Luna
—Intenta tener cuidado, ¿entendido? —dijo Isabelle mientras me abrazaba—. Quiero que des todo de ti.
Solo solté una pequeña risa nerviosa.
—Lo intentaré…
Sus palabras iban acompañadas de una sonrisa cálida. Isabelle acomodó un mechón de mi cabello detrás de mi oreja antes de continuar.
—Cuando vuelvan voy a preparar algo especial para celebrar.
—¿Celebrar? —preguntó Jonathan desde la puerta, tomando las llaves del auto.
—Si esta será una ocasión importante para todos —respondió Isabelle con seguridad—. Además les tengo un obsequio para ambos.
—No puedo esperar para saber que es —dijo Jonathan despidiendo a Isabelle con un beso.
Después, Isabelle dio un paso al frente y se acercó a mí, envolviéndome en un último abrazo antes de irnos.
—Confía en ti, Luna.
—Gracias…
Jonathan abrió la puerta principal e hizo una señal con la cabeza—. Será mejor que nos vayamos.
Asentí con emoción, tomando mi maleta, respirando hondo antes de salir de la casa junto a él.
El camino fue tranquilo, hasta que el miedo me invadió al caer en cuenta que estaba a pocos tiempo de tener mi sparring, mi prueba…
La brisa que entra por la ventanilla del auto acaricia mi rostro, pero no logra calmar el caos dentro de mi. Mi corazón late con tanta fuerza que parecía querer escapar de mi pecho. Abracé con más fuerza mi maleta, donde guardaba todo mi equipo, intentando contener los nervios.
—Intenta relajarte un poco.
La voz de Jonathan rompió el silencio. Lo mire de reojo. Su rostro permanecía sereno, con esa calma que siempre parecía acompañarlo. Sonreía ligeramente, sin apartar la vista del camino mientras conducía.
—Todo saldrá bien —dijo con tranquilidad—. Solo recuerda lo que practicamos.
Sus palabras fueron como una pequeña bocanada de aire en medio de mi ansiedad. Tragué saliva y asentí.
—Sí… lo haré.
Miré por la ventana, observando cómo los edificios pasaban uno tras otro, difuminados por la velocidad y por mis propios pensamientos.
Ese era el día que tanto había esperado.
Años entrenando desde que era una niña. Había seguido los pasos de mi padre desde que tengo memoria. Él me enseñó que el boxeo no era solo fuerza, sino disciplina, paciencia y corazón. Cada músculo adolorido y cada sacrificio eran parte del camino que él me había mostrado.
Lo arriesgue todo al salir de Italia, mis ahorros, mis estudios, mi futuro. Y ahora estaba frente a la oportunidad que podía cambiar mi vida.
Dar el salto. Dejar de ser solo una don nadie y convertirme en una boxeadora profesional. Tal como el…
Mis manos comenzaron a sudar. Respiré hondo, intentando controlar el temblor en mi pecho.
El auto giró en una esquina y entonces lo vi. El gimnasio. Un edificio imponente, de paredes desgastadas y enormes ventanales. Incluso desde afuera podía imaginar el sonido seco de los golpes, el chirrido de las cuerdas del ring y el eco de los entrenamientos.
Jonathan estacionó frente a la entrada y apagó el motor.
—Llegamos —dijo.
Mis dedos se aferraron con fuerza a mi maleta.
Tomé aire. Abrí la puerta del auto y bajé lentamente. El aire era más frío afuera. Frente a mí, la entrada parecía inmensa.
Ajusté la correa de mi maleta sobre el hombro, levanté la mirada y comencé a caminar hacia el gimnasio, sintiendo cada paso más pesado pero también más firme que el anterior.
Había llegado el día, y ya no había vuelta atrás.
Apenas crucé la puerta del gimnasio, el calor y el olor a sudor me golpearon de lleno. El sonido de los guantes impactando los sacos resonaba por todo el lugar, mezclándose con gritos, pasos y el rechinar de las cuerdas de los rings.
Sentí la presión caer sobre mí al instante.
Era como si la mirada de todos estuviera clavada en mi . Algunos apenas me observaban unos segundos antes de volver a entrenar, pero otros se quedaban mirando más tiempo, evaluándome, juzgándome sin decir una sola palabra.
Jonathan caminó a mi lado con tranquilidad, como si estuviera acostumbrado a aquella atmósfera pesada. Yo, en cambio, sentía que cada paso dentro de ese lugar hacía latir mi corazón más fuerte.
Atravesamos varias zonas del gimnasio hasta llegar a uno de los cuadriláteros del fondo.
Fue entonces cuando lo vi. El señor Knox permanecía de pie junto al ring, con los brazos cruzados y esa expresión dura que parecía imposible de cambiar. Sus ojos estaban fijos en una chica que entrenaba dentro del cuadrilátero.
Tenía el cabello claro y corto, apenas moviéndose con desplazamientos cortos. Su complexión era delgada y la velocidad de sus movimientos era increíble. Lanzaba golpes al aire con precisión, moviéndose de un lado a otro mientras hacía boxeo de sombra.
Editado: 14.08.2026