Jonathan
4 de junio…
Caminamos frente a la universidad donde nos conocimos, hace casi seis años. El sol se filtraba entre las ramas, dibujando sombras sobre el camino.
—¿Recuerdas el día que nos vimos aquí por primera vez? —pregunté, deteniéndome.
Isabelle soltó una risa suave antes de responder.
—Claro. Estabas completamente perdido, solo debas vueltas de un lado a otro
—Oye —repliqué, sonriendo—. Fue culpa de quien me dio las indicaciones.
Ella negó con la cabeza, divertida, y siguió caminando a mi lado, abrazando mi brazo con ternura.
—También recuerdo que por aquí comprábamos tu helado favorito.
—El de vainilla con trozos de chocolate —añadió sin pensarlo.
No dijimos nada, caminamos hasta el viejo local y ordenamos.
Después de comprar los helados, saqué una pequeña caja de mi bolsillo. El papel azul brilló bajo la luz.
—¿Qué es eso? —preguntó, inclinándose un poco hacia mí.
—Solo un pequeño regalo de aniversario —extendí mi mano para que tomara la caja.
Al abrirla encontró un collar con una mariposa de plata. Su animal favorito.
Sus ojos brillaron al instante—. Jonathan… —Tapó su boca con su mano, como si quisiera contener un grito de alegría.
Tomé el collar antes de que cerrara la caja y me coloqué detrás de ella. Aparté su cabello con suavidad. Su piel se erizo cuando la delgada cadenilla tocó su cuello.
—Te queda perfecto—murmuré.
Ella no respondió de inmediato. Solo llevó la mano al collar, tocándolo, como si quisiera asegurarse de que era real. Y luego sonrió.
—Muchas gracias…
Seguimos nuestro camino, recorriendo los alrededores, recordando nuestros años en la universidad y el tiempo que habíamos compartido juntos.
Más tarde en casa.
—¡Luna, ya llegamos! —Isabelle la llamó esperando que contestara.
—No está en casa. —Respondí sabiendo la razón—. Dijo que iría al cine, supongo que ya debe de estar allá.
Lo sabía muy bien, ya que yo le había pedido que saliera unas horas para que Isabelle y yo pudiéramos cenar solos.
Isabelle asintió despacio, y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Entonces, estamos solos. —dijo mientras se estiraba y entraba a la cocina, tomando su delantal—. Bueno, ¿qué tal si empezamos a cocinar nuestra cena romántica? —sugirió con un guiño—. ¿Recuerdas el proyecto final del profesor Côté?
Pensé un par de segundos, intentando recordar los platillos de aquel proyecto.
—Poutine, ensalada de manzana con nueces y queso azul… salmón con reducción de vino tinto y tarta de mantequilla —respondí, recordando que yo siempre actuaba de ayudante—. Y tú eras la que mandaba, Chef.
—No digas eso —dijo entre risas avergonzadas, mientras me pasaba un cuchillo.
—¿Tenemos todos los ingredientes?
—Solo nos faltaria el queso azul, pero lo podemos reemplazar con queso feta —respondió sacando todos los ingredientes, con una sonrisa radiante y unos ojos llenos de emoción, la misma mirada de fascinación que tenía siempre que aprendíamos algo nuevo.
Al verla sonreír, recogí mis mangas y me acerqué a ayudarla, —Entonces hagámoslo.
La luz del atardecer se filtró en la cocina mientras Isabelle y yo comenzábamos a cocinar, trabajando en cada plato al mismo tiempo.
Yo cortaba las papas para el Poutine y las freía, Isabelle preparaba la salsa, probandola con la punta de la cuchara. Con cuidado de no derramar, acerco la cuchara a mi.
—Prueba.
Me acerqué y probé degustando brevemente—. Le falta sal —murmuré.
—Lo sabía —respondió, sonriendo de lado.
A ratos chocábamos sin querer. O queriendo. Un codo, una mano, una risa breve.
El salmón chisporroteaba. El vino reducía lentamente. El aroma dulce de la tarta llenaba el aire.
Con todo listo pusimos la mesa, decorada con un mantel blanco y unas velas en el centro iluminando los platillos y copas de vino tinto.
Durante la cena. La luz de las velas parpadeaban suavemente, iluminando nuestro amor mientras disfrutamos de nuestra cena. Isabelle me miró por encima de su copa de vino, sus ojos brillando con una intensidad que no había notado antes, algo que parecía estar a punto de brotar desde lo más profundo de su ser.
—Está delicioso —dije.
—Sí… —respondió, pero su voz salió más baja de lo normal.
Alzó la copa de vino, pero no bebió. Sus dedos temblaron, lo suficiente para hacer vibrar el líquido. La dejó de nuevo sobre la mesa con cuidado, como si temiera hacer ruido.
—Jonathan… —empezó, y se detuvo, como si un nudo se estuviera formando en su garganta.
—¿Qué pasa?
Editado: 08.07.2026