asintió despacio.

—No puedo evitar preocuparme —respondió. Su voz quebrada delataba lo que intentaba ocultar tras una sonrisa frágil—. Te conozco, Jonathan… pero sigo sin entender por qué subes ahí para que te golpeen. Sé que es tu sueño, pero no puedo comprenderlo.

Sus palabras me golpearon el alma, pero no podía permitirme mostrar dudas en ese momento. Acaricié su cabello y me incliné para besar su frente.

—Hago esto por nosotros. Por ti. Voy a volver a casa sano y salvo, te lo prometo.

Isabelle intentó sonreír, aunque sus ojos reflejaban una mezcla de preocupación y tristeza que no podía ocultar. Sus labios temblaron levemente, como si quisiera decir algo más, pero solo murmuró:

—Sí… sé que lo harás.

Antes de irse del vestidor, me dio un último beso, más largo que el anterior, como si quisiera aferrarse a ese instante.

La tensión desapareció gracias a Isabelle; sentía el cuerpo más ligero. Tendré cuidado, repetí en mi cabeza, mirando el bordado en el elástico de mi short.

Unos minutos después, alguien entró y habló con el señor Knox. Era la señal: estaba a punto de comenzar mi pelea.

—Tomen sus cosas y vámonos —ordenó el campeón, siguiendo al señor Knox.

Los asistentes y yo lo seguimos hasta el pasillo. Era el mismo de hace dos meses. El mismo escalofrío recorrió mi cuerpo; mi corazón latía con fuerza y no podía contener la emoción.

Casi al instante en que nos detuvimos, el presentador comenzó:

—Señoras y señores, sean todos bienvenidos a esta pelea de apertura. Estos jóvenes guerreros se enfrentarán en esta arena a ocho rounds.

Estoy listo para esto”. Salté un poco, calentando los músculos de mis piernas mientras esperaba a que me llamaran. “Lo verás cuando pelees con alguien a tu nivel”. Esas habían sido las palabras del señor Knox, y no podía esperar para comprobarlo.

—En la esquina roja, con un peso de ochenta y dos kilogramos, cuatro victorias, cero derrotas y tres nocauts, desde Montreal, representando a la sastrería Preston y la academia de boxeo número tres… ¡Matthew Preston!

La multitud enloqueció, tal como lo había hecho con Dylan. Debía ser increíble tener tantos fanáticos.

Espero que el señor Knox tenga razón”. La emoción me consumía; aunque tenía miedo, quería subir al ring en ese mismo instante.

—Y en la esquina azul, con un peso de ochenta y un kilogramos, una victoria, cero derrotas y un nocaut, representando a Knox Boxing Gym… ¡El novato, Jonathan Everhart!

En ese momento, salí del pasillo junto a los asistentes rumbo al ring. Escuché cómo la multitud empezaba a emocionarse, mucho más que la primera vez.

¿Están gritando por mí?” Sonreí al oírlos. “¿Están emocionados porque yo estoy aquí?” Escucharlos me llenó de felicidad.

Subí al cuadrilátero y miré a mi alrededor. Vi a Isabelle y, a su lado, a Luna, sentadas juntas y agitando las manos para que pudiera distinguirlas. Levanté un puño y lo agité en el aire, saludándolas. Pero casi al instante noté a alguien más: Jackson, sentado unas filas más arriba.

Su mirada estaba fija en mí, con esa extraña sonrisa que no terminaba de comprender. Suspiré. “No falta mucho para que peleemos, Jackson.

Me senté en el banquillo y el señor Knox empezó a darme indicaciones.

—Escúchame, muchacho. Él siempre pelea a media distancia, así que busca acorralarlo —dijo, colocándome el protector bucal antes de bajar del ring junto con los asistentes—. Buena suerte.

Me puse de pie y miré a Matthew. Llevaba guantes celestes, al igual que su short, con una línea vertical blanca en cada costado. Su apellido estaba estampado en el elástico, y sus botas eran completamente blancas.



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En el texto hay: boxeo, accion, romace

Editado: 22.06.2026

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