Jonathan
La luz de la mañana se filtró a través de las cortinas, despertándome suavemente. Aún sentía el eco de la noche pasada resonando en mi mente. Isabelle y yo habíamos compartido un momento tan íntimo y significativo que parecía como si el tiempo se hubiera detenido en el instante en que prometimos comenzar una nueva vida juntos. Esa promesa me llenaba de una mezcla de emoción y determinación.
Me levanté de la cama con una sensación de calidez; el recuerdo de su abrazo seguía fresco en mi mente. Mientras me vestía, el aroma del café llegó a mi nariz. Parecía que Luna había vuelto a preparar el desayuno. Con un suspiro, salí de la habitación.
Al cruzar el pasillo, me encontré con Luna en la cocina. Llevaba sus guantes de boxeo puestos y tenía una expresión de entusiasmo exagerado que no podía ocultar.
—¡Buongiorno, Jonathan! —saludó con un tono que no dejaba dudas sobre su intención.
—Buenos días, Luna —respondí, frotándome los ojos—. ¿Qué haces despierta tan temprano?
—Recuerdas… nuestro trato… ¿verdad? —dijo, ajustándose los guantes con una sonrisa desafiante—. Dijiste… que me entrenarías… si aceptaba… dejarlos solos… anoche. ¡Ahora estoy lista para entrenar… como prometimos!
Me impresionó que dijera todo eso en inglés. Parecía que había practicado esa frase especialmente, y me alegraba ver su esfuerzo. Miré su actitud decidida y asentí con una sonrisa, listo para cumplir el trato.
—Vamos, entonces. Pero antes, ¿qué te parece si desayunamos? —sugerí, acercándome a la estufa, donde los ingredientes para los hotcakes estaban desordenados por todos lados.
—Ya desayuné —dijo sonriendo, señalando un plato con un pedazo de hotcake.
Me acerqué y probé un bocado, esperando que esta vez estuviera bien cocido, pero no fue así. Me giré hacia ella, confundido y algo decepcionado.
—Luna, te he dicho que debes esperar a que se terminen de cocinar correctamente. Si sigues comiendo así, podrías enfermarte… o al menos eso dice mi madre.
Se encogió de hombros, bajando la mirada.
—Lo so, mi dispiace —se disculpó, algo avergonzada, antes de tomar asiento.
Suspiré, resignado, y le sonreí de forma amigable.
—Está bien, solo intenta no olvidarlo. Te prepararé otros, y luego nos iremos a entrenar.
Mientras me ponía manos a la obra, Luna se acercó a observar, en lo que parecía un intento por aprender cómo hacerlo. Al terminar, serví tres platos. Luna comenzó a comer, y desde el primer bocado vi la fascinación en su rostro; era claro que le gustaba más la comida bien cocinada.
Al acabar el desayuno, me levanté y tomé mis guantes.
—Bueno, ahora que tenemos el estómago lleno, vamos a entrenar.
Luna asintió con determinación, y nos dirigimos al patio trasero. El espacio al aire libre era perfecto para comenzar. Mientras nos preparábamos, noté su emoción: con cada golpe al aire, una enorme sonrisa se formaba en sus labios.
—¿Lista para comenzar? —le pregunté mientras me estiraba.
—¡Sì, andiamo! —respondió, saltando enérgicamente.
—Bien —dije, acercándome a mi viejo costal, desgastado y cubierto de cinta gris—. Muéstrame qué puedes hacer para empezar.
Luna se acercó y comenzó a golpearlo con una energía increíble. Sus golpes eran simples, siguiendo un ritmo de jab y cruzado que impactaban con cierta fuerza. La postura era correcta; sabía mantener la guardia. Observé detenidamente su técnica. Era claro que era una novata y, en algunos golpes, bajaba la guardia, pero eso no le restaba mérito.
Tras unos minutos, sus golpes empezaron a perder precisión y su guardia se abría más. No había dejado de golpear con fuerza desde el comienzo; estaba agotada, pero su mirada dejaba claro que no quería detenerse.
Me acerqué y la tomé del hombro.
—Detente —la jalé suavemente, apartándola del costal—. Tienes actitud y mucha energía, lo cual es genial, pero el boxeo no se trata solo de golpear fuerte. No descansas entre combinaciones, y eso te cansa más rápido y hace que bajes la guardia.
Luna me miró, algo confundida—. Capisco —respondió, recuperando el aliento.
Me acerqué al costal y levanté la guardia—. Vamos a corregir eso. Mantén la guardia arriba y busca descansar entre combinaciones —lancé dos jabs seguidos de un cruzado, luego me desplacé a la izquierda y repetí la combinación—. ¿Lo ves? No se trata solo de golpear: muévete, analiza a tu oponente, recupera el aliento… y cuando veas una oportunidad… —cerré los puños, acorté la distancia y conecté un gancho al hígado seguido de otro a la cabeza— atacas. ¿Entendido?
Asintió con entusiasmo, y la entendía: aprender algo nuevo siempre lo es. Se acercó al costal, levantó la guardia y lo observó unos segundos antes de lanzar dos jabs, seguidos de un cruzado y un desplazamiento hacia la derecha.
—¡Eso es, así se hace! —La emoción me invadió al verla; era impresionante su esfuerzo en cada golpe.
Continuó, repitiendo y añadiendo movimientos, desplazándose sin dejar de dar lo mejor de sí.
Entre el chirrido de las cadenas que sostenían el costal, escuché la puerta abrirse. Al girarme, encontré la mirada alegre de Isabelle, que nos observaba con una sonrisa dibujada en los labios.
Editado: 08.07.2026