Alejandro
Una sensación helada recorre lentamente mi cuerpo, acompañada de un agudo pitido y murmullos lejanos, apenas audibles. “¿Dónde estoy?”. Intento abrir los ojos, pero siento como si mis párpados estuvieran pegados entre sí. Los fuerzo una vez más, logró entreabrirlos y enseguida una luz blanca vuelve a cegarme. Los cierro de golpe por la molestia. Respiro profundo y una presión brutal me aplasta el pecho, como si me comprimieran las costillas desde dentro. Un quejido se escapa de mi boca antes de volver a hundirme en lo que ahora reconozco como una cama. Suspiro y tomo aire con cuidado para evitar el dolor; el aire es frío y limpio, mezclado con ese olor a desinfectante imposible de confundir. Poco a poco todo empieza a encajar: el olor, los sonidos, la luz. Es evidente, estoy en un hospital.
—Tengo que ponerme de pie —apoyo las manos en la camilla e intento incorporarme. Cada movimiento es un infierno. El pecho me arde de forma insoportable con cada respiración y los nudillos me arden, como si hubiera golpeado concreto una y otra vez. “¡Vamos, ponte de pie!” Me lo repito, obligando a mi cuerpo a responder. Mis brazos tiemblan, mis músculos están destrozados; el dolor lo invade todo, como si no quedara nada más dentro de mí. “Tú puedes”. Tenso los brazos y me impulsó hacia delante, logrando sentarme. —¡Carajo! —rodeo mi pecho con los brazos. Un dolor punzante se clava en mis costillas, empeorando con cada intento de respirar. “¿Qué está pasando?”
—¡Hijo! —la voz irrumpe en la habitación. Mi abuelo se acerca con paso firme, visiblemente molesto—. ¡¿Qué crees que estás haciendo?! ¡Vuelve a recostarte! —Al llegar a mi lado, toma mi cabeza con cuidado y me guía de regreso a la almohada. Intento resistirme, pero estoy demasiado agotado para oponer resistencia—. Debes descansar, hijo. Quedaste muy herido por la pelea.
—Solo quería caminar un poco —respondo, acomodándome como puedo. Sigo sin entender por qué no puedo moverme; sé que recibí mucho daño, pero ¿tanto como para quedar así? Intrigado, lo miro, esperando una respuesta—. ¿Qué tan herido? —pregunte al fin.
Deja escapar un suspiro antes de sentarse a mi lado. —Tienes varias costillas fracturadas —murmuró con tono grave—. Y tus nudillos están destrozados; parece que golpeaste a un hombre de hierro. El médico dice que fue un milagro que hayas aguantado tanto. La adrenalina debió ocultar el dolor durante la pelea.
Sus palabras caen sobre mí con más peso que cualquier golpe. “Fue un milagro que hayas aguantado tanto”. “¿Un milagro?” Me siento defraudado, vacío. No lo percibo como una victoria. Peleé contra un hombre que nunca dio tregua, que recibió el mismo daño sin cambiar esa expresión de furia y determinación desde el inicio. Un hombre que, aun después de todo, salió caminando del ring como si nada. Un hombre… un monstruo.
—¿Gané? —mi mirada se pierde en el techo; no puedo pensar en otra cosa.
—Claro que ganaste, hijo —su voz deja escapar un orgullo que intenta ocultar tras la seriedad.
Pero no logro creerlo. Para mí no es real.
Mi cuerpo empieza a rendirse al cansancio y al dolor. Los párpados se cierran lentamente, apagando la luz blanca de la habitación. Antes de quedarme dormido, murmuro: —Está bien… —aunque ese sentimiento de derrota sigue clavado en mi mente. No se siente como una victoria, mucho menos cuando fue el perdedor quien salió caminando del ring, y el ganador quien quedó inconsciente en el suelo.
La luz desaparece y me hundo en la oscuridad. El pensamiento de mi supuesta victoria resuena como un eco persistente. Esto no fue una victoria. Esa pelea fue mi primera derrota. Dejo de pensar, y el dolor se disuelve poco a poco, igual que mi mente.
Mis ojos se abrieron de golpe en un lugar que me resultaba inquietantemente familiar. Era el ring de la arena, pero parecía no tener fin; la oscuridad lo cubría todo, ocultando una figura que apenas lograba distinguir. “¿Qué está pasando?”. Me acerqué con cautela a la silueta.
—¡¿Quién eres?! —grité, incómodo—. ¿Necesitas ayuda?
No entendía nada, pero en cuanto pronuncié esas palabras, una luz brutal se encendió sobre la figura.
Thornton.
Su cuerpo quedó expuesto bajo la luz. Tenía la mirada clavada en el suelo, mientras sus brazos se balanceaban como el péndulo de un viejo reloj. Sus músculos estaban tensos de una forma antinatural, marcándose con una claridad grotesca, como si la piel no fuera más que una capa demasiado delgada para contenerlos.
—T-Thornton… —balbuceé.
Mi cuerpo se paralizó. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Lo observé, incapaz de moverme, hasta que, de pronto, levantó la mirada de forma violenta y la fijó en mí. Sus ojos no tenían brillo, eran como dos esferas opacas cargadas de una determinación inquebrantable.
Subí la guardia por instinto, dándome cuenta entonces de que mi ropa había desaparecido. En su lugar, llevaba mi equipo de boxeo. Miré mis guantes de reojo, desconcertado. “¿Qué diablos está pasando?”. Cuando volví la vista al frente, Thornton ya estaba frente a mí, con la guardia arriba.
Lancé un cruzado directo a su rostro, pero solo golpeé el aire. Lo esquivó con una facilidad insultante. Vi cómo apretaba los puños, la silueta de sus dedos marcándose a través de los guantes. Intenté cubrirme, pero no pude. Mi cuerpo no respondía.
Editado: 22.06.2026