Alejandro
28 de mayo de 2006…
Puedo sentir cómo mi corazón late con fuerza. Con cada golpe al aire, noto un peso en mis hombros.
“¿Qué pasa conmigo?”, me pregunté, un tanto molesto. Estaba sudando sin razón. Nunca había sentido algo así.
—Vamos, hijo, ya es hora —dijo mi abuelo entrando en el vestidor.
Asentí mientras fruncía el ceño. Despejé mi mente, dejando atrás ese extraño sentimiento. Tengo que estar concentrado. No es un rival como los demás… este hombre está a mi nivel.
Al llegar al pasillo, mi abuelo se acercó a mí y tomó mi cabeza, juntando nuestras frentes.
—¿Estás listo, hijo?
—Por supuesto —respondí, seguro de mis palabras.
Había entrenado tanto tiempo para enfrentarme a los mejores y, después de mucho, por fin lo haré.
Con cada paso hacia el final del pasillo, ese extraño sentimiento volvía. No entiendo qué está pasando. Las luces me ciegan y los gritos del público retumban en mi cabeza.
“Esto no es normal”.
—¿Qué pasa, hijo? Te ves inquieto —dijo, acercándose a mí.
Tal parece que mi abuelo notó mi confusión.
—Nada, solo quiero que esto comience —respondí, estirándome un poco.
Mi abuelo me dio una palmada en la espalda. Nos quedamos en silencio, esperando a que el réferi comenzara la presentación.
—Señoras y señores, sean todos bienvenidos a este coliseo. Esta noche, dos monstruos se enfrentan a diez rounds para subir a la cima y pelear con el actual campeón nacional, Liroy Ross.
Con cada palabra, mi corazón latía con más fuerza. No podía entender qué estaba pasando conmigo.
—En la esquina roja, pesando ochenta y seis kilogramos, con veintiuna victorias, cero derrotas y veintiún nocauts, tercer lugar en el ranking nacional… el heredero de la bestia canadiense… ¡Alejandro “La Fiera” Knox!
Los gritos llenaron el lugar. Caminé lentamente hacia el ring con una canción de fondo para mi entrada, pero no podía escucharla: solo era estática. Cada paso enviaba un escalofrío por mi espalda.
Al subir, solo podía mirar hacia la otra esquina, esperando a que él llegara.
—En la esquina azul, pesando ochenta y ocho kilogramos, con treinta victorias, cero derrotas, un empate y veintinueve nocauts, ocupando el segundo puesto en el ranking… el terror británico… ¡Cassius “El Misil” Thornton!
En ese momento, el tiempo se detuvo. Todo a mi alrededor se nubló. Mis manos empezaron a temblar y un sudor frío se deslizó por mi frente.
Thornton subió al cuadrilátero. En los videos de sus peleas se veía imponente, pero en persona era algo completamente superior. Su mirada, llena de determinación y seriedad, parecía inquebrantable.
El réferi nos indicó que nos acercáramos. Con cada paso, la extraña sensación en mi pecho aumentaba.
—Recuerden: quiero una pelea limpia y justa, sin golpes bajos. ¿Entendido?
Mientras respondía a sus indicaciones, esa maldita sensación seguía creciendo.
“¿Qué diablos te pasa, Alejandro?”. Cerré los puños con fuerza. “Mantén la calma”.
El réferi nos indicó volver a nuestras esquinas, pero antes chocamos los guantes.
Me recargué en las cuerdas. Sentí cómo alguien me tocaba la espalda. Era mi abuelo, con una expresión que mezclaba preocupación y seriedad.
—¿Qué pasa contigo, hijo?
—Nada, no pasa nada. Dame el protector y que el equipo baje —pedí sin dejar de mirar a Thornton.
Su rostro reflejaba pura determinación. No podía detectar nada más.
Mi abuelo me colocó el protector y le indicó al equipo que bajara. Antes de hacerlo, me dio una palmada en la espalda.
—Suerte, hijo.
El sonido de la campana resonó en mi cabeza, seguido de un escalofrío que recorrió toda mi espalda.
Round 1…
Me acerco al centro con la guardia arriba. Mi respiración ya está agitada, aun cuando apenas estamos empezando. Thornton me imita. Nos detenemos a un metro de distancia.
“Espera a que él comience, no te precipites”, me repito mientras empiezo a desplazarme hacia mi derecha, trazando un círculo imaginario. Pero mis pies se sienten pesados. “Vamos, Thornton… ataca ya”.
Necesito que haga el primer movimiento. No puedo arriesgarme a avanzar sin antes analizarlo.
Thornton lanza un jab que choca contra mi guardia, pero algo no está bien. El impacto atraviesa mi defensa. Mis propios puños rebotan contra mi cara.
“¿Qué acaba de pasar? Solo fue un jab…”. No tiene sentido. No debería sentirse así.
Tomo distancia y continúo rodeándolo. La sensación regresa: esa opresión en el pecho, el nudo en el estómago.
Thornton no me persigue. Me estudia, como si fuera un depredador esperando el momento de atacar.
Editado: 22.06.2026