Isabelle
Aquella mañana había comenzado como cualquier otra.
El restaurante estaba lleno y el ritmo de trabajo apenas nos dejaba tiempo para respirar. A esas alturas de mi embarazo todavía podía trabajar sin demasiadas complicaciones.
Durante gran parte del día evité pensar en cualquier cosa que no fuera el trabajo y mi bebe. Los clientes entraban y salían, la cocina no se detenía ni un segundo. Todo parecía normal.
A unos minutos de mi hora de salida, Jackson se acercó a mi. Como al principio, con seguridad, pero a diferencia de otras veces, podía notar algo distinto en sus ojos. ¿Arrepentimiento?
—¿Podemos hablar un momento? —preguntó.
Lo observé con desconfianza.
—¿Para qué?
Aunque había algo distinto en él, seguía desconfiando de aquel hombre.
—Quiero disculparme. Nada más —Su tono parecía sincero. Después de tantos meses de tensión, pensé que tal vez finalmente había decidido dejar las cosas atrás.
Aun con esa inquietud que seguía redondo mi cabeza, acepte.
Lo seguí hasta una parte retirada de la zona de descanso, cerca de un pequeño callejón entre los edificios. Apenas llegamos, sentí que algo no estaba bien.
Antes de que pudiera reaccionar, Jackson me apoyo contra la pared del callejón.
—¿Qué haces?
Mi corazón comenzó a latir sin control. Un nudo se formó en mi estómago, el miedo me inundó.
No respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en mí.
—Nunca nadie me había ignorado como tú —dijo—. Nunca nadie me había rechazado de esa manera.
Intenté irme por un lado, pero Jackson apoyó su mano contra la pared, bloqueándome el paso.
—Jackson, déjame ir en este momento —Hable con firmeza, pero en el fondo estaba aterrada.
—Escúchame. Te ofrecí la oportunidad de estar conmigo y me rechazaste —Su expresión se endureció—. Y aun así sigo pensando en ti.
—Estoy casada —levante mi mano, mostrando mi anillo de compromiso—. A mí sí. Ahora quítate de mi camino —Sentí un nudo en el estómago. Estaba aparentando ser dura, pero creía que en cualquier momento esa farsa caería.
—Todavía puedes aceptar.
Podía sentir su aliento, caliente.
—No.
—Isabelle...
—No —repliqué frunciendo el ceño.
Su mandíbula se tensó—. Te estoy dando una última oportunidad —dijo entre dientes.
—Y te estoy diciendo que no.
Intenté apartarlo, pero me sujetó antes de que pudiera alejarme.
Con su mano tomó mis muñecas, apoyandolas contra la pared con fuerza. Puede sentir como mis nudillos se abrieron por el golpe contra el edificio.
—¡Suéltame!
Comencé a gritar desesperada. En un instante, mi respiración se cortó. Su otra mano se encontraba apretando mi cuello
—¡Basta! —rugió—. Ya te di una segunda oportunidad.
El miedo me recorrió el cuerpo. Mi corazón quería escapar de mi pecho. Temblaba frenéticamente y mi visión se agitaba.
—Ahora vas a entrar en mi juego quieras o no.
Forcejeé desesperadamente. Mientras me sujetaba, se acerco a mi cuello, mordiendome.
Las lágrimas empezaron a salir. Un intento de grito escapó de mi, sin fuerza. La falta de aire empezó a hacer que me retorciera, con un movimiento brusco logré liberar una de mis manos. Sin pensarlo, le golpeé el rostro con todas mis fuerzas.
Jackson quedó inmóvil durante un segundo, incapaz de creer lo que acababa de pasar.
Luego su expresión cambió por completo, la ira marcó su rostro.
Sin aviso, su puño se dirigió a mi rostro, y mi cuerpo salió despedido contra la pared tras el impacto. Un agonizante dolor recorrió mi nuca al igual que mi ojo derecho. Caí al suelo aturdida.
—¡¿Por qué hiciste eso?! —gritó fuera de sí—. ¡Mírate! ¡Mira lo que me obligaste a hacer!
Intenté incorporarme mientras el dolor me recorría la cabeza. Me tambaleaba, aterrada, llorando de miedo y desesperación.
Jackson me observó con rabia.
—Todo esto habría sido mucho más fácil si simplemente me hubieras escuchado.
Antes de que siquiera pudiera levantar la mirada, me dio otra bofetada. Mi cabeza giró hacia un lado violentamente.
Su mirada se endureció, nula de emociones—. Tú eres la única culpable.
Entonces, de un momento a otro, algo pareció cambiar en él. Miró alrededor, como si de repente comprendiera la situación en la que se encontraba.
Sabía que había cruzado una línea peligrosa. Sin decir una palabra más, dio varios pasos hacia atrás y se marchó apresuradamente.
Yo permanecí en el suelo unos segundos, intentando recuperar el aliento. Mis manos temblaban. Lo único en lo que podía pensar era en Jonathan. En el bebé.
Editado: 06.09.2026