Hasta el último respiro

Nadie nos va a salvar

Me quedé paralizada en una esquina, observando el horror que se desplegaba frente a mí. Gritos. Disparos. Caos por todas partes. Mis oídos me zumbaban mientras buscaba desesperadamente alguna señal de mis amigos, las únicas siluetas que reconocí a lo lejos fueron las de los hermanos Miller, Jackson y Sarah. Intenté moverme hacia ellos, pero mis piernas temblaban tanto que apenas podían sostenerme.

Alguien me agarró de la muñeca, obligándome a reaccionar. Antes de siquiera ver su rostro, el rubio cabello me lo confirmó: Stephanie. Me jaló con fuerza y me arrastró hacia el sótano, un lugar que casi nunca usaban y que ahora estaba invadido por telarañas, polvo y cajas vacías desperdigadas por todos lados.

Miré a mi alrededor. No estábamos solas. Josh, Henry, Sarah, Jackson, y un par de personas más estaban allí también. No me molesté en reconocerlos; lo único que importaba era que mis amigos estaban a salvo. Me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas, mientras el eco de los gritos desesperados pidiendo ayuda y los disparos se colaban por las paredes.

Las imágenes y los videos que se habían vuelto virales empezaron a cobrar sentido. Pero la idea de zombies aún parecía absurda, como sacada de una película de terror de bajo presupuesto. Me llevé las manos al cabello, desesperada. Mi celular estaba en la mochila. No tenía forma de pedir ayuda. Miré alrededor; no había nada útil, nada que pudiera ayudarnos.

No sé exactamente cuánto tiempo pasó, pero nadie dijo ni hizo nada, sus miradas estaban perdidas. Y de repente todo estaba en silencio nuevamente, ni un grito, ni un disparo.

Lo que rompió el silencio fue la voz de un hombre, provocando que nos sobresaltemos.

—¿Hay alguien con vida? —nosotros nos miramos muy confundidos.

A pesar que no era una pregunta que escuchabas todos los días, en la voz del hombre sonó tan mecánica y desinteresada que parecía la cuarta vez en el día que la decía.

Jackson fue el primero en salir, seguido de su hermana. Unos segundos después, los demás hicimos lo mismo.

Lo que nos recibió fuera del sótano fue peor de lo que imaginaba. Cadáveres y sangre por todas partes. Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.

Más personas salieron de sus escondites y vieron a su alrededor con pánico.

Mis ojos involuntariamente se posaron en el profesor de biología (más conocido como el viejo decrépito). Casi irreconocible, su cuerpo sin vida yacía en el piso en una posición extraña y a su alrededor había un charco de sangre. Ver su rostro deformado provocó que cada uno de mis músculos se estremecieran. Por más odioso que era, no merecía terminar de esa forma.

Nadie merecía morir de esa manera.

Desvié la mirada, pero fue peor. Había más cadáveres. Entre ellos, algunos chicos que me resultaban familiares, aunque era difícil saberlo con certeza: sus rostros estaban cubiertos de sangre. Soldados arrastraban cuerpos hacia la salida, dejando un rastro rojo a su paso.

Mirara donde mirara había cadáveres.

Sentí un sabor amargo en la garganta y miré al techo para evitar ver todo el desastre que había ahí. El olor del lugar era horrible, me dieron ganas de vomitar y llorar a la vez. Todo era como una pesadilla.

—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó alguien desde el fondo del pasillo, con la voz quebrada.

—Tenemos que registrar a todos antes que esto se vuelva peor —dijo uno de los militares, ignorando por completo a la chica que había hablado.

Esperen, ¿acababa de decir que eso podía ponerse peor? ¿Cómo podía volverse peor que esto?

—Limpien los salones de ahí —ordenó, bajé la mirada y lo vi, un señor de mediana edad, se notaba que era quien estaba a cargo. Soldados iban de aquí para allá, los cuerpos iban desapareciendo por la puerta principal.

Me giré para ver a mis amigos, Steph había apoyado su frente en el hombro de Josh, Henry miraba el piso fijamente y Sarah junto a Jackson habían desaparecido. Me acerqué a ellos y cuando Josh me vio posó su mano en mi hombro, dándole un suave apretón.

⋆★⋆

—¿Nombre y apellido?

—Scarlett Griffin.

—¿Tuviste contacto con algún infectado? —la doctora preguntó con voz aburrida.

Negué con la cabeza y ella escribió algo en una hoja.

—¿Tienes algún rasguño? —continuó.

Negué con la cabeza de nuevo, apenas y la escuchaba. Tenía miles de preguntas acumulándose en mi cabeza una tras otra, en cualquier momento iba a explotar.

—¿Mordida?

—¿Qué?

Parpadeé confundida

—Supongo que no —ella resopló y volvió su vista a la hoja.

Le hice preguntas que no respondió. Me revisó los ojos y la garganta, cuando para ella todo estaba en "orden", me dejó ir pero antes me dio un post-it amarillo en donde había una equis, mi nombre y abajo su firma junto con un sello azul.

Al salir, me encontré a Sarah esperando, apoyada en el marco de una de las puertas del salón-enfermería improvisada mientras miraba fijamente sus zapatos. Había un olor metálico de sangre en el ambiente que provocó que se revuelva mi estómago.

—Hey...

—Te estaba esperando, tenemos que ir al comedor.

No esperó respuesta y comenzó a caminar, con su vista fija en el suelo.

—Bueno, si tanto insistes —murmuré y fui detrás de ella.

Al llegar a la puerta del lugar, había un hombre alto y uniformado. Deduje que se trataba de un militar.

Pues claro, genia.

—Sus papeles —exigió de una manera no tan amable, vi que Sarah enarcó una ceja y yo, casi arrastrando los pies, me puse al lado de ella.

—¿Qué papeles? —preguntó ella de mala gana. El hombre iba a responder y le interrumpí.

—Creo que se refiere a esto de aquí —saqué de mi bolsillo trasero el pos-it que la doctora me había dado y se lo mostré. Segundos después, Sarah también le mostró el suyo y él nos dejó pasar.

—¿Quien le dice "papeles" a un pedazo de post-it? —cuestionó Sarah al mismo tiempo que negaba con la cabeza y solté una carcajada desganada—. Mira, allá están los demás.




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