Hasta el último golpe: Fin del invicto

Esta Bien

Isabelle

El reloj marcó mi hora de salida. Me apoyé unos segundos en el borde de la puerta, mirando como Luna acompañaba a aquel chico a la salida, una escena que se había empezado a repetir frecuentemente.

Había sido un día normal. Tan normal como podía serlo últimamente.

—Nos vemos mañana —me despedí del chef mientras atravesaba la puerta.

Solté un suspiro y, de manera inconsciente, llevé una mano hasta mi abdomen.

Todavía me costaba creerlo. Embarazada. La palabra seguía sintiéndose extraña cada vez que aparecía en mi cabeza.

Durante mucho tiempo había imaginado cómo sería ese momento. Pensaba que lloraría, que gritaría de felicidad o que correría a contárselo al mundo entero. La realidad había sido diferente: más silenciosa, más íntima y también más aterradora.

Porque junto con la felicidad llegaron las dudas, las preocupaciones y la sensación constante de que ahora existía una vida dependiendo de mí. Una vida que ni siquiera había nacido.

Una pequeña sonrisa apareció en mis labios. Jonathan estaba feliz, al igual que yo.

Todavía podía recordar la expresión de su rostro cuando se lo conté, la manera en que sus ojos se iluminaron como si acabara de ganar una pelea. Su expresión, me llenaba de energía y calma.

Pero la sonrisa se fue apagando poco a poco. Porque inevitablemente terminé pensando en Jackson.

Apreté la mandíbula.

Durante meses había intentado ignorar lo que ocurría. Todo comenzó con comentarios aparentemente inofensivos: pequeñas bromas y observaciones extrañas. Nada lo bastante grave para provocar una confrontación.

O al menos eso era lo que me repetía una y otra vez. Porque era más fácil creer que estaba exagerando, que estaba malinterpretando las cosas o que simplemente debía evitar conflictos.

Sin embargo, con el tiempo los comentarios comenzaron a acumularse. Se volvieron más frecuentes, más directos y mucho más incómodos. Y yo seguí tolerándolo. Seguí esperando que entendiera los límites por sí solo. Seguí creyendo que eventualmente se cansaría.

Qué equivocada estaba.

Mi mirada descendió al suelo mientras caminaba. Todavía recordaba perfectamente el día en que exploté. Su expresión, su tono. La gota que terminó derramando el vaso. Y después mis propias palabras.

Por primera vez dejé de preocuparme por ser amable y le dejé claro que debía detenerse. Y, sorprendentemente, lo hizo. O al menos eso parecía.

Desde entonces algo había cambiado. Jackson ya no hacía comentarios. Ya no buscaba quedarse cerca de mí ni intentaba iniciar conversaciones innecesarias. De hecho, parecía evitarme.

Fruncí el ceño.

Durante los últimos días apenas había intercambiado unas pocas palabras conmigo, siempre relacionadas con el trabajo y siempre manteniendo cierta distancia. Como si de repente yo hubiera dejado de existir.

Y no sabía qué pensar al respecto. Una parte de mí estaba aliviada. Era exactamente lo que había querido.

Entonces, ¿por qué seguía dándole vueltas?

Quizá porque la situación nunca debió llegar tan lejos. Quizá porque debí poner límites desde el principio. O quizá porque seguía preguntándome si Jonathan debía saberlo.

Ese pensamiento regresó una vez más, imposible de ignorar.

“¿Debía contárselo?”

Jonathan nunca me culparía. Lo sabía. Pero también conocía a mi esposo. Conocía la tensión que ya existía entre él y Jackson.

La pelea estaba muy cerca. Si le contaba lo sucedido… ¿Cambiaría algo? ¿O simplemente añadiría más tensión entre ellos?

No tenía la respuesta, y eso me frustraba.

La noche era fresca. Mi auto me esperaba bajo uno de los postes de iluminación y, en el asiento del copiloto, Luna ya se encuentra dormida.

Sonreí apenas la vi. Mi amiga enamorada, esas salidas anticipadas para hablar con aquel chico, me enternecen el corazón. Como si se tratara de un programa de romance.

Abrí la puerta del conductor.

Luna estaba completamente dormida, con la cabeza apoyada contra la ventana y los brazos cruzados sobre el pecho.

Negué con la cabeza—. Un dia cansado ¿no Luna?.

Encendí el motor. Salí del estacionamiento mientras las luces del restaurante quedaban atrás. Durante varios minutos conduje en silencio, acompañada únicamente por el zumbido constante del motor.

Miré de reojo a Luna. Seguía dormida, tan tranquila como un bebe. Una leve sonrisa apareció en mis labios, pero desapareció tan rápido como había llegado.

Mi mente regresó otra vez al mismo lugar. Jonathan, Jackson, la pelea, el embarazo.

Todo parecía conectado de alguna manera, como si mi vida hubiera decidido complicarse al mismo tiempo.

—¿Debería decirle...? —murmuré.

Tal vez estaba pensando demasiado. O tal vez intentaba convencerme de eso porque la idea me asustaba.



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En el texto hay: boxeo, accion, romace

Editado: 06.09.2026

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