Luna
Un delgado rayo de luz se coló por mi ventana, iluminando mi habitación desordenada. Me pesaban los párpados; no había podido dormir por la emoción, y por la idea constante de esa posible pelea.
Me puse de pie y me encaminé al patio. Una brisa fría recorrió mi cuerpo al abrir la puerta. El viejo costal se tambaleaba levemente por el viento. Me acerqué; mis pasos crujían sobre las hojas secas.
Toqué el costal con el puño, apenas rozándolo.
—Tengo que darlo todo si quiero conseguir esa pelea.
Di un paso atrás y subí la guardia. Lancé varios golpes al aire, calentando antes de empezar en serio.
Tenía que esforzarme al máximo. Sabía que primero debía ganarme la aprobación del señor Knox para que me apoyara con mi debut. Jonathan había mencionado que era un hombre reservado, alguien que no regalaba su confianza, pero también dijo que aceptaría ayudarme si demostraba lo que valía.
El hecho de que un ex campeón me entrenara me provocaba un nudo en el estómago: miedo a fallar y, al mismo tiempo, una emoción difícil de contener. La idea me erizaba la piel.
Lancé un fuerte cruzado al costal, sintiendo cómo el impacto recorría mi brazo hasta el hombro. “Es emocionante”. Seguí golpeando, marcando el ritmo.
Continué hasta que la voz de Isabelle me sacó de mi concentración.
—Vamos, Luna, es hora de desayunar —dijo con una sonrisa cálida—. No querrás estar débil para tu presentación con el señor Knox, ¿verdad?
—Ya voy —respondí, bajando la guardia.
Entré tras ella y tomé asiento. Jonathan estaba frente a la estufa, preparando el desayuno: huevo y tocino. El aroma llenaba la cocina. Para ellos, parecía una mañana cualquiera.
Jonathan se giró y me regaló una sonrisa.
—Espero que estés preparada —dijo mientras servía los platos—. Tenemos que aprovechar tu día de descanso. Después de desayunar, nos vamos.
—Entendido.
Comimos entre comentarios breves. Isabelle hablaba de cosas cotidianas, intentando aligerar el ambiente, pero yo apenas podía concentrarme. Devore todo como si llevara días sin comer.
Cuando terminé, dejé el plato a un lado y me limpié las manos con rapidez.
—Tranquila —dijo Jonathan, soltando una pequeña risa—. El gimnasio no se va a mover.
Isabelle nos observó a ambos y negó con cariño.
—Cuídate mucho, Luna —añadió—. Y tú también, Cariño. No la fuerces demasiado el primer día.
—No prometo nada —respondió él con una sonrisa.
Me levanté, sintiendo cómo los nervios volvían a apretarme el pecho.
—Suerte —dijo Isabelle finalmente.
—Gracias —respondí.
Salimos de la casa. El aire fresco de la mañana me despejó un poco, pero mi mente seguía girando alrededor de lo mismo. Cada paso que daba me acercaba más a ese momento.
El trayecto hasta el gimnasio se me hizo corto. Demasiado corto.
Cuando llegamos, Jonathan se detuvo frente a la entrada.
—Aquí es —dijo.
Alcé la mirada. El edificio era más grande de lo que imaginaba. Desde fuera se escuchaban golpes secos, el chirrido de las cuerdas, respiraciones agitadas.
Mis pies se quedaron clavados en el suelo. Por un momento, no pude moverme. Todo aquello, era real.
—¿Luna? —la voz de Jonathan sonó a mi lado.
No respondí de inmediato.
Me quedé ahí, pasmada en la entrada, sintiendo cómo la emoción y el miedo se mezclaban en mi pecho.
Este era el lugar donde tenía que demostrar quién era.
—Entremos —Jonathan palmeó mi hombro antes de abrir la puerta y hacerse a un lado—. Pasa primero.
Tragué saliva. “Puedes hacerlo.” Di el primer paso con rigidez, como un soldado de juguete. El contraste me golpeó de inmediato. El gimnasio era enorme a diferencia de donde había entrenado en Napole.
El sonido me envolvió, y el movimiento de la gente entrenando me mareaba.
Mi mirada recorrió el lugar, saltando de un rincón a otro. Nunca había pisado un gimnasio así. No era solo grande, era importante.
—No te quedes atrás —dijo Jonathan en voz baja, avanzando con naturalidad entre la gente.
Asentí y lo seguí, intentando no parecer tan fuera de lugar como me sentía.
Entonces lo vi.
Estaba al fondo, de pie, como si no necesitara hacer nada para dominar el espacio.
El hombre al que llamaban la bestia canadiense.
Había oído historias: cómo había dominado la región sin importar el peso del rival, cómo había impuesto su nombre a base de fuerza y resistencia. Pero verlo en persona era distinto.
Su rostro estaba marcado por el tiempo. Arrugas profundas, expresión cansada. Parecía un hombre que ya lo había vivido todo.
Editado: 30.07.2026